Las Patronas

Las Patronas

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03 de junio 2013 , 07:15 p.m.

Todos los días nos sorprendemos con las manifestaciones de los seres humanos. Las más frecuentes provienen de la profusa divulgación que se hace de actos violentos imposibles de concebir. Mucho han dado que hablar las series televisadas sobre los comportamientos demenciales de narcotraficantes y grupos ilegales de todos los matices. Los noticieros nos saturan con los discursos de gobernantes que parecen poseídos por fuerzas primitivas que los desbordan, sin reparar en las consecuencias de sus agresiones. Terminamos por ver con naturalidad las guerras en las que pueblos enteros se desangran al ritmo de la locura de sus líderes. Esto para no mencionar a quienes sin el menor escrúpulo roban los dineros públicos y privados.

Pero también hay momentos en que nos sobrecoge una luz de esperanza al conocer lo que algunas personas pueden hacer sin más motivación que la compasión y la solidaridad. Es el caso de un grupo de mujeres que viven en la población de La Patrona, en México. La semana pasada tuve el privilegio de conocerlas y escuchar lo que han hecho en más de catorce años continuos de entrega desinteresada a aliviar el sufrimiento de miles de migrantes centroamericanos que se aventuran a atravesar todo el territorio mexicano soñando con llegar a los EE. UU.

Hombres y mujeres de Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala se montan como pueden en los trenes cargueros que a diario cruzan de sur a norte el país, tratando de escapar de la pobreza y del hambre. En ese viaje infernal en “la bestia”, como llaman al tren, se juegan la vida en una travesía de más de ocho mil kilómetros. En ninguna parte los quieren. Para muchos son fugitivos y maleantes. Algunos mueren en el camino, otros desaparecen y apenas un quince por ciento logra pasar la frontera por los lados de Ciudad Juárez.

La compasión, ese resorte humano tan escaso en nuestros días, llevó a alguna mujer del pueblo a hacer algo por esas personas que colgaban de los vagones y comenzó a acercarse día tras día a la vía férrea para tirarles una botella de agua y una bolsa de arroz y fríjoles. Pero eran muchos, su esfuerzo no era suficiente. Así se fueron juntando otra y otra, y su vida terminó dedicada completamente a preparar día tras día las raciones que reparten a esos seres anónimos que solo alcanzan a ver por una fracción de segundo mientras estiran todo su cuerpo para arrancar de sus manos el agua y la comida. El tren no se detiene, sigue su marcha como si ignorara a las decenas de seres humanos que han trepado en las cornisas de los furgones.

¿Qué las mueve? ¿Qué andan buscando? Nada especial. Solo sentirse bien con ellas mismas. No posan de santas, no reciben un salario. Por el contrario, luchan para conseguir los bastimentos de las doscientas raciones que reparten cada día. Rara vez conocen el nombre de aquellos a quienes ayudan a aliviar el hambre y la sed. De cuando en cuando llega una carta con un “muchas gracias” y “que Dios las bendiga”. Estas son “las patronas” de un pueblito en una vía del tren en el estado de Veracruz.

Estuvieron en un foro sobre formación de valores que organizó la Secretaría de Educación del estado de Sinaloa, y su presencia y testimonio fueron suficientes para iluminar la labor de más de mil quinientos educadores que llegaron de diferentes lugares de ese enorme país. Ninguna ponencia, discurso o explicación filosófica logrará nunca lo que logra un ejemplo de vida. También en Colombia he visto a mucha gente de las comunidades, maestros y maestras que hacen de su vida un signo de esperanza capaz de desafiar los altisonantes gestos de arrogancia de quienes siembran el odio y la muerte por doquier.

Nota: recomiendo ver en YouTube el cortometraje El tren de las moscas. Ojalá se mostrara en los colegios y se dedicaran unos minutos a reflexionar sobre el lado bueno de la humanidad.

Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

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