La santa Laura y el periodista

La santa Laura y el periodista

Javier Darío Restrepo prologó el libro 'Habemus santa', sobre la madre Laura Montoya.

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05 de junio 2013 , 06:29 p.m.

Hay una intuición afortunada en el libro de José Alberto Mojica cuando inicia su relato en la habitación en donde la madre Laura agoniza. Para ella el momento de su muerte no fue el fin sino el comienzo.

Según la visión que el creyente llega a hacer suya, el hombre no nace para morir sino para renacer, según la expresión oportuna de la filósofa Hannah Arendt.

En esa habitación que el reportero detalla con minuciosidad de notario, Laura murió al cabo de un arduo y apasionante recorrido por el mundo y comenzó a vivir de otra manera.

Todos los detalles que el periodista acumula en ese capítulo inicial sumergen en la historia de ese momento pero, a la vez, tienen fuerza interpretativa y de premonición.

Es el caso de su descripción con detalles poco o nada conocidos, sobre la enfermedad que sobrellevó la religiosa a lo largo de su vida y que finalmente le causó su muerte, la linfangitis (también conocida como elefantiasis), una infección que sobreviene cuando colapsa el sistema linfático e hincha todo el cuerpo.

Es un dato que debe tenerse en cuenta para entender el heroísmo que fue necesario para que la madre Laura persistiera en su empeño de ir hasta los sitios más escabrosos y distantes de la selva para hacer presente a Dios en la vida de los indios.

La propia religiosa cuenta, por ejemplo, aquel escalofriante viaje por el río Mutatá en plena creciente, y la escalada de un peñasco que les sirvió de refugio. Si fue una hazaña para la corpulenta religiosa escalar ese peñasco, fue aún más difícil bajar:

“Si habíamos dormido como los cóndores, sobre el peñasco, no teníamos alas para bajar. Aquello fue un tanto difícil y no dejé de hacerles un poco de gresca a los campesinos”, apuntó con un humor a toda prueba.

Son episodios que para el reportero se convierten en una trampa. Acostumbrado al registro de hechos, el periodista puede dejarse deslumbrar por el hecho insólito, o revelador, o gracioso, o extravagante, mientras queda intacta y desconocida esa otra dimensión a la que accede el intérprete con el escalpelo fino de sus razonamientos y contextualizaciones.

Es, quizás, la dificultad mayor del periodista que actúa como hagiógrafo, porque desde el comienzo debe admitir que pisa un terreno que para él, y para la mayoría de sus lectores, es ajeno.

Tienen elementos comunes que facilitan la incursión del reportero, las vidas de los deportistas, de los escritores, de los artistas, de los políticos o de los científicos; pero con los santos esos elementos comunes son escasos y se corre el peligro de quedarse en la trivialidad de las historias piadosas y de los detalles pintorescos, ante la escasez de elementos de interpretación.

Mojica no retrocede ante esa dificultad: a la vez que abandona el lugar común de los hagiógrafos para quienes los santos nacen y ya desde la cuna revelan su condición de santos prematuros, el reportero hace concesiones al mito al registrar, sin crítica, la expresión del sacerdote que al bautizarla con el nombre de Laura, inexistente en el santoral, dijo que ese nombre comenzaría a figurar con la pequeña bautizada.

En cambio los detalles que el reportero acumula con pasión de coleccionista van en contravía de las piadosas leyendas rosa.

La dura infancia de la niña arrimada en la casa de un abuelo que no la quería; la pregunta franca por el señor Uribe por quien rezaban el rosario todos los días, que da lugar a la respuesta desconcertante y ejemplar:

“Es el asesino de tu padre con quien cumplimos el deber cristiano de amar a los enemigos”.

También recopila el episodio sobre la infamia de la que fue víctima cuando era educadora –le hicieron cerrar el colegio que dirigía y en la calle la escupían y le gritaban que estaba loca– que la impulsó a consagrar su comunión con Cristo marcándose una cruz en el pecho con un cuchillo caliente.

Para el reportero el hecho crudo tiene una fuerza documental que permite al lector acceder a las realidades y a su rico contenido, sin adiciones ni adjetivos innecesarios.

Es, quizás, la forma más profesional de manejar periodísticamente el tema de los santos.

José Alberto, reportero y escritor, ante la difícil tarea de convertir en crónica periodística la vida de la madre Laura, echa mano de los recursos que le ofrece su larga experiencia periodística.

