Trayectoria de una 10, de los potreros a un mundial

Trayectoria de una 10, de los potreros a un mundial

Leicy Santos hizo que su familia se viniera a Bogotá por su anhelo de jugar fútbol.

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05 de abril 2013 , 10:20 p. m.

El partido finalizó apretado. Se escuchó una algarabía bajo una nube de polvo que cubrió la cancha: era el patio de la familia Santos Herrera, un auténtico peladero. Leicy María, la menor, ganaba su primer título. Resultó goleadora de un equipo de fútbol conformado por niñas de su edad -11 años-, madres y veinteañeras solteras. El torneo, tradición en el barrio Zaragoza, en San Sebastián, corregimiento de calor sedante, a 15 minutos de Lorica (Córdoba), tenía como novedad a las mujeres en la cancha.

Ese día del 2007 no hubo trofeos, pero sí un jugoso premio: un pollo asado con gaseosa y 20.000 pesos en efectivo. El amor de Leicy por este deporte -dice su mamá, Diana Herrera- viene desde el vientre. "El último mes era patada tras patada". De niña, pedía 500 pesos para comprar un balón y salía a jugar a pie limpio.

Lo hacía siguiendo a su hermano Rudy, cuatro años mayor, quien no se perdía un 'picao'. "Leicy llegaba, pero éramos todos hombres de mi edad y más grandes. Ella jugaba de 'ñapa' en el equipo, siempre conmigo", recuerda Rudy.

Leicy llegaba del colegio, tiraba la maleta y corría a jugar. "Yo la dejaba, pero luego la vestía, le hacía sus colitas y cuando me asomaba ya estaba derretida corriendo", agrega la madre. El único requisito para salir, que pocas veces cumplía, era ayudarle a mamá con el aseo.

En una ocasión, Diana salió enfurecida a buscarla y, cuando la vio cubierta de polvo de pies a cabeza, la regañó: "¡No sales sin ayudarme en la casa!". Leicy, llorando, le respondió: "No me regañes, mamá. Yo voy a ser grande en esto, te voy a sacar de acá, yo te voy a cambiar la vida".

Su papá, Elizaith, comerciante de bocachico y mojarra, sabía lo que era el amor por el balón. De joven, este volante lo experimentó.
Fue precisamente el día que recibió una citación para integrar la Selección Córdoba, cuando se escaparon con Diana a Cartagena y comenzaron su relación, hace 20 años. Leicy heredó sus condiciones, fiel a una escuela moderna, de toque de primera, diagonales y remates con ambas piernas.

Una tarde del 2009, César Calixto, de paso por San Sebastián, mientras hablaba con Elizaith al son de unas frías, le insistió en que le diera alas a la niña en el fútbol. La primera prueba estaba en Bogotá. Pedro Rodríguez, entonces entrenador de la Selección Nacional, iba a elegir niñas para su club, el Besser.

En febrero del 2009, Leicy viajó, pero entrenó sólo tres días. Fue suficiente para que no le perdieran pista.

Meses más tarde, asistió a una convocatoria para la Selección Colombia en Barranquilla. Llegó gracias a César Correa, amigo de la infancia de Elizaith, quien la mandó con un primo. Ese primer acercamiento duró tres días. A los 12 años no tenía lugar, pero le quedó una frase: "Si quieres ser alguien en el fútbol tienes que estar en Bogotá".

Decisión complicada para Elizaith y Diana, en la que primó el sueño de su consentida. Sobre todo por dinero. El compadre Correa, con rifas y apoyo de amistades, reunió lo justo para patrocinarle el viaje. "Fue como una pelea de gallos, uno apuesta a uno. Esa fue una apuesta que hice por ella y resultó", dijo Correa.

El 2 de junio, Leicy llegó a Bogotá acompañada del compadre Correa, quien se hizo cargo de ella. "En la maleta sólo traía ropa. Mis primeros guayos me los había regalado mi primo Gustavo y ya me quedaban apretados", cuenta la joven deportista.

Tuvo que aplazar sus estudios de bachillerato. Fueron seis meses de entrenamientos, seis días a la semana. Nunca falló. Cuando llegó diciembre, volvió a casa. "Fui de vacaciones y les dije a mis papás que si no se venían conmigo a Bogotá yo no regresaría",
relata Leicy.

En un par de días, los cuatro hicieron maletas. Empacaron plátano, yuca y ñame, un televisor, seis cucharas, ollas y unos vasos y partieron en enero para una ciudad que no conocían.

La primera noche los recibió el compadre César. Al día siguiente, él y Elizaith salieron a buscar un sitio para vivir. Lo encontraron en Suba, en una calle larga, de casas de dos y tres pisos.

"El trasteo cabía en un taxi. Cuando llegamos, a las 8 de la noche, la dueña de la casa nos preguntó dónde traíamos las cosas y al ver que eran solo maletas, bajó y me devolvió la plata", se lamenta Elizaith. Durante una hora le contaron que el fútbol los había traído a la ciudad y la mujer accedió. Esa noche durmieron los cuatro sobre una cobija en el piso.

