El laberinto sirio

El laberinto sirio

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02 de junio 2013 , 08:15 p.m.

Muerte y asedio, barbarie y sangre fratricida. Chiíes frente a sunís. Odio, ira, confrontación total. Hezbolá toma partido abiertamente. Altos del Golán en tensión permanente. Turquía, Irán, Líbano e Israel esperan, estudian, actúan desde el tacticismo. El mundo mira con indisimulada indiferencia. Cinismo e hipocresía. Venta y suministro de armamento y muerte. Vómitos de guerra. Asimetría, mentira y tiranía. Vergüenza de Occidente, titubeante, vacilante y pasiva. No así Rusia, que sigue apoyando y enviando armas. Siria sigue desangrándose en una cruenta guerra civil. La mentira esculpe conciencias sin escrúpulo. Lo hizo antes, en tiempo de otro Assad; lo sigue haciendo ahora, cuando solo el tiempo se convertirá en el único árbitro sobre miles de cadáveres. Assad sabe que la partida no está ganada, pero tampoco perdida. Esta vez no hay corredores aéreos como en Libia.

Dos años de guerra, de atrocidad, y más de noventa mil muertos desde que las revoluciones que han pedido libertad y apertura se encontraron con dictadores y sátrapas, bendecidos durante décadas por Occidente y la mezquindad de sus intereses y su diplomacia, dispuestos a perpetuarse a cualquier precio en el poder. El poder por el que tanto lucharon, tanto defendieron y tanta injusticia e impunidad tiránica infligieron. Siria no es la excepción. Y hoy es un polvorín ensangrentado por el odio y la ira, la crueldad y la miseria humana.

El presidente sirio, cuyo mérito es heredar un poder que se concibe como patrimonial por un clan, sin legitimidad democrática alguna, pero idéntica falta de legitimidad a la que existía prácticamente en todo Oriente Medio, salvo mínimas excepciones, ha esgrimido, entre la ironía sarcástica y la inmoralidad más elusiva, que en Siria se está combatiendo a los mismos enemigos que Occidente combate en Afganistán. El régimen sirio sigue vergonzantemente siendo asistido y apoyado por Rusia y China y, sobre todo, por la pasividad de una inerme y cínica comunidad internacional. Estados Unidos eleva su tono crítico, habla de una línea roja infranqueable, el empleo de armas químicas. Pero no hace nada. La aparente superioridad moral de la superpotencia se queda inerme e inane por falta de voluntad política. La ONU igualmente se pierde en sus laberintos de impotencia e incompetencia.

Represión, muerte y tortura. Locura en estado puro. Un tirano y una minoría radicalizada que se aferran al poder masacrando a su propio pueblo. Y les llaman terroristas, los mismos que hacen cola para comprar pan en los suburbios y son bombardeados por la aviación estatal. Altos mandos del ejército cómplices de la orgía de sangre. Es la lucha descarnada por el poder. El despotismo homicida embriagado de falacias, imposturas, falsas promesas y mentiras. Durante cuatro décadas el clan Al Assad ha dominado con puño de hierro y brutalidad sin medida a su pueblo. Un pueblo fracturado, etnizado y hoy roto en dos frentes antagónicos, el que apoya al tirano y el que quiere invertir el paso de su propia historia. Suníes frente a chiíes alauitas. Contradicciones étnicas y diversidades culturales y religiosas dentro de un ensamblaje islámico que maquilla un estado de falsa democracia y amoralidad infinita. Nacionalismo y laicismo frente a integrismo, pero en el fondo más de lo mismo, otra dictadura, sin alma, arrogante, represiva.

¿Cuántos muertos más hacen falta para parar esta deriva feroz y megalómana de un dictador que embelesó a Occidente y jugó a ser imprescindible en el tablero diplomático de Oriente Medio? Hoy no es un interlocutor válido, una pieza en un endiablado ajedrez más preocupado en preservar el statu quo belicoso de Oriente Medio que en la paz. Bashar al Assad no tiene legitimidad alguna. Detenta el poder apoyado en una fiel casta militar temerosa de perder su predominio y fuerza. Casta que empieza a dejarle solo. Cuatro décadas de represión hermética, de silencios impuestos, de cárcel y asesinato, de destruir incluso Líbano y ser ahora un aliado fiel e interesado del teocrático Irán.

