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El fotógrafo bogotano que cubre la guerra en Siria

El fotógrafo bogotano que cubre la guerra en Siria

Armado con una cámara y menos de $ 10 millones, Mauricio se fue a uno de los países más peligrosos.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de abril 2013 , 11:21 p. m.

Los fotógrafos suelen ser de pocas palabras. Para ellos, la imagen lo dice todo. El bogotano Mauricio Morales no es la excepción. Cuando se le pregunta qué encontró al llegar a Alepo, la segunda ciudad más grande de Siria, contesta: “Destrucción”.

Por eso hay que hacerle diez preguntas más para dibujar este campo de batalla. Morales, de 31 años, dice que en las calles se ven tanques inservibles, edificios destruidos, barricadas hechas con escombros y vehículos despedazados.

No hay bares, por la prohibición islámica de tomar alcohol. La gente cuelga ropa mojada en las ventanas y usa sábanas para cubrir las ventanas rotas por las explosiones. También cuelgan sábanas en las calles, para obstruir la visión de los francotiradores.

Todos los árboles fueron talados en invierno, para obtener leña. La mayoría de construcciones son de cemento y por eso cada explosión levanta una nube de polvo blanco. En las calles, los niños juegan fútbol entre los escombros.

“He visto cadáveres pudriéndose en sus propias casas. También los he visto tirados en callejones. Un señor abrazado a su hijo… o hija, no sé muy bien”, cuenta.

Lo más arriesgado que Morales había hecho antes de ir a Siria fue cubrir enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército Nacional en Cauca.

A finales del 2011 habló con algunas agencias de fotografía, de las cuales la que más se interesó fue la productora Rama Films. Entonces empacó su ropa de invierno, un computador, una cámara, dos lentes y tres libros, de Haruki Murakami, Andrés Caicedo y Germán Castro Caycedo.

Con casi diez millones de pesos en el bolsillo, el 20 de diciembre de ese año tomó un avión de Bogotá a Fráncfort (Alemania), luego otro a Estambul, en Turquía, después un bus a Gaziantep, luego otro a Kilis y, por último, el 30 de diciembre, a 3 grados bajo cero, cruzó en automóvil la frontera siria y se dirigió a Alepo.

Gracias a su ubicación estratégica, al final de la Ruta de la Seda, esta ciudad fue un polo económico y un paso obligado de mercancías desde la antigüedad hasta la inauguración del canal del Suez (1869), que dirigió la mirada del comercio hacia el mar y le hizo perder importancia.

Todo esto hace pensar en Alepo como un paraíso para los amantes de la arqueología y la cultura islámica, pero no es así. Los rebeldes sirios, inspirados por los levantamientos populares que surgieron en el mundo árabe en el 2011, vieron en esta ciudad el talón de Aquiles del régimen del presidente Bachar el Asad.

El 19 de julio del 2012 se tomaron el barrio de Salahedin y hoy, ocho meses después, tienen el 70 por ciento de la ciudad bajo su control. Desde entonces, Alepo se convirtió en el centro de la guerra siria. Solo entre agosto y noviembre murieron allí más de 5.000 personas, el 13 por ciento del casco urbano está destruido y más del 30 por ciento presenta daños graves. El gobierno ha bombardeado la ciudad con misiles, para acabar con los rebeldes. La Universidad de Alepo, por ejemplo, fue destruida por dos explosiones el 15 de enero, cuando los alumnos empezaban los exámenes. Murieron 83 personas y 162 quedaron heridas.

Morales es parco. No quiere que su familia se entere del peligro que corre. “Me resulta difícil hablar con mis hermanos y mis padres, porque se preocuparían más de la cuenta. Entre las malas ideas que he tenido en mi vida, esta les pareció la peor. Siempre que estoy en Siria, trato de ponerles mensajes todos los días. Son pocas las personas con las que hablo de lo que pasa allá. Uno de ellos es mi primo, que es como mi hermano”, afirma vía correo electrónico desde Kilis, una pequeña y antigua ciudad turca de 82.000 habitantes, que se ha convertido en el centro de operaciones de los periodistas que cubren la guerra en Siria.

Es un lugar de gente discreta, que no sabe más de lo que debe saber. Allí se encuentran muchos sirios, a los que acuden los periodistas para encontrar traductores y hospedaje en los territorios ocupados. Desde allí, un automóvil se tarda hora y media hasta Alepo.

Para pasar a Siria, hay que tener un contacto. “Es importante mantener cierto nivel de seguridad. El ELS (Ejército Libre Sirio) tiene que dar el visto bueno para la entrada de periodistas. Muchos han entrado sin tener ni idea de lo que hacen, se pierden y es un lío encontrarlos”, comenta.

