Laura Restrepo, una madre con todas sus letras

Laura Restrepo, una madre con todas sus letras

Pedro Saboulard, hijo de Laura restrepo, habla de su madre y cuenta cómo la literatura los ha unido.

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02 de mayo 2013 , 06:56 a.m.

"Tu madre es una fuerza de la naturaleza", dijo una vez la poeta colombiana Andrea Cote, y al hablar de Laura es difícil decir más sin que resulte decir menos. Sin embargo, en la casa no solemos llamarla ‘Laura’ sino ‘Lalí’. Fuerza de la naturaleza o no, a Lalí la queremos mucho. El primer recuerdo que tengo de ella, fue una mañana en la que jugábamos con un prisma de cristal. Ella lo ponía al sol y proyectaba pequeñas luces de colores que revoloteaban sobre las paredes. Por eso, desde pequeño entendí que la luz era una mujer o una mariposa. Luego Lalí salió a trabajar –ella trabajaba, desde el principio, desde antes. Eso es lo que hace Lalí–, dejando la piedra mágica en mi mano, pero cuando yo la usaba no brillaba de igual forma.

En esa época yo veía a mi madre en la televisión, era presentadora de noticias. Recuerdo la sensación de electricidad sobre la pantalla fría, como una caricia lejana. Tan seria, tan joven era Laura, casi tan seria y tan joven como es ahora. Hay personas a las que es difícil mirar directamente, tal vez por eso yo conocí a Laura a través de un prisma y de una pantalla de televisor. O al menos así recuerdo haberla conocido. En todo caso, creo que fue entonces cuando empecé a entender el balance delicado entre la figura pública y la persona íntima que es.

Cuando regresaba a la casa, teníamos un ritual secreto: nos sentábamos en las escaleras, uno al lado del otro. En cada escalón, ella había pegado una indicación, un conjuro, algo que debíamos decir para salir adelante o una pequeña historia que debíamos inventar. Algunos escalones eran maravillosos y divertidos, como, por ejemplo: "un color que no existe" o "un animal de una mitología olvidada". Otros escalones tenían indicaciones espantosas, como "una gran cochinada" o "una receta de comida repugnante". A mí me parecía coherente mencionar en este último escalón las espinacas con huevo que preparaba mi abuela, Helena, pero Lalí no estaba de acuerdo. Cada vez que encontrábamos una respuesta mutuamente aceptable, subíamos un escalón, uno a uno hasta llegar al cuarto y era hora de dormir. Este era el recorrido mediante el cual mi madre volvía a casa. Ese era el puente entre lo público y lo privado. Era su forma de ser madre, pero era también su manera de enseñarme el oficio de escribir.

Para Lalí, los libros no vinieron después del periodismo; los libros siempre han sido. Lalí no es una persona que haga una pausa en la vida para escribir o leer. Ella es los libros que escribe y vive los libros que lee. Estos funcionan como calei

doscopios, como lentes mediante los cuales Lalí observa y vive. Su literatura no es necesariamente periodística; el periodismo de Laura Restrepo es tan literario como su vida misma.

La primera de sus novelas de la cual tengo clara memoria fue una edición de Planeta de La Isla de la Pasión. Antes de ese escribió el que entonces se llamaba Historia de una traición (más tarde se renombraría como Historia de un entusiasmo, en el que narra el proceso de negociación entre el gobierno y el M-19), pero de ese solo recuerdo a los personajes de la vida real. En cambio de La Isla de la Pasión recuerdo claramente el ejemplar impreso. La carátula de esa edición no era particularmente atractiva: tenía una rueda de metal sobre un fondo negro y algo que podría ser una playa. A Lalí tampoco le gustaba mucho pero aún así, cuando llegó a la casa con una caja llena de ejemplares, sonreía. Es curioso que algo tan íntimo como un libro comience precisamente con un elemento ajeno: la carátula es tal vez la parte del libro sobre la cual el escritor tiene menor injerencia. Y sin embargo, una novela no es producto de una sola persona; es el resultado de una serie de interacciones, de opiniones, de conversaciones, de encuentros. Tal vez la carátula, al ser el límite del escritor con el mundo, es un primer paso (a veces torpe) en el que el libro empieza a ser por él mismo.

Los libros no vinieron a Lalí antes de la maternidad. Escritora y madre, para ella las dos cosas están tan íntimamente ligadas que, de cierta manera, es madre de sus libros y escritora de su hijo. Ser uno de sus personajes es toda una experiencia. Ella es

coge con cuidado la música con la que escribe, y una vez que encuentra las canciones precisas para su capítulo, las pone a sonar mil veces hasta que termina. Escribe de madrugada y no para hasta que nuevamente está oscuro. Solo interrumpe para poner en marcha los asuntos de la casa. Yo me pregunto, ¿qué canciones habrá escogido para escribirme a mí?

Lalí detesta que uno toque el espaldar de su silla cuando trabaja. Yo, por el contrario, tenía la maña de usar precisamente ese espaldar como columpio cuando me aburría. Es comprensible cómo dicha combinación no siempre terminaba bien. Y sin embargo, ella estaba pendiente de mí. Una vez en Madrid, mientras Lalí trabajaba, yo jugaba con un carrito en el piso. Había un televisor grande sobre la nevera y, en un descuido, empujé de una patada el armatoste haciendo que ambas moles se tambalearan y cayeran encima de mí. El escritorio de Lalí estaba a unos metros y ella, pese a que estaba de espaldas, alcanzó a saltar a tiempo para sostener el televisor con una mano y la nevera con la otra, evitando que yo quedara aplastado.

