Cometimos el pecado capital: dimos papaya

Cometimos el pecado capital: dimos papaya

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08 de junio 2013 , 09:48 p.m.

El 7 de agosto del 2010, cuando apenas empezaba a calentar la silla presidencial, Juan Manuel Santos anunció que restablecería plenas relaciones con Venezuela y Ecuador. Hasta entonces, en su calidad de mozo de espadas de Álvaro Uribe, Santos había bombardeado territorio ecuatoriano y se promovía como el más caracterizado enemigo de Hugo Chávez. El suyo fue un giro audaz, de sabio pragmatismo, que aplaudió el país y le costó el divorcio con Uribe. Pienso ahora lo que habría sido este vecindario con un tercer mandato de AUV, y me entra el escalofrío.

Resulta increíble que el autor de ese viraje histórico haya incurrido luego en la tontería de poner en peligro la estabilidad de nuestras relaciones en el barrio por una cita imprudente y, para rematar, haya pedido ingreso a la Otán, organismo creado por Estados Unidos y Europa para la Guerra Fría en el Atlántico Norte.

A la mayoría de los colombianos no les gusta Nicolás Maduro, y a mí tampoco. Pero es el presidente de Venezuela. Lo ven como una copia caricaturesca del más caricaturesco Chávez. Pero es el presidente de Venezuela. Demagogo y vulgar. Pero es el presidente de Venezuela. Imprevisible, inseguro, poco serio, ganó las elecciones por un puñado de votos. Pero es el presidente de Venezuela. Paranoico a menudo, afirma que Colombia conspira para asesinarlo, y delirante en ocasiones, cree que un pájaro encarnaba el alma de su antiguo jefe. Pero es el presidente de Venezuela. Y por ser demagogo, paranoico, poco serio e inseguro, armó tremendo bochinche por el hecho de que Santos hubiera recibido a su enemigo jurado, el vencido candidato presidencial Henrique Capriles, al que muchos consideran una bella persona... pero no pudo ser presidente de Venezuela.

A Capriles habrían podido recibirlo el Vicepresidente o la Canciller; nadie calculó con atención la reacción que produciría su visita a Palacio. Algunos dicen que Maduro estalló como un fósforo, otros que halló la ocasión de embolatar la escasez de suministros que atraviesa su país, y asegura el diplomático argentino Emilio J. Cárdenas que “podemos estar frente a posibles tormentas cuidadosamente orquestadas”. Sea como fuere, incurrimos en el pecado capital de una gestión de gobierno: dimos papaya. Y nos la cobraron, cuando, además, tenemos la deuda de la ayuda venezolana en el proceso de paz con las Farc. Justo es decir, eso sí, que el manejo discreto que dio Santos a la crisis ha sido el más adecuado.

Muchos compatriotas saltaron indignados: “¿Cómo así que Maduro va a dictar la agenda de nuestro presidente? Somos un país soberano, y el jefe del Estado se reúne cuando quiera y con quien quiera”. El material es bueno para alardes patrióticos. Podemos, incluso, cantar el himno y hacernos un moño con la bandera tricolor. Como Chávez y Maduro. Pero la zona geopolítica que ocupa Colombia es de alto riesgo, y hay solo dos posiciones. O proclamamos “¡Pues yo camino duro!” y nos lanzamos a marchar por el campo minado, o nos movemos con cuidadito, tratando de evitar una catástrofe. Santos empezó por desminar el terreno aquel 7 de agosto memorable, pero se equivocó ahora, al no calcular sus pasos. Es una buena lección para estudiar cada movimiento del zapato.

En cuanto al posible ingreso a la Otán, so pretexto de que Colombia también quiere defenderse, es como si Suiza pretendiera entrar al Grupo Andino alegando que es muy montañosa. Fue absurdo pedirlo. Y cuando le explicaron al Gobierno que Colombia no está situada en Europa, el ministro de Defensa reaccionó como todo un marxista. Marxista de Groucho, no de Carlos, con una versión criolla de aquella frase que muchos recordarán: “No me interesa ingresar a un club que me acepte como socio”.

Menos mal, porque reinaba preocupación en la Unión Africana, la Liga Árabe, el Commonwealth, la Organización de Naciones del Sudeste Asiático, el Foro de las Islas de Oceanía y el Club Rotario de Madagascar.

Daniel Samper Pizano
cambalachetiempo@gmail.com

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