Los 'poderosos objetos' de los huérfanos de la dictadura argentina

Los 'poderosos objetos' de los huérfanos de la dictadura argentina

Conozca la muestra del 'museo' que eterniza siete años de horror en ese país.

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04 de junio 2013 , 06:06 p.m.

 ¿Cuándo vuelve el desaparecido?
Cada vez que lo trae el pensamiento
(De la canción Desapariciones, de Rubén Blades)

Es negra. Muy negra. Sus ojos son dos botones plateados. Su boca también es un botón, pero rojo. Un rojo similar al de su vestido ya desteñido por el tiempo. Está despeinada y envejecida. Y aunque es solo una muñeca de trapo, esta guarda, a través de su dueña, Laura Villaflor, la historia de una tragedia: la de los huérfanos del genocidio y las desapariciones durante la dictadura en Argentina entre 1976 y 1983. (Vea galería de fotos: Pequeñas memorias para jamás olvidar una enorme tragedia)

Objetos como esa sencilla muñeca de trapo de Laura o tan simples como un cubilete con dados hacen parte del 'Proyecto Tesoros', un original esfuerzo que lleva a cabo el Colectivo de Hijos para mantener viva la memoria de sus familiares, conocerlos más de cerca y, de paso, recordarles a Argentina y al continente que el olvido no es una opción.

Historias como la de Elsa Martínez Garreiro, la madre que fabricó aquella artesanal muñeca de trapo negra con vestido rojo y ojos de botón plateado son las que están detrás de cada objeto que está en esta vitrina virtual.

En realidad eran dos muñecas. Elsa las hizo en medio de su reclusión en la Esma (Escuela de Mecánica de la Armada), el centro de tortura más emblemático de la dictadura, y alcanzó a dárselas a sus hijas antes de desaparecer para siempre el 4 de agosto de 1979.

“(Las muñecas) nacieron en el espanto y nosotras en la clandestinidad, construidas por el deseo de nuestra madre para dar amor, traer juegos y no llegar con las manos vacías después de meses de ausencia”, cuenta Laura Villaflor.

Este ‘museo’ eterniza siete años de horror que comenzaron el 24 de marzo de 1976 cuando fue derrocado el gobierno de Isabel Perón para imponer una junta militar encabezada por el recientemente fallecido teniente general Jorge Rafael Videla. En ese lapso, miles de argentinos fueron sacados a golpes de sus casas por comandos militares o ‘patotas’. Ocurría en las noches y frente a sus familias.

Familias que jamás volvieron a saber de ellos. Que se preguntaban por su paradero mientras sus padres, madres y tíos eran torturados hasta morir.

Según el informe ‘Nunca Más’, de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas(Conadep) fueron 9 mil desaparecidos, la mayoría de ellos (un 30 por ciento) obreros y estudiantes (un 21 por ciento). Pero diversas organizaciones de derechos humanos, muchas de ellas reunidas en el Proyecto Desaparecidos, aseguran que las víctimas fueron más de 30 mil.

Memoria histórica y familiar en la red

El Proyecto Tesoros es una exposición virtual, que en ocasiones logra espacios físicos, en la que los ‘huérfanos producidos científicamente por el genocidio’, como ellos mismos decidieron llamarse, muestran las pertenencias de sus seres queridos, relatan cómo lograron conservarlas y cuentan el valor personal de cada una de ellas.

“Quizás nosotros no tomamos conciencia de lo impactantes o conmovedoras que pueden resultar estas historias ligadas a los objetos. Pero cuando son mostradas a los demás nos damos cuenta de que son potentes, de que tienen fuerza, algo que es difícil nombrar con palabras”, le cuenta a ELTIEMPO.COM María Toninetti, una de las integrantes del Colectivo de Hijos y quien perdió a su padre durante el genocidio.

‘Fuerza sin palabras’ como la que rodea la botella pintada a mano por Estela María Gache de Adjiman (desaparecida el 6 de septiembre del 76) y en la que, dice su hija Aura, “quizá estén todas las palabras que me hubiese dicho”. O la que sentía Leonardo Surraco cuando de niño usaba como escondite el armario donde colgaban las corbatas de su padre, Basilio (desaparecido el 14 de marzo del 78), porque era “su lugar de superprotección”.

Por ahora, el Colectivo de Hijos ha logrado recopilar en el Proyecto Tesoros 50 objetos y 83 documentos entre cartas, folletos, libretas y fotografías, cuya labor de conservación corre por cuenta de 16 personas. Para el registro en la página web se hicieron 1.484 tomas fotográficas de cada uno. “La idea es que se sumen otros huérfanos que se encuentren quizás más alejados pero que quieran participar con sus historias”, cuenta Toninetti.

Más allá del dolor

Cuatro fotos y un mameluco azul de bebé. Eso es todo lo que conserva Paula Martina Iriart para recordar a su papá, Amer Francisco. Las imágenes, tipo polaroid, son las únicas que pudieron tomarse juntos en familia. Las únicas que el padre pudo hacerse con su hija de pocos meses de nacida, antes de desaparecer el 4 de junio del 77.

Como la de Paula, son muchas las historias de dolor que hay detrás de cada objeto. Pero este Proyecto quiere ir más allá. No busca quedarse en la tragedia sino construir el futuro del país a partir de ella.

“El dolor es una parte de la historia, pero nosotros preferimos poner el acento en esta experiencia compartida, en la que se trabaja, se discute, se construye entre pares. Desde el Colectivo de Hijos queremos dar cuenta de nuestra experiencia y nuestra particularidad. Pensamos que en este momento político de nuestro país es posible pensar en estas cosas porque estamos en un tiempo de inclusión, de solidaridad, de justicia”, dice María.

La idea, reitera, no es poner “el acento en la tragedia y en lo que les sucedió a nuestros padres” sino en el análisis de una historia que se remonta más allá de marzo de 1974, con episodios históricos como el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955 o los fusilamientos de José León Suarez, el 9 de julio de 1956 y la masacre de Trelew en 1972, entre otros.

“Cuando una sociedad se pregunta qué pasó con los niños y adolescentes despojados de sus padres por el accionar genocida, se abre la posibilidad de mirar nuestra historia de un modo más generoso, más justo. Y es en ese análisis en el que pensamos a partir de nuestra historia, pero también a partir de la historia de nuestro país, la de numerosos huérfanos de diferentes épocas, cómo un pueblo apuesta por la dignidad tratando de dar cuenta de una experiencia silenciada”, agrega.

Una experiencia silenciada como la de la propia María, quien a través de un traje de danza de su padre, Daniel Toninetti, desaparecido el 17 de mayo de 1977, logró conocer una faceta que era desconocida para ella: la de su ‘viejo’ convertido en un bailarín folclórico profesional.

Pero ese descubrimiento también le permitió sentir más de cerca el vacío, como lo reconoció en su testimonio para el Proyecto: “Una camisa, o un chaleco, son objetos especiales porque remiten directamente a lo corporal, y así, creo, se intensifica la ausencia”.

RAFAEL QUINTERO CERÓN
Jefe de redacción de ELTIEMPO.COM
rafqui@eltiempo.com

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