Álvaro Teherán, el 'abuelo' del baloncesto colombiano

Álvaro Teherán, el 'abuelo' del baloncesto colombiano

Luego de tres años de retiro volvió a las canchas. Con 47 años, es el más veterano de nuestra Liga.

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29 de marzo 2013 , 06:58 p.m.

María la Baja es un municipio de Bolívar, a 72 kilómetros de Cartagena. Allí, es raro ver que alguno de sus habitantes tenga una estatura de 2,14 metros y pese 81 kilos. Pero la historia de ese pueblo situado a los pies de los Montes de María –donde la agricultura y la ganadería son el sustento diario– se dio el lujo de tener un hijo de esas características, que se dedicó, por cosas del destino, a un deporte del que solo tenía referencias.

Álvaro Teherán Teherán nació el 6 de enero de 1966 y es hijo de Romualdo y Cecilia, ambos del mismo apellido, pero sin parentesco. Aquel chico desgarbado, que se la pasaba pateando balones de fútbol y jugando al béisbol en las polvorientas calles de su pueblo, no pasaba inadvertido.

Muy pronto fue visto por Alfonso Torres, exjugador de la Liga de Baloncesto de Bolívar, que lo recomendó para que se fuera a vivir a Cartagena, donde a sus 18 años comenzó una carrera que lo llevó a las puertas de la NBA y a ser uno de los jugadores más importantes del país. El pasado primero de marzo volvió a las canchas, luego de un retiro de tres años, con el quinteto Caribbean Heat de Cartagena. Hoy, a sus 47, es el jugador más veterano de la Liga Directv Profesional.

¿Por qué decidió volver?

En Cartagena no iba a salir equipo, pero al fin se dio y mis amigos me obligaron a volver a jugar (risas). Creía que la propuesta era para que fuera directivo, pero me sorprendí cuando me dijeron que me tocaba jugar, y acepté.

¿Y le han pesado esos tres años inactivo?

Claro. Me levanto a las cuatro de la mañana para ir al trabajo. De ahí salgo a las cinco de la tarde y me voy al coliseo de Cartagena a entrenar. Ese trajín es duro.

¿En qué trabaja?

Hago parte de la construcción de la refinería de Cartagena; trabajo con la empresa contratista. Por eso me queda difícil jugar con el equipo cuando toca de visitante.

¿Lamenta no haber tenido una Liga Profesional en su época?

Al contrario; me alegra que ese profesionalismo haya llegado por fin al país. Tengo la oportunidad de disfrutar de esta nueva época, aunque ya no como un jugador de alto rendimiento, como antes.

¿Qué cambios físicos ha tenido?

Cuando estaba activo pesaba 120 kilos, pero después de tres años sin actividad subí a 135. Logré bajar 8 kilos con una estricta dieta y eso me ha servido.

¿Por qué no trabajó en el deporte cuando se retiró?

Entré al mundo de la construcción hace unos tres años. Un amigo tiene una empresa de andamios y me dijo que trabajara con él, así que abandoné el baloncesto. Seguir en el deporte en Bolívar era difícil, pues un técnico se gana lo que me gano en mi empresa.

¿Vivió del baloncesto?

Con una temporada de dos o tres meses me tocaba hacer otras cosas. Vivía del baloncesto cuando jugaba y cuando no, trabajaba como ayudante en Inderbol, una empresa de asesores de abogados.

¿Quién y cómo lo descubrió para el baloncesto?

Alfonso Torres, un exjugador de la selección Bolívar, me vio en el pueblo, en 1984. Cuando volvió a Cartagena le habló de mis cualidades al técnico Jairo Ramírez, y este envió a dos personas para que me contactaran. Me propusieron irme a Cartagena y acepté.

¿Qué le ofrecieron para dejar la casa?

Una beca y trabajo en Comfenalco. Entrenaba de día y estudiaba de noche. Luego vino el viaje a Estados Unidos.

¿Cómo fue ese cambio?

