Mitomanía

Mitomanía

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06 de junio 2013 , 05:04 p.m.

 Una voz erizada empujó al representante Iván Cepeda, de pronto y de la nada, en el Puente Aéreo de Bogotá: lo acusaba de mentir, de dañar, de dedicarle la vida a acabar con su familia. Cepeda, que creyó oír un insulto que no le queda, “mitómano”, en medio de la queja, tuvo que preguntarle “usted quién es” al hombre que acababa de abordarlo. Y apenas supo que era el empresario Tomás Uribe, ni más ni menos que el hijo del expresidente al que ha denunciado ante la justicia por supuestos vínculos con los paramilitares, le respondió que no se iba a dejar intimidar. Uribe hijo, que después aseguró –la escena sucedió hace tres semanas– que no lanzó ni un improperio en su reclamo, pues le aprendió a su padre “la defensa de la honra” y a su madre “la decencia”, le aclaró al congresista que no quería amedrentarlo: “y le deseé paz interior”, dijo.

Y las dos versiones de aquel cuadro de costumbres llevaron a pensar que un escándalo en un aeropuerto es un avance mediocre, sí, pero un avance al menos en una sociedad que se ha estado matando por principio. Y que la expresión “es su palabra contra la mía” impera en un país en el que la justicia cojea un poco más y llega un poco menos.

Hay que aclarar, pues se busca interpretar los hechos, que Cepeda es un político de 50 años que ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos en un país en el que incluso los comunistas siguen cazando comunistas, ha trabajado por una izquierda que nada tenga que ver con las armas, escribió un libro sobre el paramilitarismo en el que sospecha seriamente del expresidente Uribe, y, desde el día siguiente al día de su asesinato, honró la memoria de su padre –un senador de la UP, Manuel Cepeda, cuyo nombre lleva y enturbia un frente de las Farc–, y en el 2011 logró que la Corte Interamericana le exigiera al Estado reconocer en voz alta que el crimen fue cometido por agentes suyos y que “la justicia colombiana fue incapaz de encontrar y juzgar a los responsables”.

Hay que agregar que Uribe hijo es un empresario de 32 años que –al lado de su hermano, Jerónimo, pues “llevamos el emprendimiento en la sangre”, dicen, y prefirieron lo privado a lo público de tanto ver juzgado a su papá– le ha dedicado la disciplinada y misericordiosa y larga década de su juventud a montar una serie de compañías que han creado suspicacias porque han dado miles de millones desde los años en los que él era el hijo del Presidente: hay que reconocerle no obstante, más allá del malestar que causen las exorbitantes cifras de su éxito y de las sospechas que tendrá que aclarar ante las autoridades, esa vehemente defensa de la honorabilidad de su familia que no se despega de un discurso categórico que parece escrito por su padre.

Y ahora sí: qué moralejas lleva adentro el desencuentro de estas dos personas hechas a imagen y semejanza de alguna de esas dos Colombias: que vive en vano quien no consigue honrar su pasado con sus glorias y sus miserias y que un buen hijo sigue siendo aquel que rescata a su padre del olvido y de su propio infierno, pero que esta historia de persecuciones y ejecuciones y destierros, la paródica Historia de Colombia, está muy lejos de empezar un capítulo nuevo, y que a pesar de los avances, aun cuando sea mejor una gritería que una balacera, viene siendo hora de lograr que lo privado les responda a los jueces como les responde lo público, que ante la sociedad no tenga la razón el que más grite sino el que más compruebe y que la versión de los hechos que prime entre nosotros sea la versión de la justicia.

Colombia ha vivido ocupada por mitómanos, sí, por héroes dudosos que van por ahí repitiendo sus propias mentiras hasta creérselas: y es labor de la justicia, aunque cojee, probarnos que no dicen la verdad.
www.ricardosilvaromero.com

 

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