Iglesias, en cintura / Voy y vuelvo

Iglesias, en cintura / Voy y vuelvo

Las iglesias tienen todo el derecho a hacer los reparos que a bien tengan.

01 de junio 2013 , 06:22 p.m.

De todas las críticas que le han llovido al Plan de Ordenamiento Territorial (POT) –cuyas ponencias empiezan a discutirse esta semana en el Concejo–, una de las que más me han llamado la atención es la de las iglesias cristianas. No sé si en todas, pero al menos en la que representa la concejal María Clara Sandoval se sienten poco menos que ofendidos por la serie de condicionamientos a los que serían sometidos estos centros de culto.

Dice un comunicado de la concejal que con la implementación del Plan las iglesias cristianas se elevarían a la categoría de comercio y, por ende, tendrían que asumir cargas que hoy no tienen: responder por la delimitación de los cruces semafóricos, instalar cámaras de seguridad, trazar cruces peatonales, crear zonas especiales para la congregación de fieles, habilitar espacio público y planes para el manejo del tráfico, entre otros.

Planeación ya respondió que no hay tal. Que algunas de esas exigencias rigen para iglesias grandes –5.000 metros cuadrados– y que la gran mayoría de las 1.500 que existen en la ciudad no tendrían problema.

Como cualquier otra agremiación, las iglesias tienen todo el derecho a hacer los reparos que a bien tengan. Lo que no pueden desconocer –y bienvenido el debate– es que muchas de ellas han surgido de manera informal en barrios residenciales, en garajes, lotes, casas de familia que luego se acondicionan como tales; las hay sobre grandes avenidas o, incluso, las que ofrecen el servicio en hoteles. La mayoría incluye grupos musicales –buenos, por cierto– que los domingos inician sus cantos de avivamiento a las 8 de la mañana, cuando el vecindario aún duerme. Yo recuerdo que cuando asistí a una de ellas se limitaban a una guitarra y un coro comunitario. Ahora tienen batería, guitarra eléctrica, piano, violines y saxofón.

Son tantos los seguidores que algunas reúnen que el andén se queda corto y se invade la calle vehicular. Los parqueaderos no alcanzan o no existen. Y todo esto mortifica a vecinos que reclaman el derecho a vivir tranquilos y a no tener cerca una iglesia con la que no comulgan. Y se desatan conflictos difíciles de superar. Irónico.

Dice la Alcaldía que hoy hay zonas restringidas para las iglesias. Lo dudo. En cambio, sé de varias que copan manzanas enteras, y la pesadilla es peor: ventas ambulantes, caos vehicular, mendigos, ruido, ladrones al acecho... Ponerle un poco de orden a todo esto no estaría mal, sin que ello signifique atentar contra el “desarrollo espiritual” que promueven estos respetables lugares, como bien recuerda Sandoval.

Así como vale la pena revisar si lo que pretende Planeación es achacar a otros responsabilidades que le son propias, también es verdad que en esta ciudad nadie quiere poner su parte para hacerla un mejor lugar para vivir, sino que esperan a que el Distrito lo haga, al fin y al cabo Bogotá es de todos y de nadie. Las iglesias, más que cualquiera, deberían saber que en este caso bien se aplica la máxima de que “mis derechos terminan donde comienzan los de los demás”.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
@ernestocortes28

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