Annie Leibovitz, leyenda viva de la fotografía

Annie Leibovitz, leyenda viva de la fotografía

La estadounidense recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación.

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02 de junio 2013 , 10:34 p.m.

Un carro.

Las ventanas de un carro.

El mundo desde ahí.

Así fue la niñez de Annie Leibovitz: ir por las carreteras de Estados Unidos de un lugar a otro, adonde quiera que su padre –teniente de la Fuerza Aérea– fuera trasladado. Papá, mamá y seis hijos en una camioneta convertida en casa. Annie –que es considerada hoy la fotógrafa más influyente del mundo, a quien el Congreso de su país le dio el título de ‘Leyenda viva’– entrenó su mirada así: sus ojos pegados a un vidrio, viendo todo enmarcado de la misma forma como lo haría después con su cámara.

Es muy posible que, en estos días, Annie Leibovitz haya sonreído mucho. La semana pasada recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación; su libro Annie Leibovitz: Pilgrimage, con una selección de sus fotos, es celebrado por la crítica y por el público general; y sus mejores imágenes se exponen en museos del mundo. Debió sonreír y, también, acordarse de cuando las tragedias se le aparecieron juntas. Empezó en 2004, cuando su pareja, la escritora neoyorquina Susan Sontag, murió de un cáncer; en 2007, sus padres, Samuel y Marilyn, fallecieron; y dos años después, ante el incumplimiento de un préstamo por 24 millones de dólares, los bancos embargaron los derechos de su obra.

Entre los titulares que hablaban de su quiebra y el dolor de su luto, Annie encontró el camino. “¡Ellas me enseñaron a volver a mirar!”, dijo. Y se refería a la importancia que tuvieron sus hijas, Sarah, Susan y Samuelle (a la primera la tuvo a los 51 años, y a las gemelas mediante un vientre de alquiler) en su salida a flote. “Volví a ver el mundo redondo, luego de creerlo plano”, y sintió que empezaba su renovación.

Y ella sabe bien cómo es estar ahogándose.

Y resurgir.

***

Anna-Lou Leibovitz nació en octubre de 1949 en Waterbury, Connecticut. Desde niña se acostumbró a las fotos familiares que su mamá –profesora de ballet clásico– tomaba en cualquier ocasión. Se habituó tanto que poco le interesaba tener una cámara en sus manos. Sin embargó, durante la guerra de Vietnam, cuando su papá fue enviado a una base militar en Filipinas y toda la familia viajó con él, Annie no encontró mejor manera de pasar el tiempo que tomando fotos y revelándolas en el cuarto oscuro de la base aérea. Luego convenció a sus padres de que la dejaran viajar sola a estudiar pintura en el Instituto de Arte de San Francisco. Empezó cursos nocturnos de fotografía y conoció la obra de dos maestros que marcaron su oficio: Richard Frank y Cartier-Bresson. “Sus fotos me mostraron que se puede recorrer el mundo con una cámara”.

Y en efecto, con una pequeña cámara de mano, Annie practicaba tomándole fotos a lo que sucedía en las calles, nada menos que las revueltas estudiantiles contra la guerra, la juventud que pedía paz y amor. Un amigo la convenció de que le mostrara su carpeta de fotografías a la gente de una revista que apenas nacía en esa ciudad: Rolling Stone. Tan pronto vio su trabajo, el editor-fundador, Jann Wenner, la invitó a ser parte de su equipo. No esperaba que esa jovencita delgada y de gafas gruesas fuera a convertirse tan pronto en ‘la fotógrafa del rock’.

Annie era especial. A diferencia de los otros fotógrafos de la revista, ella no pasaba solo cinco minutos con los personajes que retrataba: compartía días enteros, conociéndolos. De esa manera lograba captar detalles que los demás pasaban de largo. Convertida en fotógrafa-jefe de la revista, empezó a tener contacto con las grandes figuras del rock. John Lennon y Mick Jagger, por ejemplo, la tenían como amiga.

En 1975 decidió acompañar a los Rolling Stones a su gira y fotografiarla. El editor le pidió que no lo hiciera. “Annie, toma todas las fotos que quieras, pero no vayas con ellos”, le dijo. Wenner temía lo que, en efecto, pasó.

“Imagínate todo lo que hacen los Stones en gira... Pues yo también lo hice”, contó Annie poco después. Se volvió adicta a la droga, sobre todo a la cocaína. Empezó a incumplir en el trabajo, se desaparecía durante días. Sus padres tomaron la decisión de internarla en una clínica de rehabilitación de la que, meses después, salió sin rastros de su adicción.

