Ximénez, el cronista rojo de los años 30

Ximénez, el cronista rojo de los años 30

Andrés Ospina lanza en Feria del Libro una novela que reconstruye la vida de este curioso personaje.

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21 de abril 2013 , 10:53 p.m.

Uno de los pasatiempos favoritos del escritor e investigador bogotano Andrés Ospina, cuando estudiaba Literatura en la Universidad de los Andes, a finales de los noventa, era leer periódicos viejos en las hemerotecas.

Ojeando un ejemplar de EL TIEMPO, Ospina se encontró con un hecho alarmante para la Bogotá de 1938: una epidemia de suicidios que ocurrió en ese tiempo, en el que se quitaron la vida cerca de 200 personas, en una ciudad que no pasaba de los 500.000 habitantes.

El cronista de la época que mejor retrató estas muertes, la mayoría por razones amorosas en el salto del Tequendama o con un arma de fuego, fue el bogotano José Joaquín Jiménez García, mejor conocido como Ximénez, seudónimo con el que solía firmar sus textos.

La vida de este particular periodista, que además aprovechó para inventarse más de una historia, es la que Ospina recupera en su novela histórica Ximénez, que presenta en la Feria del Libro de Bogotá, con el sello Laguna Libros, los mismos editores que les revelaron a los colombianos, el año pasado, la infancia de Emma Reyes, en su inolvidable libro Memoria por correspondencia.

“Es triste que no sea muy conocido. Una de las motivaciones que me llevó a hacer el libro fue contarle a la gente quién fue este hombre y cómo se hacía periodismo en los años 30 y 40 del siglo XX”, anota Ospina, quien para iniciar su investigación partió de los familiares que invitaban al entierro de Ximénez en los obituarios de la época.

Siguiendo ese árbol genealógico, Ospina dio con María Antonia Jiménez Cortázar, una de las sobrinas vivas del cronista, quien conserva un álbum “valiosísimo” con una cantidad de recuerdos y recortes. Así comenzó a recorrer los pasos de la vida del periodista, que lo llevaron a San Andrés, a donde Ximénez viajó muy niño con su padre –era intendente de la época–, y a San Diego (EE. UU.), en donde conoció a su único hijo, José Joaquín Jiménez Muñoz, que poco sabía de la vida de su padre.

Hasta su nacimiento terminó siendo un tema misterioso, explica Ospina. “Si uno busca, él no llegaba a los 30 años cuando murió. De allí que siempre lo consideraran un hombre muy precoz. Y la razón es que nació oficialmente en 1915, pero realmente fue en 1911. Lo registraron a destiempo, pues sus padres, de origen conservador, lo tuvieron como hijo natural y solo cuatro años más tarde vinieron a formalizar su relación”.

“La teoría que sostengo en el libro es que su nacimiento fue como la mentira fundacional de su vida. Y eso lo convirtió en una gran mentiroso profesional; un gran mentiroso, no un mal mentiroso, sino un mentiroso muy divertido”, comenta Ospina, quien durante su investigación leyó todas las crónicas que publicó este diario entre 1932 y 1946.

Si bien el libro se centra en la vida del cronista, su telón de fondo es un viaje por la Bogotá de las décadas de los años 30 y 40, su estructura social, los personajes de la época, las costumbres y la ubicación de algunas de las edificaciones más emblemáticas.

“Además, cuento cómo eran las salas de redacción de entonces, y cómo en ese tiempo se trabajaba de una forma muy distinta. Eran tiempos en que el oficio de hacer periodismo no había alcanzado los perfeccionamientos técnicos ni el rigor de hoy”, explica el autor, al resaltar por qué solían publicarse historias ficticias, en las que Ximénez solía ser un maestro.

Ospina recuerda que una vez, Ximénez mantuvo en vilo a los lectores de este diario y de la ciudad, por varios días, y hasta llegó a engañar al Comandante de la Policía de entonces, el general Alfredo J. de León, con la historia de un temido delincuente apodado ‘Rascamuelas’. “En un momento dado, se organizó una redada para atrapar al tal ‘Rascamuelas’, y al final, Ximénez tuvo el descaro de confesar que era un personaje de su imaginación”.

“Él escribía muy bien, pero el periodismo era muy empírico y ellos no sabían cómo era el cuento de las fuentes y el rigor de la comprobación de los datos”, explica el autor al recordar otra de las historias memorables que se inventó Ximénez.

En una oportunidad, Ximénez, que solía ser amigo de delincuentes y policías, oyó en un cafetín de mala muerte del centro capitalino la historia de un anticuario estafador que le vendió a un coleccionista inglés los supuestos huesos de Simón Bolívar, sin cotejar la información en detalle. Eso salió publicado en primera página de EL TIEMPO. La noticia también fue reproducida en dos periódicos de Estados Unidos. “Germán Arciniegas, por supuesto, lo llamó y le metió un regaño, por haber hecho eso”, dice Ospina.

A pesar de todo, tanto Arciniegas –entonces director de EL TIEMPO– como Enrique Santos Montejo, mejor conocido como ‘Calibán’, siempre le tuvieron aprecio.

La anécdota de cómo se conoció con este último, que luego fue uno de sus grandes amigos, es memorable.

Era la época de la guerra entre Colombia y Perú, y José Joaquín Jiménez había escrito la letra de un joropo llamado El voluntario, que se volvió tan popular que el diario lo publicó, sin darle el crédito a él.

Entonces, Ximénez le montó ‘cacería’ a ‘Calibán’ varios días en la entrada del periódico hasta que se le presentó y le contó que él era el autor del joropo. Así ingresó, en febrero de 1932, a trabajar como corrector de pruebas de tipografía y a cubrir la Asamblea de Cundinamarca.

“Eran tiempos muy bohemios en el periodismo, cuando se iban a tomar a los cafetines y las boleras de la época. Todo eso está narrado allí, con personajes y direcciones de entonces, como el Hotel Granada”, comenta Ospina, quien de todas maneras se permitió algunas licencias literarias para narrar la historia.

Sobre la manera de ser, el autor agrega que, a pesar de venir de una familia conservadora, Ximénez fue un bohemio de tiempo completo, borracho, librepensador, de gran humor y apasionado viajero, pues recorrió desde Leticia hasta Nueva York y Hollywood, que visitó en la época de la Segunda Guerra Mundial.

Hasta su final parece sacado de una de sus crónicas, cuenta Ospina, al agregar que “murió en el ejercicio de su trabajo”.

Tenía 35 años, cuando se fue al salto del Tequendama a cubrir la historia del primer taxi que se despeñó por esa cascada, en el que murieron dos personajes. “El hombre se fue con ‘Calibán’, quien era uno de su grandes amigos en aquel entonces, y se bajó hasta el fondo de la cascada. Allí, lo agarró una gripa muy fuerte y en esa época era muy complicado conseguir penicilina, por lo que se infectó y se murió en un mes, el 6 de febrero de 1946”, comenta Ospina, al destacar que su muerte fue todo un acontecimiento en Bogotá, “pues era una figura importantísima. Lo curioso es que nadie lo conoce hoy”.

Afiebrado por la Bogotá de antaño

Andrés Ospina (Bogotá, 1979) es escritor y realizador radial. Es un gran promotor de la conservación del patrimonio y la memoria de Bogotá. Es autor del blog El Blogotazo, en el tiempo.com, y del diccionario ‘Bogotálogo’.

CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento

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