Hace reportería en el barrio Belencito Corazón, en Medellín, habla con la más anciana de las lauritas y explora en el pozo de sus recuerdos, entra en la habitación en donde murió la santa y va situando en ese lugar de peregrinación el suceso que recrea a partir de lo que tiene delante y de los datos que lleva en su memoria; va en busca de datos a Jericó, tierra que vio nacer a Laura, y se interna por la vieja ciudad en busca de sus huellas en la catedral, en la casa donde nació, por la calle de los carrieles, por las opiniones del padre Nabor en el Centro de Historia, por las calles llenas de peregrinos; viaja hasta Dabeiba, en en el Urabá antioqueño, donde Laura inició su obra con los indígenas, lee sus libros y llega hasta Roma en donde un grupo de colombianos da vivas a la santa el día de la canonización; habla con ellos, registra su agradecido asombro por los milagros.

Cazador de novedades

También reconstruye con la abogada Silvia Correale, promotora de santos, todo el proceso de Laura hacia la santidad; se interesa por las exhumaciones del cuerpo de la santa y por una piadosa y macabra costumbre de repartir pedazos de su cadáver; investiga la historia de la fastuosa limusina Ford de siete metros de larga que trasladó sus restos, en Medellín, en un homenaje fúnebre al estilo de las grandes celebridades del mundo.

Son hechos que el periodista sigue con cierta fascinación de cazador de novedades; es lo que no se ha dicho en los numerosos artículos publicados con motivo de la canonización, y en esto obedece a sus impulsos y formación de reportero.

También tenía a su disposición todo el instrumental técnico de la interpretación, para desentrañar los hechos claves de la vida de la santa: se lo ve lidiando con la Laura mística y aborda esa faceta, que habla de sus dones extraordinarios, con las cautelas de quien sabe que se mueve por un territorio desconocido; sabe que es un tema central en la vida de la santa, al que le dedica un capítulo en que, como los buenos reporteros, se acoge a fuentes seguras. Esos son para él Guillermina Betancourth, monseñor Alfonso Urrea, el padre Juberías y L. Hernando Alzate.

Sabe que es un asunto difícil y delicado –que hace referencia a las experiencias místicas y sobrenaturales de Laura, con Dios y hasta con el demonio– y lo maneja con guantes de seda.

También le resulta cercano el amor de la religiosa por los indios, lo mismo que las persecuciones y contradicciones que le generó esa dedicación exclusiva.

Aporta elementos que permiten situar la acción de la misionera en un contexto histórico en el que aún no se ha disipado el áspero olor a pólvora dejado por la Guerra de los Mil Días, pero este sería tema para un especialista: ahondar en ese contexto y en el de la vida de la Iglesia en esos años; pero el reportero no es un especialista, y por fortuna es así, porque su lenguaje adquiere la vivacidad y cercanía del testigo que cuenta su experiencia y comunica sus sentimientos, que es lo que sabe hacer un reportero.

Y eso es José Alberto. Para hacer un periodismo con comunicabilidad se vale de las técnicas del buen narrador, usa un lenguaje fluido y rico y, sobre todo, se deja guiar por la pasión que le inspira el tema que trabaja.

No es solo un testigo de los hechos que rodearon el nacimiento de la primera santa colombiana, además es un entusiasta de esta mujer en quien se revelaron las mejores posibilidades de un ser humano. Y así se lo hace sentir a sus lectores.

No busquen ustedes en este libro el pensamiento denso del teólogo o del ensayista, porque Mojica no es lo uno ni lo otro; tampoco pretendan encontrar una página de historia porque de eso no se trata; lo que ustedes tendrán delante es una crónica, esa visión ágil, sincera y descomplicada de un hecho que está marcando la vida de los colombianos.

Es un hecho que se ha desarrollado tanto en Medellín, en Jericó, en Roma o en las selvas de Antioquia.

En todos esos lugares, con la ubicuidad propia del reportero, estuvo José Alberto, haciéndose y respondiendo las preguntas de quien está frente al fenómeno desconcertante de una vida santa, que desborda las categorías usuales y sumerge en un mundo distinto, dominado por el espíritu y por la presencia de Dios.

Es un tema que, como sucede en ciertos templos, exige que los devotos se quiten los zapatos y hablen en voz baja.

José Alberto Mojica entra con los zapatos puestos y hace sus preguntas sin bajar la voz, porque se ha empeñado en asumir la visión y el asombro del hombre común ante esa rareza y esplendor que es una santa. Es lo que muestra, como una revelación, en este libro.

JAVIER DARÍO RESTREPO
Especial para EL TIEMPO

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