Primavera invernal

Primavera invernal

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07 de junio 2013 , 03:39 p.m.

 En la crisis siria, como en episodios de la mal llamada primavera árabe, todo el mundo está metiendo la mano pero sin saber dónde. Que se frustre una conferencia mundial indica el desconcierto general, la diplomacia palpablemente inútil porque la batalla es la que decide. En el fondo se desmiente la profecía de Fukuyama sobre la inexorabilidad del advenimiento democrático, descartando elementos de identidad como la religión y la reacción contra el ‘nation building’ de Bush, esta de una contundencia que confirma que se cosechan las tempestades que sembraron los vientos del intervencionismo y el negocio.

La perplejidad tiene que ver con el chantaje del régimen sirio y de otros que han amparado con autoritarismo el negocio del petróleo, al que le presentan su derrumbe como paso al extremismo y la disputa tribal en una zona que no admite desestabilización, como sea sí muy en riesgo por ahora una utópica liberalización, esta justamente lo que repugna a poblaciones para las que esa modalidad es ajena si no el gran Satán.

El rescoldo de este fase de un conflicto ancestral sigue siendo el Estado israelí; desde mediados de siglo proliferan en los desiertos campamentos de refugiados, de lo que no podía resultar nada bueno, el conflicto palestino exacerbando una hostilidad islámica enraizada en su Corán y una dinámica bélica sobre la que ahora se asoma armamento atómico.

La geopolítica venía manejando hipótesis sobre una primavera entendida como occidentalización, cuando más bien se están dando guerras civiles y levantamientos en las cuales ingrediente primordial son el religioso y la deformación colonial, demostrando que la política con frecuencia desconoce creyéndolos anacrónicos elementos culturales e históricos, como estos que pueden convertir la modernización en una puja de concepciones teocráticas. Como Egipto, Libia, Túnez, otros países desestabilizados son susceptibles a regímenes como el iraní, en manos de clérigos fanatizados contra el infiel, ante todo el israelí, este a su vez con una experiencia como para encarar sin equívocos la amenaza de los ayatolas.

Es incierto que vayan a hacer las potencias: EE. UU. sigue enredado en errores en Irak y Afganistán y su guerra encubierta contra el terrorismo, que motivaron un reciente planteamiento muy crítico del presidente Obama sobre la función geopolítica de su país. El mundo por ahora se resigna a recomendaciones inservibles para parar la masacre en Siria, la guerra afgana, el terrorismo en Irak o la infección recurrente en Líbano o de pronto un choque regional involucrando a Egipto, Siria, Turquía, Irán y desde luego Israel. Rusia tiene negocios, las potencias sed, los vecinos susto, todo lo cual de nuevo alude a la falta de políticas mundiales confiables por encima de conveniencias, viejas complicidades y utilidades inmensas.

Punto crucial, además del socioeconómico, es la intromisión de la religiosidad en la vida pública, contra lo secular público como requisito de modernidad, en marcha el contrasentido de la incidencia global de una pugna entre musulmanes moderados o puristas, en vez de entre autoritarismo y democracia.

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