A los pocos días, la comida se acabó. Había que salir en busca de trabajo. "Cuando llegué, no encontré otro trabajo que ayudante de construcción, la 'rusa' que llaman. La primera semana me rompí las manos. Hoy soy oficial de obra", celebra Elizaith, quien tras su llegada perdió 15 kilos.

"Me acuerdo de una vez que mi papá llegó y no teníamos nada. Comprábamos 1.000 pesos de papa y no podíamos ni fritarla porque no teníamos para el aceite. Todo lo comíamos cocido", agrega la joven futbolista.

Fueron días y noches de llanto para Diana, quien aguantaba su dolor por ver a su pequeña cumplir su sueño. Tres meses más adelante encontró trabajo en una casa de familia, por menos del salario mínimo. Hoy, se desempeña en una panadería light haciendo tortas.

"Una noche llegué molido de trabajar y vi a mis hijos comiendo arroz con café, eso me partió el alma", narra Elizaith. Pero le faltaron fuerzas para agarrar las maletas y regresar a su pueblo.

Con el pasar del tiempo, sus amigos les donaron muebles. "El 'profe' Pedro llegó un día como a medianoche con una cama para Leicy. Decía que una buena deportista debe tener un buen sueño", agrega Diana, sentada en un desteñido sofá café.

***

Con sus desbordes en la cancha, Leicy ya había roto dos pares de guayos. A los que le dio su primo, los sucedieron unos que le regaló el compadre Correa y otros, obsequio de la mamá de una jugadora del equipo. Gabriela Huertas, compañera que viajó a Estados Unidos becada por su fútbol, le regaló otros más. Para entonces, Leicy hacía parte de la Selección Bogotá y se destacaba en Besser. Su talento tocaba las puertas de la Selección.

Como costumbre, pasó vacaciones en Lorica y en enero retomó entrenamientos. Sabía que venían las convocatorias. "Felipe Taborda, técnico de la Selección, había elegido a niñas de otras regiones y faltaba Bogotá. Las que tenía preseleccionadas jugaron contra Besser y ahí quedé yo con dos compañeras más", relata Leicy.

Tras dos años eternos de paciencia y sacrificios, la sonrisa en los Santos Herrera renacía en un 2012 lleno de alegrías. Era el turno de vestir los colores de su país. Con su sueño llegaba también dinero para ayudar con los gastos de la casa.

En ese debut, hizo amigas y dejó a más de uno boquiabierto por su calidad. Su pegada, con ambos perfiles, aún la está perfeccionando. Aunque es la 10, confiesa que se siente más cómoda como volante de primera línea.

El 'profe' Pedro, un cazatalentos, afirma que es la jugadora más completa que ha tenido en el tiempo que ha sido seleccionador.
"Con sus 16 años, proporcionalmente es la mejor. Yoreli Rincón es una jugadora excelente, pero Leicy es más completa, todoterreno y muy moderna".

Su bautizo con la tricolor fue en Cartagena. Sin pedirla, la camisa 10 la esperaba. "Fue un hexagonal amistoso. Todas estábamos emocionadas; un día de muchas fotos", recuerda Leicy.

"Es una excelente jugadora, va a ser la mejor del país si sigue así. Desde que yo esté en selecciones, ella siempre va a tener las puertas abiertas", reitera Felipe Taborda, técnico de la Selección Colombia Femenina.

La hora de la verdad llegó en el Suramericano de Bolivia. Antes de salir a la cancha, como cábala, tocó el césped y elevó una oración a Dios. Y brilló. Fue titular indiscutible, marcó dos goles contra Chile y, con un contundente 4-0, Colombia logró el cupo en el Mundial. La siguiente parada fue Azerbaiyán, en septiembre.

En el partido de apertura, Colombia goleó al local 4-0. La segunda salida, contra Canadá, golpeó al equipo. "Lloré porque sabía que ese era el rival directo. Perdimos 1-0", recuerda. Vino el que ha sido el partido más duro de su carrera. Sabía que Nigeria era un rival muy fuerte. Era ganar o volver a casa. Sintió la impotencia de no tocar bien. Fue la despedida de su primer mundial.

En todos los rincones de Colombia las siguieron por televisión. "Es una emoción que no se puede describir, verla cantar el himno con la camiseta es maravilloso. Ya con lo que vemos nos sentimos bien servidos por todo lo que lloré y lo que hemos luchado para sacarla adelante", celebra su madre.

El pasado 6 de enero, Lorica se paralizó. Un recibimiento con carro de bomberos, caravana, pitos, camisetas y banderas la esperaba.
De allí, hasta su casa en San Sebastián, todos pedían foto. Quienes dudaron de sus capacidades, ese día la llamaban el orgullo de su tierra.

Pero ella quiere revancha. Espera ganarse un cupo en la Sub 20 y en la de mayores.

Esta trigueña, de 1,53 m de estatura, sigue soñando: "Quiero jugar con las estadounidenses Alex Morgan y Abby Wambach, aunque sea entrenar con ellas".

Su propósito próximo es lograr una oportunidad para estudiar en el exterior, aportar su fútbol y liberar a su familia de una ciudad ajena.

Ella toma las cosas con calma, porque espera cumplirle a su madre la promesa de "ser grande y cambiarle la vida".

NICOLÁS CONGOTE GUTIÉRREZ
REDACTOR DE EL TIEMPO

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