Editorial: Un vecindario sensible

Editorial: Un vecindario sensible

04 de junio 2013 , 07:56 p.m.

Cuando se creía superado el impasse entre Colombia y Venezuela surgido la semana pasada a raíz de la visita a Bogotá del excandidato presidencial Henrique Capriles, las palabras del presidente Juan Manuel Santos el sábado en la Escuela de Cadetes José María Córdova, en las que anunció que el país se disponía a iniciar “todo un proceso de acercamiento, de cooperación, con miras también a ingresar” a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otán), volvieron a caldear los ánimos.

Y no fue Venezuela el único en reaccionar. Pronto, Nicaragua y Bolivia se hicieron sentir con no poca virulencia ante lo que el mandatario nicaragüense, Daniel Ortega, consideró “un instrumento de una política para debilitar y tratar de destruir el proceso de unidad que vive la región”. En la misma tónica, su colega boliviano, Evo Morales, tras apresurarse a solicitar una reunión urgente de Unasur para discutir el asunto, se preguntó si una decisión en este sentido la tomaría Colombia con el fin de “agredir a Latinoamérica, para someterla, para que nos invada la Otán, como ha invadido en Europa y África”.

Al divisar en el horizonte los prematuros nubarrones de la tormenta, el Gobierno pronto aclaró que lo que se pretende no es una membresía en esta organización –creada en 1949 en el marco de la Guerra Fría como forma de hacer frente Occidente a la creciente amenaza que encarnaba la Unión Soviética–, sino firmar un acuerdo de seguridad e información. Puesto de otra forma, la idea es que Colombia sea un socio más, como ya lo son, en diversas modalidades, más de treinta países, entre los que se cuentan Jordania, Emiratos Árabes, Kuwait, Australia, Rusia y Nueva Zelanda.

Ha quedado suficientemente claro que lo que se pretende desde la Casa de Nariño no es introducir un factor de inestabilidad en la región que pueda, en algún momento, reñir con iniciativas como Unasur y, en particular, con el Consejo de Defensa Suramericano. Tampoco tiene asidero alguno el escenario que inquieta a Maduro, Ortega y Morales y que incluye tropas de países con enorme poderío bélico que desembarcarían en territorio nacional. Son, pues, infundadas elucubraciones.

No sobra advertir que, antes de hablar de ingresar a un club en el que, por lo demás, ya está vetada la entrada de cualquier nación situada por fuera del continente europeo, el Primer Mandatario debió haber expuesto claramente los matices de este proyecto y así evitar constatar de primera mano el alto nivel de sensibilidad que hoy se impone en la región.

Bravuconadas aparte, conviene añadir que el interés del Gobierno con este propósito apunta a tener mejores armas en la lucha contra el crimen organizado y el terrorismo, así como a compartir con otros países el conocimiento en tal campo, acumulado luego de tantas décadas de hacerle frente al flagelo. Y esto hay que respaldarlo. Es que, si se logra el anhelado fin del conflicto, llevar a otras naciones las lecciones que este dejó y que hoy permiten que muchos consideren a nuestras Fuerzas Armadas entre las mejor preparadas del mundo es, sin duda, una alternativa que habrá que considerarse.

En un contexto así, es bueno medir cada palabra en asuntos de trascendencia regional. Lo que no significa, desde luego, ceder en el sagrado derecho a la autodeterminación. Colombia no puede, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia, renunciar a iniciativas orientadas en la senda correcta por no molestar a los vecinos, así a veces cunda la paranoia.

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