Me ofrecieron una beca en Houston, en la Universidad Bautista, pero cuando llegué la había retirado el apoyo deportivo a ese centro. Entonces me vinculé a la Universidad de Houston; pasé de un claustro de 3.000 a uno de 30.000 estudiantes.

A principios de los 90 probó suerte en España. ¿Por qué dejó la meca del baloncesto?

Tenía algunos contactos en España. Inicialmente me llamaron del Real Madrid, pero luego me decidí a jugar con el Málaga. Sin embargo, terminé mi contrato y regresé a Estados Unidos.

Ha sido el único colombiano que ha estado cerca de llegar a la NBA. ¿Por qué se frustró ese sueño?

Con Filadelfia hice los campamentos de novatos y de veteranos. Llegué a jugar cinco partidos de pretemporada. La temporada comenzaba el 4 de octubre y un día antes estaba en mi cuarto, ilusionado con jugar en la NBA, pero a eso de las 8 de la noche me comunicaron que salía del equipo.

¿Cuál fue la razón?

Me dijeron que no era mi hora, que esperara. A menos de 24 horas me cortaron. Luego traté con Washington, con Rockets de Houston y finalmente volví a España, donde estuve dos años más.

Un duro golpe...

Claro. Me sentía en el equipo, pero cuando me dicen que no voy a quedar, pues se me vino la noche. Regresé a Houston, hice las maletas y me devolví para España.

¿Con qué jugadores de la NBA tuvo contacto?

Jugué al lado de Charles Barkley, que después se convirtió en una de las grandes figuras de esa liga. Era la estrella de Filadelfia, pero ese año fue transferido a los Suns de Phoenix. Estuve con él en varios campamentos. Era un hombre tranquilo, sin afanes, de buen corazón. Me di cuenta de eso cuando hacíamos las obras sociales. Eso sí, en la cancha era mala gente.

¿Qué le quedó de aquella experiencia en EE. UU.?

Estudié cuatro años de educación física, pero el trabajo siempre fue mi meta, pues quería ganar plata para comprarles una casa a mi abuela y a mi mamá. Por eso no me gradué. Compré la casa, pero hoy no tengo vivienda propia, por esas malas decisiones que uno toma. Me quedó el inglés; gracias a eso trabajo en el proyecto actual.

¿Cómo fue su infancia?

Mis padres siempre trabajaron fuera del país y me dejaron al cuidado de mi abuela, Vita, junto con mis siete hermanos. Pasamos momentos difíciles. Muchas veces íbamos al colegio sin desayunar, volvíamos y no había almuerzo, pero mi abuela se rebuscaba para conseguir los alimentos.

¿Cómo es su vida hoy?

Tengo tres hijos. Me casé por primera vez en EE. UU., y luego me divorcié. En Colombia, cuando jugué en Medellín (en Arrieros, 1997), me volví a casar –esta vez por lo civil– con una chocoana, pero tampoco funcionó. Hoy vivo con otra persona. Mi hijo mayor tiene 21 años y se llama Giovanni; tengo otro de 10, Jaret, y la niña, Oriana, de 5.

¿Cuál es su ídolo?

Hakeem Olajuwon, el nigeriano. Cuando estaba en Houston fuimos a la misma universidad y lo conocí. Además, tuve mucha amistad con él porque jugamos en Rockets, pero nunca volví a hablar con él.

¿Por qué no Michael Jordan?

No, no, no... Jordan es el mejor del mundo, pero en mi posición, la de poste, Olajuwon me marcó.

¿Por cuánto tiempo jugará?

Creo que este año será el último. Eso sí, quiero hacer un partido de despedida.

¿Cómo quiere que lo vean sus rivales?

Si estoy en la madera es porque me siento con capacidades de jugar. Me gustaría que me trataran como un jugador más, que vean que aunque soy mayor yo corro las canchas. No quiero tratos especiales en el maderamen.

LISANDRO RENGIFO
Redactor de EL TIEMPO

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