No hay salida en el callejón sirio. No la hay. La diplomacia de los candelabros ha hecho el resto, dejando a su suerte a la ciudadanía, que exige sus derechos y es masacrada por tanques y francotiradores. Lecciones de la hipocresía del resto del mundo árabe, dictaduras y monarquías feudales que sumen en un vasallaje sin derechos a sus súbditos, que no ciudadanos, y que ahora censuran y se apartan del régimen sirio, pero que al mismo tiempo reprimen a su pueblo o apoyan a otros dictadores, como en Bahréin o en Yemen hasta hace bien poco.

La represión brutal sigue su curso, se deja hacer. Ni planes de paz, ni acción del Consejo de Seguridad; vergonzoso. Escandaloso. Solo cifras de muertos. Es el precio que tienen que pagar por liberarse del sátrapa. Pero la democracia no está ganada. ¿Qué modelo de democracia es posible en Oriente Medio, en el mundo árabe? ¿Y cuál traía una fracasada primavera árabe? Siempre en Oriente Medio se ha dejado hacer. La paz no es un negocio. Hemos llegado demasiado tarde, consentido y apostado demasiadas veces que la situación del mundo árabe no podía cambiar y cuando lo han intentado, les hemos dado la espalda. Ni Túnez ni Egipto avanzan por el momento hacia una democracia verdadera, auténtica, genuina. Tahrir está demasiado lejos para ser un símbolo, pese a los centenares de muertos. ¿Qué está sucediendo en Egipto?, ¿qué hacen los Hermanos musulmanes? El precio que tienen que pagar los pueblos árabes para desprenderse de una casta política tirana, represiva, abusiva y déspota es un precio que solo ellos pueden pagar y deben pagar.

El dictador amenaza. Advierte con su mezquina propaganda manipulada y tergiversada. Pero cada vez está más acorralado. Vergüenza de Rusia y China, que todavía protegen el régimen y tutelan su impunidad sangrienta entre protocolos de muerte y martirio que se suceden cada día. Asesinatos y torturas. Caza de brujas. Es la brutalidad despiadada de los tiranos árabes. Tableros de contención. Lo hemos visto antes. En Irak, en Túnez, en Egipto, en Libia. La cuenta atrás para Bashar al Assad ha comenzado hace meses. Siria pasa por ser una pieza clave en el tablero de Oriente Medio, pero su despótico e ignominioso régimen, que lleva más de cuatro décadas sumiendo en la miseria y en la falta de libertad a los suyos, no es tan esencial como creen. La encrucijada de Oriente Medio no necesita más pirómanos dispuestos a incendiar la región. Siria es un satélite del régimen teocrático iraní. Es el sustento de Hezbolá en Líbano que hoy acude en ayuda del tirano y uno de los causantes del desastre libanés, y es apoyo esencial para Hamás. No importa chiismo y sunismo, esa diferencia fenece ante el mismo odio hacia el Estado judío. La partida está a punto de acabar sobre un tablero de sangre y terror. El futuro es incierto. Ignoto. Alauís y suníes deberán mirarse a la cara, enterrar odios y rencillas. Latakia, el paraíso alauita que algunos sueñan en convertir en estado Al Assadiano es un imposible. Jaque a la tiranía, pero no por el momento mate. Pero ¿qué sucederá el día después? Lo visto estos días en Madrid insufla poca o nula esperanza. Los sirios escribirán su futuro, pero dilucidar en este momento qué futuro les aguarda es una incógnita en un país roto, devastado por el odio y el asesinato, la vileza de un régimen canalla. El mundo se puso una venda prefiriendo una dinastía genocida en pos de su estabilidad, no del pueblo sirio, ni tampoco libanés, ocupado, sojuzgado y conducido por Siria hasta hace bien poco. Los actores de la guerra fría, los países árabes y también Israel prefirieron la estabilidad de un régimen que no cambiaba el statu quo y que se adentró en las entrañas de los ayatolás iraníes. Un régimen sobre un Estado fallido, asentado sobre la pólvora del odio, del miedo, del terror, del asesinato y el horror.

Abel Veiga Copo

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