La vida que nos quitan

La vida que nos quitan

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04 de junio 2013 , 03:17 p.m.

Hace tiempo que Bogotá tiene alcaldes. El origen de la palabra alcalde se refiere a juez, pero las funciones de ese cargo son mucho más amplias y apuntan a lograr el bienestar de los ciudadanos. Hace unas semanas, un colaborador del alcalde de Bogotá nos anunciaba, palabras más, palabras menos, que tenían como propósito final lograr que Petro fuera el presidente de nuestra magullada república. Esa declaración no me aterró por ser una meta irrisoria y utópica, sino por su franqueza y candidez. Sin anunciarlo, ser presidente es lo que desea todo el que llega a alcalde de Bogotá, aunque pocos lo hayan logrado. Para ellos, la alcaldía solo es un trampolín, que deja de lado lo fundamental para un burgomaestre: que el ciudadano se sienta bien en su ciudad. Estos alcaldes buscan lograr obras espectaculares, crear vínculos políticos y politiqueros que posteriormente lo catapulten, y conseguir fondos lícitos o ilícitos que financien su campaña futura. “¿Y la gente?” “Ya veremos.”

Para llegar al “gran día de ser presidentes”, los programas requieren mucho dinero, licitaciones y comisiones. Entonces, promueven proyectos de transporte público masivo, grandes represas para el futuro, sistemas de recolección de basura o privatizan los servicios públicos, lo cual beneficia no se sabe a quién (o sí se sabe). La lógica de nuestra política hace que los alcaldes vivan pagando favores, aseguren apoyos futuros o, simplemente, se enriquezcan. Se comprometen con transportadores, constructores, urbanizadores, contratistas, intermediarios que patrocinan políticos y políticos que protegen a sus patrocinadores. Pero la vida es cruel, y las cosas que un alcalde hace para llegar a ser presidente se vuelven la razón de su descrédito.

Sin duda, hay que hacer los grandes proyectos con honradez, transparencia y eficiencia. Pero los alcaldes, en la búsqueda de lo suntuoso, creyendo que ganan votos, olvidan lo sencillo, la vida cotidiana del ciudadano, lo que está próximo. Ignoran al habitante. Desconocen lo simple. Cuando hablan de seguridad, hablan de policías, no de los moradores. Los alcaldes piensan en los transportadores, no saben de los que suben a un destartalado bus o a un congestionado transmilenio. Del comercio solo ven a los grandes almacenes, nunca a la tienda de barrio. No saben de la escala humana.

El goce de una ciudad es estar en ella, pasearla, transitarla a pie, dirigirse a los comercios vecinos, tomar un café en una terraza o disfrutar un parque. Esas son esencias del habitar urbano. La vida en las ciudades tiene que ser distinta de las del campo, la montaña agreste o la selva. Nuestras aceras son caminos de herradura, intransitables, como desfiladeros, terrenos bombardeados, abruptos y llenos de escollos. No son superficies claras; están construidas por los dueños de las casas y edificios a merced de su capricho, sin reglas ni control. Nuestro transitar cotidiano está amenazado por asaltantes y ladrones. Eso no importa a nuestros gobernantes. Las ventas ambulantes, bajo la falsa idea de asegurar empleos, es la forma como los contrabandistas y empresarios de lo callejero, respaldados por políticos, explotan a los desempleados. Monopolizan la explotación de la pobreza. Esa consolidación del vendedor ambulante frena el desarrollo de empresas familiares y pequeñas empresas.

El ciudadano ve cómo los fondos perdidos por la corrupción se deben reponer con nuevos impuestos, nuevas valorizaciones y nuevos valores catastrales. Puede ser que la palabra alcalde quiera decir juez, pero no parece haber jueces para ellos. ¿Será que llegan los albores de la desobediencia civil: no pagar impuestos para oponerse a la corrupción? Sin darse cuenta, ya nos quitaron la vida cotidiana; no tenemos mucho que perder.

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