Un traductor en territorio sirio cuesta entre 80 y 125 dólares diarios; una noche de estadía, 25 dólares y la comida, que consiste en una sola ración al día, 5 dólares. Las agencias pagan entre 150 y 350 dólares por fotografía, un precio irrisorio por arriesgar el pellejo. “Jamás vi este viaje como negocio. En ese sentido, no he recuperado lo que invertí. Algunas personas hacen una maestría en periodismo; yo escogí cubrir una guerra”, explica.

Su fotografía más importante es la de un muñeco que los rebeldes armaron para engañar a los francotiradores del régimen. A pesar del peligro de pararse frente a una trampa diseñada para atraer las balas enemigas, Morales logró una imagen que fue portada del New York Times.

El cementerio de los tanques

Morales va y viene entre Kilis y Alepo, en un recorrido a través de pueblos arrasados. “Se pasa, por ejemplo, por un pueblo llamado Azzas y conocido como el cementerio de los tanques”, relata.

La temporada más larga que Morales ha permanecido en Siria es de dos semanas. Siempre cruza la frontera al mediodía. Viaja sin toalla, porque sabe que bañarse es imposible. Aún recuerda que en su primer día se alimentó de pan con atún. “El pan es casi sagrado en la comida siria, por lo que en las panaderías se hacen largas filas. El año pasado bombardearon una”, comenta.

Su primera noche la pasó en un centro del ELS (Ejército Libre Sirio) para periodistas sirios, donde durmió junto a cuatro colegas, en una sala con colchones. El sitio contaba con Internet, para poder enviar textos e imágenes. Para eso, usan una conexión de Turquía y un generador de electricidad que funciona con gasolina. “Otro lugar fue en el barrio Mysra, cerca de la salida hacia el aeropuerto. Allá, la artillería es dura. Uno se despierta con cada estallido”, admite.

Fue allí donde ‘le cayó’ un misil. Segundos antes del impacto, nuestro hombre en Siria no escuchó nada, a pesar de que lo que se acercaba al edificio vecino, a una velocidad cuatro veces superior a la del sonido, era un Scud, el emblemático misil de origen soviético que mide hasta 12 metros de largo y pesa hasta 6 toneladas.

“Solo se oyó el estallido y los escombros volando. Las ventanas explotaron –narra–. Minutos después, salí a cubrir la explosión. Todo era humo. Después se escuchó el sobrevuelo de un avión. Afortunadamente, no tiró más. Lo que suelen hacer es lanzar un misil y, cuando la gente está buscando en los escombros, tiran otro. Esa semana fue dura: más de 120 muertos. Esa mierda pega y tumba tres edificios. Ahí vivía gente. Los bombardeos afectan incluso las áreas residenciales, solo porque son controladas por el ELS”.

Ese es el principal drama del conflicto en Siria: es una guerra contra la sociedad civil, atrapada en las fronteras invisibles entre el ELS y el régimen de Bachar el Asad. Por eso no es raro que algunas personas corran cuando ven que les apuntan con una cámara. “Muchos viven o tienen familia en las zonas controladas por el régimen. Si una foto de ellos sale de las áreas controladas por los rebeldes, pueden llegar a ser arrestados por supuestos vínculos con los rebeldes”, dice el colombiano.

Morales pierde peso cada vez que va a Alepo. Además, en los días que siguieron a la explosión del misil sudaba mucho, se asustaba con los ruidos y sufrió de insomnio.

Antes de regresar a Siria, el reportero gráfico irá a Estados Unidos. Su portafolio fue escogido para el New York Portfolio Review, una feria de The New York Times Lens Blog, que conecta a fotógrafos con editores de Estados Unidos.

“Después de Nueva York, volveré a Siria, pero antes me tomaré un tiempo para digerir las cosas en mi cabeza. Supongo que el golpe vendrá después... Tocará manejarlo”, adelanta Mauricio Morales, el bogotano que arriesga su vida para cubrir una guerra ajena, a miles de kilómetros de su casa.

70.000 muertos en dos años

Siria afronta, desde marzo del 2011, un levantamiento popular contra el régimen de Bachar el Asad, que derivó en una guerra civil con al menos 70.000 muertos y 100.000 heridos, según la ONU. En el mismo lapso, más de un millón de sirios, la mitad de ellos niños, escaparon del país. El prolongado conflicto ha puesto a prueba a las naciones vecinas, que han abierto sus puertas a pesar de sus escasos recursos. Líbano, Jordania, Turquía, Irak y, en menor medida, Egipto sufren los efectos colaterales del conflicto en el que desembocaron las primeras protestas en las calles sirias, al eco de la primavera árabe. A los que ya huyeron se suman más de 2 millones de desplazados internos y las casi 10.000 personas que cruzan las fronteras del país cada día. Del millón de refugiados, 400.000 corresponden al lapso transcurrido desde enero pasado.

Simón Posada
Especiales ELTIEMPO.COM

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