La necesidad de jugar

La necesidad de jugar

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25 de marzo 2013 , 04:05 p. m.

Hace más de veinte años, siendo rector de un colegio, un padre de familia me dijo que había conseguido un preescolar donde su hijo de 5 años asistiría después de la jornada que le ofrecíamos. Al preguntar sobre la decisión que sometía al niño a una fatiga adicional me respondió que allá sí le enseñaban cosas importantes en vez de jugar todo el día, como ocurría en nuestra institución.

Todavía hoy escucho el mismo argumento por parte de educadores que trabajan en jardines, para justificar las actividades que les programan a los pequeñitos de 3 y 4 años. Dicen que no pueden ir contra los padres, que esperan que sus niños aprendan pronto a leer y escribir, que hablen otro idioma y que se destaquen como candidatos viables para los colegios grandes, que los someten a exámenes de admisión inconcebibles para cualquiera que haya leído medio libro de psicología.

Los niños necesitan jugar. De hecho, es la única actividad seria que hacen, ya que de sus juegos surgen los aprendizajes que les permitirán desarrollar sus capacidades físicas, emocionales, sociales e intelectuales. A través del juego aprenden a controlar sus cuerpos, a descubrir el mundo que los rodea, a establecer normas, a usar el lenguaje para denominar las cosas y expresar lo que piensan y sienten.

Más adelante, la ciencia, la literatura y el arte seguirán alimentados por las características de los juegos iniciales, donde pueden expresar libremente sus intereses y ponerlos en escena durante los primeros años de vida y escolaridad.
Johan Huizinga escribió un extraordinario tratado sobre el juego, titulado Homo ludens, en el cual señala que la verdadera fuente de la cultura se origina en la actividad lúdica, que desde la primera infancia se proyecta a lo largo de toda la existencia en las actividades más variadas de la vida humana. También Piaget dedica una importante parte de sus estudios al juego, tanto en el desarrollo del pensamiento simbólico como en el desarrollo del juicio moral.

Sin embargo, y a pesar de todo lo que el siglo XX aportó al desarrollo infantil, se siguen viendo por todas partes jardines de infancia donde los niños están sometidos a la quietud y el silencio, tratando de aprender lo que no les gusta, no les interesa y aún no están preparados para realizar. Niños que no juegan, no hablan y no se mueven seguramente fracasarán después en una escuela que tampoco escucha lo que a través de sus actitudes y sus juegos quieren expresar.

Nuestro atraso educativo se inicia por la desatención al desarrollo de la primera infancia, que no se reduce a faltas de cobertura, ya muy graves, sino por la falta de preparación de quienes se ocupan de este grupo de población. Quienes atienden a los niños más pequeños deberían ser los mejor preparados, capaces de identificar oportunamente las características de aprendizaje individuales y las dificultades que, atendidas a tiempo y con idoneidad, salvarían a miles de pequeños del fracaso escolar.

Que los niños pasen tres o cuatro años explorando su entorno, aprendiendo a desarrollar sus propias iniciativas, conversando, corriendo, dibujando libremente es la mejor garantía de un desarrollo adecuado a partir de los 6 y los 7 años. Pero pareciera que tenemos mucha prisa de que lean a los 5, para que no vuelvan a leer jamás. Que sumen y resten a los 6, que hablen inglés a los 3, que hagan tareas desde los 2... y que luego se sumerjan en el letargo silencioso de la apatía intelectual.

Hace poco circuló por ahí la idea de establecer un grado adicional de educación media, porque terminan muy jóvenes el bachillerato. Pero ese año adicional podría estar al comienzo, decretando el derecho a jugar hasta los 6 años como actividad primordial. Y claro, creando los ambientes y preparando a quienes puedan acompañar ese juego de manera apropiada.

Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

 

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