Durante los años con la Rolling, Annie hizo fotos que se volvieron íconos. Una, en especial: la que le tomó a John Lennon desnudo, abrazado a Yoko Ono. “Ella nos explicó lo que quería hacer, y él dijo que sí –recordaba Yoko–. John estaba muy cómodo”. Cinco horas después de salir de la casa de la pareja con esas fotos en su cámara, Leibovitz recibió una llamada en la que le contaron que le habían disparado a Lennon. La fotografía fue portada de la siguiente edición de la revista, sin una palabra a su lado. Solo la imagen.

Para entonces, el sello de Annie ya había empezado a ser reconocido. No solo por el público general, sino por figuras tan importantes como el fotógrafo Richard Avedon, que un día llamó a Jann Wenner para felicitarlo por una imagen que habían usado como portada de la revista: era una foto que Leibovitz le había tomado a la actriz Bettle Midler, hundida en decenas de rosas rojas.

Esa foto abrió una línea que en adelante iba a seguir, de imágenes conceptuales y escenografías muy elaboradas. Para cada personaje, Annie pensaba en un mundo por construir. Y muchos de sus fotografiados quedaban sorprendidos cuando veían la foto publicada y descubrían una parte de su personalidad que no conocían.

***

En 1983, Leibovitz recibió una oferta de trabajo en la revista Vanity Fair. Ella no quería irse de Rolling, pero el propio Wenner le aconsejó aceptar: era suficiente rock.

En Vanity Fair conoció otro mundo, sofisticado, lleno de glamur, y muy pronto fue ella quien puso condiciones. Las grandes figuras del cine empezaron a posar ante su lente. Todavía hoy Annie colabora con esta revista, además de Vogue, y no hay quien se le niegue a nada. “Si dices que quien va a tomar la foto es ella, el personaje que sea está listo ese mismo día”, ha dicho Anna Wintour, editora de Vogue.

Claro, tenerla en la nómina trae sus bemoles: Annie no se detiene en pedir lo que sea para una producción. Según Wintour, Leibovitz desconoce el significado de la palabra presupuesto. Tampoco el de paciencia: su genio difícil y su inflexibilidad en el trabajo son reconocidos. Todo esto lo aceptan sus editores porque están seguros de que, a la vuelta, tendrán de ella una fotografía única.

En efecto, Leibovitz hizo posar a Demi Moore embarazada y desnuda; fotografió a Whoopi Goldberg en una tina de leche; mostró a George Bush en su oficina tras el ataque a las Torres Gemelas; tomó las últimas fotos oficiales de la Reina Isabel II; retrató a Bill Gates, a Donald Trump, a Nelson Mandela.

Y la lista no acaba.

***

Un día, a fines de los años ochenta, recibió la petición de tomarle una foto a la escritora Susan Sontag para la portada de un libro. Annie, que se sabía mala lectora, quiso hacer bien la tarea y, antes de conocerla, leyó un par de sus libros. Durante las fotos, hablaron de lo que había leído. “Poco después, Susan me dijo que quería conocerme y ahí empezó todo”.

Todo fue una relación de quince años. Eran diferentes. Susan era mujer de palabras, Annie de imágenes. Eran complemento, aunque algunos amigos cercanos de la pareja dijeron (en un documental sobre la vida de Annie) que Sontag era muy dura con ella. “Le hacía creer que su trabajo no era intelectual, y eso le dolía”. Lo cierto es que la presencia de Susan Sontag fue fundamental para Annie y su muerte, un golpe durísimo. La agonía de Sontag quedó registrada en fotos tomadas por Leibovitz. Ella misma explicó por qué: “Esa es mi forma de enfrentar el dolor. Hacer fotos”.

Cuando Annie llegó a los 50 se dio cuenta de que había dejado pasar los años sin acordarse de uno de sus sueños: ser mamá. Se lo propuso a Susan, pero ella no quiso acompañarla en eso. Annie quedó embarazada y, a sus 52 años, nació su hija. Luego tuvo a las gemelas.

Hace poco, junto a sus tres hijas, mientras veían las cataratas del Niágara, Annie se dio cuenta de que quería todo más sencillo. Sus fotos elaboradas la hicieron famosa, sí, una leyenda tan grande como los personajes que ella ha registrado, pero hoy busca otra cosa. Ahora persigue imágenes íntimas, esenciales; ahora va tras las huellas de lo que ha sido fundamental en su vida. Leibovitz vuelve y se reinventa.

‘Su obra describe una época’

Según el fallo del Premio Príncipe de Asturias, Leibovitz es “una artista que dinamizó la fotografía mundial y que, con su trabajo, ha dado cuenta de toda una época cultural y política”.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

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