Lalí es parte de esa generación de escritores que hizo la transición de la máquina de escribir al computador, aprendió a mecanografiar de joven y teclea con una velocidad sorprendente que solo interrumpe para tomar el té. Sin embargo, al planear sus novelas utiliza libretas en las que traza con pluma y tintas de colores. Es ahí donde escribe las frases claves, los rasgos centrales de los personajes. Todavía no he encontrado la libreta donde trazó mis primeros rasgos. Para corregir, imprime y luego sobrescribe con su pluma. Para los capítulos difíciles, aquellos en los que varias tramas se entremezclan, usa tarjetas que baraja y recombina, como cartas de tarot. Pero sobre todo, para escribir Lalí lee, y sus bibliotecas son enormes y dulces.

Finalmente Lalí viaja, antes, durante y mientras escribe. Roberto Bolaño dice que todo lector es un exiliado en el libro, pero mi madre se ha tomado la semejanza entre las letras y las travesías a un punto tal vez extremo. Desde que ella era niña hasta que yo fui adulto, los viajes han marcado sus novelas y su vida. Los pasaportes nunca han servido como registros fieles de los recorridos. Un sello diferente en cada aeropuerto. Cuando las estampillas son tantas que se superponen, se contradicen, no es posible estar en tantos lugares distintos a la vez. Para tener claridad, para encontrar una historia a la que puedo llamar ‘pasado’ no me que queda alternativa que aceptar la disyuntiva: o bien Lalí es un personaje literario, o bien las fronteras y las naciones son objetos ficticios. De la fuerza y la vigencia de Lalí no dudo. Tal como dijo Andrea, ella es ‘una fuerza de la naturaleza’ y la naturaleza no conoce naciones ni fronteras.

Madre y escritora

Laura Restrepo presentó su reciente novela Hot sur, una historia sobre el sueño americano y su fracaso. Ahora ella vive entre México y Estados Unidos, lejos de su único hijo, pero asegura que organizan encuentros y que él es quien revisa su obra. Hablamos con ella de esta relación.

En Hot sur la maternidad está presente. ¿Cómo se relaciona este tema con la historia?

Los tres personajes principales son precisamente una madre, Bolivia, y sus dos hijas, María Paz y Violeta. Bolivia tiene el sueño americano y hace lo indecible para irse a los Estados Unidos como indocumentada. Allá trabaja como esclava en una maquila clandestina. Se parte el lomo durante cinco años, hasta que puede mandar por sus dos hijas a Colombia, a las que ha dejado en dos ciudades distintas. Llegan estas tres mujeres prácticamente a conocerse, pero logran ir acoplándose para sobrevivir a las circunstancias adversas de ser inmigrantes clandestinas.

¿Su trabajo como escritora ha influenciado su rol de madre?

Yo he sido maestra, he sido periodista, escribo libros, pero soy madre. Y no en ese orden. De primera, soy mamá. Para mí eso ha sido fundamental, un motivo enorme de alegría, pero también de preocupación. Tener a Pedro jamás fue un problema. Yo andaba con mi muchachito para todos lados; incluso cuando estaba pequeñito yo ya escribía libros con él encaramado como un mico encima o por ahí jugando con su He-Man. Él me acompañaba a mis viajes de investigación, me ayudaba a hacer entrevistas, siempre estaba muy pendiente de lo que escribía. Luego, ya grande, se fue a inscribir a la universidad y me dijo que a medicina, pero cuando volvió me tenía la sorpresa de que era a literatura, el oficio de la mamá, justo en la facultad de Los Andes, en donde yo estudié. Empezó la carrera por su cuenta. A lo mejor él debió aprender en una casa en donde vivíamos de los libros, comíamos de los libros, se leían libros, se hacían libros...

¿Cómo ve el trabajo de su hijo?

Épica patética, la novela de Pedro, es preciosa. Salió publicada para un público juvenil, pero es una novela dura. Trata de frente los conflictos que tiene un adolescente. Es una novela divertida. Ahora, en la universidad, Pedro se ha dedicado a escribir ensayos. Es bueno, tiene mucho nivel. Todavía me manda sus cosas, de vez en cuando podemos comentarlas y se arman debates interesantes. Creo que está en proceso —ahora que termine su tesis— de escribir una nueva novela. Él es profesor y tiene mucha vocación; así como le enseña a la mamá, le enseña allá a la muchachada.

¿Cómo es su relación con él?

La relación entre un único hijo varón y una madre es de una intensidad a ratos casi insoportable. Claro, hemos sido muy unidos toda la vida. Yo me separé del padre de él cuando tenía dos años y medio. La relación ha sido fuerte, y eso que él vive lejos desde los 17 años. Pero en las vacaciones nos encontramos. Siempre nos echamos unos viajes muy buenos juntos... Y ese es Pedro, un hombre hecho y derecho, pero para mí, mi niño, mi Pedrito. Qué le vamos a hacer.

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