Competir, competir y competir

Competir, competir y competir

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04 de junio 2013 , 04:54 p.m.

La academia es paranoica acerca de su imagen.

Roger Ebert

A pesar de no aceptarlo en voz alta, el reconocimiento social se ha convertido en uno de los pilares de nuestra sociedad. Y nuestras universidades, para bien o para mal, se han convertido en centros de culto de nuestra obsesión por recibir una ocasional ‘pública palmadita en la espalda’.

Nuestra sociedad ha creado todo tipo de métodos para exaltar esfuerzos tanto individuales y colectivos, lo que en no pocos casos ha incentivado los esfuerzos de la humanidad en campos muy específicos, como es el caso de los Premios Nobel, pero también ha abierto la puerta a la creación de una enorme cantidad de premios, reconocimientos, y clasificaciones, que, salvo exaltar los ánimos momentáneos de unos pocos beneficiarios, contribuyen a medir y muchas veces a incrementar las brechas existentes en una sociedad.

Las clasificaciones (‘ranking’) de las universidades en el mundo son el más puro ejemplo de cómo medir las brechas académicas, sociales y económicas existentes entre países, regiones y universidades. Sin embargo, en el cada día más numeroso abanico de diferentes clasificaciones que se encuentran en el ámbito internacional, existe algo en común y es el limitado reconocimiento que ellas tienen en los diferentes sectores académicos, debido especialmente a las diferentes miradas que cuestionan sus mediciones y sus resultados. Todas evalúan diferentes parámetros que van desde el estudio de los índices puramente investigativos, como el Academic Ranking of World Universities de la Universidad de Shanghai Toi de China (el más antiguo de todos); pasando por el QS World University Ranking producido por la empresa privada Británica Quacquarelli Symonds (especializada en servicios dirigidos a potenciales estudiantes de posgrado que busquen iniciar estudios en el extranjero), que recientemente en su sección QS-Latinoamérica posicionó a las universidades de Los Andes, la Nacional y la Javeriana entre las 20 mejores de región; la Nacional y la Javeriana ascendieron 3 puestos y Los Andes ascendió 2 puestos con relación a las posiciones obtenidas en el 2012. Se puede también mencionar el escalafón Urap (University Ranking by Academic Performance), el cual ha sido consistente en mostrar en los últimos años que en Colombia las mejores seis universidades son, en su orden, la Nacional, la de Antioquia, Los Andes, la del Valle, la Industrial de Santander, y la Javeriana. En general, todos las clasificaciones han sida sometidas a duros cuestionamientos, no solamente por los parámetros que miden, sino por los objetivos mismos que persiguen.

Para el caso colombiano preocupa el ver la enorme brecha existente entre universidades, la limitaciones en su cobertura, la cobertura focalizada de algunas de ellas para ciertos sectores de la sociedad, la falta de programas consistentes de apoyo y de fomento a la investigación y a los programas de posgrado, los bajos niveles de conocimiento de una segunda lengua entre sus egresados, la baja tasa de permanencia de profesores altamente calificados, y el aislamiento general de la sociedad. Los anteriores son problemas que el Gobierno Nacional en general y las universidades en particular, deben atacar, especialmente, con la llegada a Colombia de profesionales y docentes altamente calificados provenientes del extranjero. Es tiempo de pensar un poco menos en nuestra imagen y un poco más en nuestro futuro académico. A Colombia no le sirve tener menos del 3% de sus universidades entre las mejores si tiene un 97% que no existe. ¿No sería mejor decir que un 50% de nuestras universidades está entre las mejores del mundo, en por lo menos 5 clasificaciones, y que el otro 50% lo estará en una década para continuar enorgulleciéndonos de nuestra infinita brecha académica?

 

*Coautor: Carlos Quimbay

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