¿Las niñas como mina sexual?

¿Las niñas como mina sexual?

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07 de junio 2013 , 07:48 p.m.

 Este país ha creado unas defensas sociales –aparte de unas autodefensas antisociales– y unas formas de protestar únicas. Lo demuestran la despedida con mariachis y el “ojalá que te vaya bonito” a la magistrada viajera Ruth Marina Díaz. Y luego el recibimiento con papayera, que le hizo la Red de Veedurías Ciudadanas. Y oí por ahí que iban a bautizar una embarcación como ‘La Magistrada’.

Pero no a todo le podemos poner música, así sea con partitura crítica. Hoy me da pena, penita pena, no tenerles cosa buena. No es mi intención amargarles el puente, pero esta columna no está de sonrisa. Más, de ira y tristeza.


Podría ser el tema carcelario, donde la dignidad también se fue de viaje; donde los presos están en hacinamiento, haciendo largos turnos para sentarse en la taza del baño, sin medicinas oportunas y expuestos a epidemias. Y a una tragedia. Si queremos ponerle música, pongámosle La Bomba, porque eso son las penitenciarías. Dios permita que nunca estalle. Muchas vidas se irían bajo las llamas de la desidia y la corrupción.

Pero vamos al grano. El domingo 26 de mayo salió en EL TIEMPO un escalofriante informe de Jineth Bedoya Lima: ‘Campamentos de explotación de niñas en zonas mineras’. Los testimonios de las menores que han sido llevadas a distintas minas, especialmente las ilegales, para ser víctimas de abuso sexual, le hacen a uno un nudo de Paramillo en la garganta.

El caso de la triste Mireya interpreta un drama y un delito, de los peores, que no puede tolerar un país. Es una adolescente a quien un día, a los 11 años, la mamá la vendió, como quien vende una ternerita, le empacó una pantaloneta, le dio mil pesos para ‘un algo’ y se la entregó a un hombre que se la llevó de Pereira. De la mano, como se llevan los niños al colegio. Pero la iba a prostituir... La compró para el apetito sexual de unos mineros. Para satisfacer las aberraciones después de salir de los socavones, los so cabrones.

Mireya, que ya tiene la cara cortada y la dignidad humillada, que fue enviciada y envilecida, con la mirada y la esperanza perdidas le contó a la periodista que en el viaje iban 11 menores más. O sea, las 12 del patíbulo. “Una de ellas acababa de cumplir los 9 años y todavía hablaba a media lengua”. En el grupo iban cinco menores vírgenes –de las otras siete ya habían abusado– y “en la noche del sábado fueron separadas y entregadas a cuatro mineros”. De los que le tocó en desgracia, dijo que “eran más o menos viejos. Primero nos hicieron tomar aguardiente y después empezó todo”. Qué miserables. ¿Tendrán hijas?

Pero eso ocurre con frecuencia. En Medellín, Cartagena, Armenia, Cali, Pereira hay redes de explotación sexual infantil y de prostitutas jóvenes, para llevarlas a minas de Antioquia, Chocó, Córdoba…, pues entre la explotación de oro y cobre hay explotación sexual. Y esta es una mínima parte, porque en este país al año entre 11 y 12 mil sufren de abusos sexuales. ¡Qué horror!

Antes este país no está más perdido. ¿Qué le dañó el alma a esta sociedad? ¿Todo comenzó con la violencia política? ¿Es la degradación moral que trae el narcotráfico, donde las más bellas mujeres se van con cualquier ‘indio’ billetudo? Tal vez esta descomposición social y moral es culpa de todas las anteriores. Pero también de la pobreza, de la miseria y el vicio.

¿Y no se puede hacer nada? ¿Y no es posible desmantelar las redes? Con voluntad, sí. ¿O acaso ya pelamos el cobre como una sociedad tolerante y dejamos que se agote la mina del futuro que es la niñez? Podemos firmar la paz, pero hay otros atropellos que no nos dejarán dormir. ‘No es hora de callar’, dice la valiente campaña contra los atropellos hacia las mujeres. No, y menos ante los abusos contra la niñez.
luioch@eltiempo.com.co

 

 

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