Los secuestrados de Uribe

Los secuestrados de Uribe

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14 de abril 2013 , 09:31 p.m.

No existe campeón más motivado y persistente en la lucha contra el secuestro que Álvaro Uribe. Eso se lo reconoce todo el país. Por eso no deja de sorprender que Uribe tenga secuestrados. Obviamente, no me refiero a ninguna persona de carne y hueso. Se trata más bien del secuestro político de instituciones vitales para la democracia y para la paz.

Los mecanismos de participación ciudadana y consulta directa a los ciudadanos –el referendo, el plebiscito, la constituyente o cualquier otro– están amordazados, encadenados de pies y manos. Los ciudadanos –y los dirigentes– bajan la voz cuando se menciona la posibilidad de activar estos instrumentos. Al surgir el tema en una conversación, los contertulios miran por el rabillo del ojo para estar seguros de que no hay por ahí un furibista escuchando.

En la práctica, los ciudadanos y los políticos están inhibidos, diría que incluso amedrentados, ante la posibilidad de liberar los instrumentos secuestrados y dejar que se exprese la voluntad popular. Aunque no lo reconozcan, ese temor nace de la posibilidad de que una consulta al pueblo se convierta en el vehículo ideal para que Álvaro Uribe logre lo que es su obsesión oculta: hacerse a un tercer periodo y cambiar la Constitución para permitir la reelección eterna.

El país no debería tener congelada –en ningún momento– una porción de la Constitución Nacional –y de paso cercenar los derechos de expresión y participación popular–. Esa situación es aún más grave precisamente cuando el proceso de negociación con las Farc muestra importantes avances.

El proceso de paz o de reconciliación de Santos, como se le quiera llamar, es muy diferente de los anteriores por varias razones. Pero quizás una de las diferencias más relevantes –además de estar negociando sin ceder un centímetro en el campo de batalla– es que ya se ha anunciado que los eventuales acuerdos deben llevarse a la consideración directa de los ciudadanos. Mejor dicho, inexorablemente la paz pasa por las urnas.
Además, el desarrollo práctico de los principios que se acuerden sin duda exigirá también cambios constitucionales y legales que idealmente se implementarían a través de un vehículo alternativo que involucre al pueblo. Ahí es cuando aparece el problema.

El fantasma de las aspiraciones reeleccionistas de Uribe y sus seguidores, y el riesgo de que se cuelen dichas ambiciones por la puerta de atrás en un proceso constituyente o plebiscitario, le ha puesto freno de mano a una discusión que debió haber empezado hace rato: cómo se van a refrendar los acuerdos.

Mientras exista esa peligrosa ambigüedad sobre cuáles son las verdaderas intenciones de Uribe con relación a su futuro político y el proceso de paz, no se va a poder avanzar.

El expresidente debería dejar de lado por un rato sus cálculos electorales y pequeñeces políticas para prestarle un nuevo servicio patriótico al país. Llegó la hora de que con diafanidad –y de frente– les diga a los ciudadanos la verdad.

¿Tiene o no una aspiración reeleccionista? Si es así, que la revele sin esguinces para que los colombianos sepamos con qué contar. Solo así se liberaría a sus secuestrados y el país podría proceder a convocar al pueblo para que se exprese soberanamente sobre la paz.

Díctum. El mandato para la paz salió a las calles a marchar. La voz del pueblo es la voz de Dios.

Gabriel Silva Luján

 

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