El cuerpo y la sangre de Cristo

El cuerpo y la sangre de Cristo

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01 de junio 2013 , 08:29 p.m.

Los exámenes de sangre revelan el estado de salud de la persona, allí aparecen los niveles de las plaquetas, los glóbulos rojos, el colesterol o la diabetes. En la sangre se detectan antiguas enfermedades, como la hepatitis, o mortales, como el sida. La sangre ha tenido también un significado en la cultura de los pueblos como la depositaria de la vida; pensemos, por ejemplo, en los pactos de sangre o la prohibición de comer carnes rojas. Tal vez por eso los apóstoles y todo aquel gentío que seguía a Jesús después de la multiplicación de los panes se quedó escandalizado cuando lo oyeron decir: “Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros” (Jn. 6, 53). Esto sonaba a canibalismo.

La solemnidad del Corpus Christi celebra el misterio de la presencia real de Cristo en las especies del pan y del vino. ¿Por qué debían ser su cuerpo y su sangre? Porque Dios nos comunica la vida de gracia a través de su cuerpo y de su sangre, algo así como una transfusión espiritual. Por el sacrificio de Cristo en la cruz nos vino la Redención, y los que estén marcados con la sangre del cordero pascual recibirán la vida (Éxodo 12, 13).

Por eso Jesús realizó primero el milagro de la multiplicación de los panes antes de hablarles del milagro eucarístico, porque con el mismo poder con que obró la multiplicación del pan, con ese mismo poder multiplica en la Iglesia su presencia en las especies eucarísticas. Ahora no se multiplican las hostias, sino la presencia de Cristo en cada una de ellas.

Juan Pablo II, en la encíclica ‘Ecclesia de Eucharistia’,nos ayuda a la comprensión del misterio cuando nos enseña que la Iglesia y nuestra vida de fe, esperanza y caridad viven del alimento que les proporciona la Eucaristía. La Eucaristía contiene todo el bien espiritual que necesita la Iglesia, la purifica y la colma de vida.

Comencé diciendo que la sangre nos muestra el grado de salud que tiene el cuerpo; del mismo modo, la Eucaristía nutre la vida del espíritu, la purifica de sus pecados, la robustece en la esperanza y la inflama en el amor. La Eucaristía es el don por excelencia, es el misterio del amor y de la misericordia de Cristo hacia nosotros, es la promesa de aquel “no tengáis miedo, que yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt. 28, 20). Es el verdadero banquete en el que Cristo nos comunica su Espíritu Santo, es anticipación del cielo y prenda de la vida eterna. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6, 51).

José Manuel Otaolaurruchi, L. C.
twitter.com/jmotaolaurruchi

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