La guerra siria llega al Líbano

La guerra siria llega al Líbano

La violencia sectaria en Líbano es un reflejo de lo que ocurre en el país vecino.

03 de junio 2013 , 10:53 p.m.

En algo parecido a la estampa del Apocalipsis se ha convertido el barrio Bab al Tabaneh, en la ciudad de Trípoli, norte del Líbano.

El lunes, al menos cinco personas murieron en esta localidad suní antisiria que está en guerra con el barrio vecino Jabal al Mohsen, que es alauita, la misma confesión que profesa el presidente sirio, Bashar Al Asad.

El pasado episodio de violencia sectaria estalló hace una semana, coincidiendo con la ofensiva en la ciudad siria de Qusair, fronteriza con el Líbano, y ha dejado ya cerca de una treintena de muertos. A pesar del despliegue del ejército libanés en estos barrios rivales, los enfrentamientos continúan.

Establecimientos cerrados con la puerta de metal agujereada por las balas, calles semidesérticas llenas de escombros, fachadas de edificios ennegrecidos por el fuego de mortero. Una serenata de tiros y el traqueteo infernal de las cadenas de los tanques del ejército nos da la bienvenida. Para poder cruzar de una calle a otra hay que rodearla a través de un descampado protegido por altos muros o correr a toda prisa entre lonas de plásticos para no ser descubiertos por los francotiradores.

Desde que el líder de Hezbolá, el jeque Hasan Nasrala, reconoció públicamente la participación de su grupo en la guerra siria, las repercusiones en el vecino Líbano se han intensificado con ataques con proyectiles de mortero desde Siria.

El ejército sirio atacaba ayer a los rebeldes en varios frentes, entre ellos en Qusair, donde la ofensiva de las tropas leales a Damasco respaldadas por el Hezbolá libanés para tomar esta ciudad estratégica ingresa en la tercera semana.

Para Hezbolá es vital mantener a Al Asad en el poder. Junto con Irán, Siria es su otro gran aliado en la región. Según Nasrala, si el régimen sirio cae, “Israel podría controlar al Líbano”.

Guerra de vecinos

“No podemos vivir aquí. Es imposible llevar una vida tranquila. Nuestros hijos no pueden ir a la escuela y hemos tenido que cerrar los negocios. ¿Quién va a venir a comprar a Bab el Tabaneh?”, se queja Yusef, un vecino del barrio.

Una comitiva funeraria acompaña al cadáver de Bilal Huwe, de 23 años, a la mezquita de Taqua, en la entrada de Bab el Tabaneh. Este joven miliciano suní murió la noche del viernes cuando estaban preparando una emboscada en contra de Jabal Mohsen. Una ráfaga de tiros obliga al grupo a disiparse y correr a toda prisa para refugiarse en la mezquita.

Los combatientes de Jabal Mohsen juegan con ventaja al estar situados en lo alto de la colina. Los vecinos antisirios se quejan de que el ejército libanés apoya a los residentes alauíes porque “el gobierno es aliado de Hezbolá”.

“El ejército está con ellos; el Estado está con ellos. Nosotros solo nos defendemos. Ellos han empezado está confrontación porque quieren arrastrar al Líbano a la guerra en Siria”, denuncia Adnan. Como muchos de los jóvenes de Bab el Tabaneh ha cogido el kaláshnikov para defender a los residentes.

La milicia suní cuenta con más de 7.000 voluntarios. Además, desde que el sheij Salem Al Rafai, de la mezquita al Taqua, llamó a la yihad en Siria, cerca de 2.000 salafistas de Bab el Tabaneh, y vecindarios aledaños se han inscrito para luchar con los rebeldes sirios.

Las rivalidades entre estos dos barrios vienen de lejos, pero desde que comenzó el conflicto sirio, los enfrentamientos se repiten con mayor intensidad. Podría decirse que la violencia sectaria en Trípoli es un reflejo de lo que ocurre en el país vecino. Precisamente, la línea divisoria entre los dos frentes es la calle Siria.

En Jabal Mohsen viven unos 7.000 residentes de la secta alauí. Al ser minoría frente a la mayoría suní en Trípoli viven atrincherados en su gueto. Los vecinos del barrio prosirio cuentan con la protección del partido Baaz y el Partido Demócrata Libanés alauí, que forman parte de la coalición del 8 de Marzo, liderada por Hezbulá.

“Ellos tienen mejores armas de asalto, RPG, francotiradores profesionales y cuentan con el apoyo del ejército libanés que los está defendiendo”, denuncia el sheij Ahmad, que tiene a su cargo un batallón de 1.000 hombres.

“Los alauies nos han arrastrado a tomar las armas”, sentencia el líder salafista, mientras explica: “Nosotros sólo contamos con nuestro kaláshnikov”.

El sheij Ahmad está sentado en un porche rodeado de milicianos que, de vez en cuando, se asoman por detrás de las lonas de plástico que han colgado entre dos edificios para protegerse de los francotiradores, apostados en los edificios en lo alto de la colina. Mientras conversamos con el sheij, se acerca un grupo de niños.

Uno de los pequeños lo abraza y, con orgullo el comandante Ahmad nos presenta a Hussein, su hijo de cinco años.

El pequeño sostiene un fusil de juguete, que se ha hecho él mismo con dos trozos de madera.

La violencia se ha convertido en algo tan cotidiano en Bab al Tabaneh que los niños ya juegan a ser milicianos en combates imaginarios.

Ethel Bonnet
Para EL TIEMPO
Trípoli (Líbano)

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