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'El encantador', el libro de Lila Azam que habla del Nabokov 'feliz'

'El encantador', el libro de Lila Azam que habla del Nabokov 'feliz'

Esta obra postula una nueva forma de comprender la obra del escritor ruso.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
24 de abril 2013 , 07:24 p. m.

Se dice que los grandes libros pueden funcionar a veces como pequeñas cargas explosivas que al contacto con el lector son capaces de detonar su deseo por lanzar una cierta respuesta al escritor o a la historia misma que se ha leído.
El encantador se ajusta de manera exacta al marco de esa afirmación, pues este libro es antes que nada un testimonio de las lecturas que por años hizo la escritora franco-iraní Lila Azam Zanganeh de las obras del escritor ruso Vladimir Nabokov.

Sin embargo, no hay que creer que se trata de un relato en el que ella cuente a título personal qué sintió, qué pensó o qué opina de tal o cuál fragmento.

Su apuesta es del todo transgresora, tanto como la obra misma de Nabokov, pues se atreve a ir por un camino distinto al que han transitado todos los críticos y estudiosos de la literatura, que por años se han referido a él como un escritor un tanto inaccesible, perverso y, por supuesto, pedófilo escondido, por haberle dado vida a Humbert Humbert, el protagonista de Lolita, quien se siente profundamente atraído por jovencitas que están en la pubertad.

Nada de eso corresponde con el Nabokov que Azam trazó entre su mente y su pluma, porque para ella, él es sobre todo el escritor de la felicidad. Eso sí, aclara desde las primeras páginas que cuando se refiere a la felicidad, no piensa en un estado general arrobador de bienestar y satisfacción, “propio solo de las vacas”, según aclara ella misma, sino a “un modo especial de ver, de maravillarse, de captar las cosas; en otras palabras, de atrapar las partículas de luz que bullen a nuestro alrededor”, escribe Azam en el prefacio de su Encantador.

Esa premisa sobre la mirada sagaz y subjetiva no es solamente el arranque y el hilo conductor de este, su primer libro; es también una alusión a una de las ideas más iluminadoras que Nabokov le heredó durante sus años de estudiante en el rígido sistema de educación francesa.

Ella cuenta que si bien en sus clases aprendió a reconocer la calidad de un texto literario, independientemente de lo que quisieran enseñarle sus profesores, ella solía catalogar a los escritores que debía leer bajo las mismas categorías que lo hacía Nabokov, quien creía que hay tres tipos de escritores.

“Los maestros, que son pésimos, porque la literatura y el arte no están obligados a enseñar nada sobre sociología o historia, ya que lo único que pueden enseñar es el arte de mirar mejor. Los segundos son los narradores y aunque son mejores, no llegan al estatus de maravillosos; y los encantadores, que son capaces de escribir grandes obras que logran sumergir al lector entre la curiosidad y el éxtasis”, dice Azam.

De ese modo, la escritora va mostrando que las obras de Nabokov son una manifestación vívida de la felicidad en la medida en que sus personajes y sus historias solo son posibles gracias a que “mantenía una mirada de niño sobre el mundo y con eso salvaba su vida y, de paso, la de otros, porque cada chispa de luz y de bondad con la que se topaba hacía que encontrara colores y matices en la vida, el amor, la chispa de conciencia, la naturaleza, incluso en los momentos más difíciles. Yo diría que ese poder de observación fue el pasillo por el que logró llegar a la imaginación”, sostiene Azam.

En ese sentido, está segura de que el personaje ya inmortal de Humbert Humbert fue creado por Nabokov gracias a la cuidadosa observación que él hacía de los seres humanos, porque todos en el fondo queremos ser como él, “no para seducir o dejarnos seducir por jovencitos –aclara–, sino porque él es capaz de andar hasta el fin de su deseo, y el deseo es la fuerza vital de la felicidad”. Se trata de un deseo que no se frena por los límites de la moralidad, ni de las leyes humanas y en medio de la locura de ese deseo, se puede ver que la felicidad no es solo positiva; es decir, “bovina”, como lo había advertido, sino que también puede ser dolorosa y terrible.

Cruces de voces

De ese modo, Azam va tejiendo y enredando los hilos que constituyen lo que ella misma llama la felicidad nabokoviana, pero no se atiene a un ensayo frío y escueto de enumeración interminable de argumentos, sino que se vale de los géneros literarios y las herramientas visuales más lúdicas para explicarlo e invitar al lector a sumergirse en ese mundo.

Incluye un mapa de la felicidad, que le ayudó a diseñar la artista Thenjiwe Niki Nkosi y que recuerda el mapa que usaba Alicia en el país de las maravillas, una obra que le encantaba a Nabokov. También se pueden ver fotografías del escritor ruso, dibujos e ilustraciones logradas a punta de juegos con las letras y sus formas tipográficas.

Todo ello se conjuga con los cruces que hay entre las dos vidas, a pesar de que él murió el 2 de julio de 1977, cuando ella tenía solo diez meses, y los separaban unos seiscientos kilómetros, lo que equivalía a que habían “tenido un comienzo desafortunado. Él no sabría jamás de mi insignificante existencia”, escribe en su primer capítulo. Sin embargo, explica que a ambos los marca el exilio, pues él tuvo que salir de Rusia cuando empezó la revolución bolchevique, y ella nació en Francia porque sus padres huyeron de Irán por la revolución islámica.

Además, a medida que avanza en sus páginas, Azam va otorgándole a su relato los aires de una carta de amor, escrita de manera devota por una lectora que hace evidente su admiración y su agradecimiento hacia un maestro o, más bien, hacia un mentor que le ha mostrado literariamente los entuertos de la vida, los vericuetos de los sentimientos y los altibajos de la condición humana.

También incluye un relato del día en que se encontró con Dmitri Nabokov, y que le fue fundamental para la escritura de El encantador, pues él le dijo: “Mi padre era un artista muy feliz”. Con esa certeza confirmó que la existencia misma de Nabokov iba en contravía de esa tradición europea y hasta global en la que el artista es un ser torturado, desdichado y maldito, pues él, por el contrario, “estaba seducido por la vida, enamorado de su mujer y feliz escribiendo”, dice ella, y añade que si combinó todos esos estilos era porque quería “tocar con los dedos el sentido del éxtasis en el acto de leer y escribir”.

Luego empieza una de las partes más emocionantes del libro, pues se ven los frutos que ha dejado sembrados Nabokov en la lectora fértil que es Azam; entonces, surge en sus páginas un derroche de imaginación donde inventa, por ejemplo, una divertida entrevista ficticia con él. Así, la lectora aventurera da un giro y crea un universo de ficción que se adentra en el mundo de Nabokov, porque ella misma se vuelve un personaje nabokoviano y megalómano que alude a una de las frases más célebres del escritor ruso: “Para bien o para mal, el comentador es el que tiene la última palabra”.

Azam se lo toma en serio y, en el capítulo final, ella se vuelve escritora, toma la palabra, se invierte la situación y utiliza las palabras de Nabokov para reescribir un cuento corto, a propósito del secreto de la felicidad, que obviamente no es un manual de superación, con 15 tips para sonreír a diario y a cada instante, sino que demuestra que “en la búsqueda de las armonías escondidas y las respuestas, halló la clave de la felicidad; es decir, la luz, porque todo es mirada”, remata la escritora.

MELISSA SERRATO RAMÍREZ
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

 

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