Tres milagros y una cama bendita

Tres milagros y una cama bendita

Personas que pasaron por el lecho de muerte de la madre Laura, en Medellín, le atribuyen sanaciones.

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11 de mayo 2013 , 04:08 p.m.

En las paredes dispuestas para instalar placas de gratitud en el santuario del barrio Belencito (en Medellín), donde murió la madre Laura, no hay espacio para una más. A las placas se suma una decena de muletas de devotos, colgadas como acción de gracias por los milagros recibidos. Aunque solo hay dos milagros oficiales de la nueva santa colombiana –el de Herminia González, que propició la beatificación, y el del médico Carlos Eduardo Restrepo, que propició su canonización–, cada día crecen los testimonios de sus obras. (Lea también: Las lauritas, otras mil santas).

Hugo Aristizábal, docente universitario de 52 años, por ejemplo, sufrió hace un par de años una fuerte descalcificación de su pierna izquierda. “Las hermanas me permitieron acostarme en la cama bendita de la madre –donde la religiosa pasó sus últimas horas–, y sentí un descanso extraordinario”, cuenta, al advertir que, un año después y para sorpresa de los médicos, una resonancia reveló que sus huesos se habían fortalecido. No vaciló en adjudicárselo a ella.

Otro docente, Raúl Bastidas, dice que fue ateo hasta que problemas cardiorrespiratorios lo llevaron al quirófano varias veces y lo postraron en una cama. “Recurrí a Dios y le pedí que me diera vida para sacar adelante a mi familia. Desesperado, visité el convento de la madre Laura, me acosté varias veces en su cama y luego de varios tratamientos mis pulmones sanaron. La madre me evangelizó, y me curó”, contó el matemático.
(Lea también: La religiosa en sus propias palabras).

La historia de Santiago

El 25 de julio del 2011, en la entrada de un centro médico de Medellín, se empezó a gestar el que Paula Jaramillo considera el mayor milagro de su vida. Ese día lloraba sin consuelo y se sentía culpable de que Santiago, su bebé de dos meses de nacido, estuviera a punto de morir. Una señora que la observaba se le acercó y le regaló una estampita de la madre Laura, de quien Jaramillo nunca había oído hablar. “Me dijo que le pidiera su intercesión”, recuerda.

Sin sentirse digna de pedirle un milagro, Jaramillo rezó la oración y la guardó. Su hijo tenía vida artificial por un daño cerebral severo ocasionado por ausencia de oxígeno. Técnicamente, tuvo una encefalopatía hipóxica isquémica. “Yo había puesto al bebé de lado, en su cama; en dos minutos se volteó y cuando llegué a la habitación estaba frío y morado. Una sofocación le habría causado el síndrome infantil de muerte súbita (Sims). Según los médicos, un bebé se muere todos los días en Colombia por esta causa”, dice Jaramillo. (Lea también: Tres milagros y una cama bendita).

Mientras ella le oraba a la madre Laura en la clínica, Jaime, su esposo, se había ido a su santuario, en Belencito, y se había acostado en su cama para pedirle por la vida de Santiago. Días después, “el niño empezó a respirar sin máquinas y a comer a través de una sonda. Luego pudo comer por sus propios medios y a los dos días le dieron de alta”, relata con emotividad Jaramillo, mientras sostiene en los brazos a su hijo. La pediatra Diana Ángel dice que el niño ha tenido mejoría en su motricidad y una evolución muy por encima de lo esperado, aunque hay limitaciones que persisten.
Cuatro meses después de que Santiago salió de la clínica, esta pareja de esposos (periodista y administrador de empresas) crearon la Fundación Santiago, un Milagro de Vida, para difundir información que prevenga el síndrome infantil de muerte súbita.

ÓSCAR ANDRÉS SÁNCHEZ A.
Corresponsal de EL TIEMPO

 

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