El adiós de Édgar Rentería, el hombre del pacto con la gloria

El adiós de Édgar Rentería, el hombre del pacto con la gloria

El colombiano anunció su retiro del béisbol, luego de ganar las Series Mundiales.

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22 de marzo 2013 , 05:56 p. m.

¿Cuándo ocurrió? ¿Cuándo quedó engendrado en el vientre de Visitación, su madre? ¿Cuándo vino al mundo en Barranquilla el 7 de agosto de 1976? ¿Cuándo murió Francisco, su padre, y recién llegaba a los dos años de edad? ¿Cuándo comenzó a jugar béisbol con seriedad en 1989? ¿Cuándo?... ¿Cuándo? (Vea Recordando el paso de EL TIEMPO...Édgar Rentaría)

Esa respuesta solo la tiene Dios. Pero lo cierto es que Édgar Enrique Rentería Herazo, el beisbolista que el pasado jueves oficializó su retiro en Miami (EE. UU.), tiene un pacto con la gloria, que lo llevó a convertirse uno de los mejores deportistas y en el mejor beisbolista del país.

¿Prueba de ese pacto? El mundo lo supo por primera vez la madrugada del lunes 27 de octubre de 1997, en el estadio Pro Player de Miami. “Viene un slider por fuera”, pensó, y con ese lanzamiento lo retó Charles Naggy, el lanzador de Indios de Cleveland, con las bases llenas y empate a dos carreras, en la parte baja del episodio 11 del séptimo y último partido de la Serie Mundial.

“Cuando choqué la bola, lo que pensé era que nunca me atraparían en primera y tenía que correr duro. Creo que batí el récord de velocidad del plato a primera. Corrí desesperado como si alguien me hubiera asustado y solo estuve seguro hasta cuando la bola pasó de largo por la segunda”, diría, bañado en champaña, a este periodista en la celebración del título del Marlins.

Era la primera vez que un latinoamericano se convertía en el héroe del ‘Clásico de otoño’ y jamás en la historia una divisa de vida corta, apenas cinco temporadas, había alcanzado tal distinción.

Pero sus compañeros sabían que el novato colombiano, ascendido el 9 de mayo de 1996 por lesión del estadounidense Kurt Abbott, había dado el primer hit de la historia de la organización en 1992, que había impulsado la carrera del triunfo en el primer partido de postemporada de Marlins y que era clave con el bate cada vez que se necesitaba.

Por eso, cuando Devon White falló y venía el turno del colombiano, el multimillonario jardinero Gary Sheffield, su padrino en el equipo, gritó “¡Ganamos! ¡Rentería siempre batea en el momento justo!”. Y el lanzador cubano Liván Hernández abandonó el lugar de calentamiento para estar cerca porque “Rente es muy oportuno”. Y ahí mismo, Álex Fernández repetía las palabras de días atrás: “Rentería es el pelotero más valioso de este equipo”.

Las imágenes corriendo, tirando el casco y levantando los brazos aún se recuerdan, como su llevada en andas por sus compañeros, reseñada en la portada de la revista Sport Ilustrated.

Estrella por siempre

Temporadas atrás, cuando tenía entre 12 y 13 años de edad, el pacto con la gloria era en otro deporte: el microfútbol. “Era un jugador de agilidad felina”, lo describió el expresidente de la ligas de fútbol y microfútbol del Atlántico, Carlos Pérez Parra, propietario del equipo el Proveedor Naval.

Era figura en la cancha del barrio Abajo, al frente del Diario del Caribe, entonces de la Casa Editorial EL TIEMPO. Era un negrito inquieto que llegaba corriendo a los partidos desde su casa en el contiguo barrio Montecristo.
“Brillaba jugando en la categoría juvenil y apenas era infantil”, dice Pérez Parra.

Quería ser goleador del Junior y había olvidado el béisbol, al que llegó cuando tenía cinco y en el que de inmediato sobresalió como paracortos del equipo Willard, de la categoría pony, dirigido por Giovanni Villa.

Pero Édison Rentería lo amenazó con no traerle más regalos si seguía en el micro y el fútbol. Era 1989 y, obligado, se enrutó por la pelota caliente. En la misma posición: paracortos, sin probar en ninguna otra. Édison recomendó a su hermano Éver para que fuera observado por Hólbert Cabrera padre, buscatalentos en Colombia de Marlins de la Florida, en 1992. A Cabrera –padre de Orlando y Hólbert Jr– le gustó más el acompañante: Édgar, estudiante de segundo de bachillerato del Instituto Los Alpes.

Así fue firmado el 14 de febrero de ese año, por el jefe latinoamericano de buscatalentos, el venezolano Levy Ochoa. Édison pidió envío inmediato a EE. UU. “Luego de verlo, desde el año siguiente, hubo una consigna en Marlins para todos sus empleados que trabajaban con jóvenes: ‘Queremos prospectos tipo Rentería’”, dijo Cabrera. El pacto con la gloria siguió, solo que apenas se divulgaba en el Caribe: se destacó en cada clase y tres años más tarde, en la Triple A, fue elegido el prospecto número uno de toda la organización. En 1996 fue invitado al campo de entrenamiento de primavera.

“Me tendrán con ustedes en septiembre”, dijo para referirse al mes que se amplían las nóminas. No hubo necesidad: el 9 de mayo fue ascendido y, a los pocos días, en su primer turno al bate, conectó de hit y se quedó con la titular.

Capitán y otra vez héroe

Tony La Russa pidió al colombiano y llegó a Cardenales de San Luis, en 1999. Seis temporadas permaneció allí. Fue en la organización en que más tiempo lució el uniforme de las siete en que actuó en los 16 años en el mejor béisbol del mundo.

Rápido, subió a capitán y ganó todo, salvo la Serie Mundial con Medias Rojas de Boston, en el 2004, frente a Orlando Cabrera. Para el Juego de Estrellas de ese año alcanzó 2’028.840 votos. Y un año antes, San Luis celebró el Día de Édgar Rentería, con la entrega de 30 mil muñecos con su figura. Allá se le recuerda: un campo de béisbol lleva su nombre. La Russa lo definió en tres palabras: “Es un ganador”.

Boston, Atlanta y Detroit fueron escala para llegar a San Francisco en el 2009. El contrato de dos años, pero el último lo cumplió a medias, por lesiones y poca actividad. El equipo clasificó a la postemporada y llegó a la Serie Mundial. El lunes primero de noviembre, antes de llegar al estadios de Arlinton (Texas) para el quinto partido de la Serie Mundial que ganaban 3-1 a Rancheros, le dijo a su amigo Fredy Aycardi: “Hoy la voy a enganchar”, para referirse que pegaría un jonrón.

Y con dos en circulación, en el séptimo episodio, cumplió para las tres carreras que entregó a Gigantes de San Francisco el primer título en Serie Mundial desde que el equipo se mudó de Nueva York, 56 años atrás. Otra vez héroe. Y ahora, alzando el trofeo del Pelotero más valioso de la Serie Mundial, y ocupando un lugar al lado de los inmortales Joe Dimaggio, Yogi Berra y Lou Gehrig (todos de Yankees), como los únicos peloteros en llevar a sus equipos a dos títulos mundiales.

“Cuando llegué (al camerino), después del jonrón, le hablé a los pelaos (sus compañeros). Les dije: ‘Tenemos que seguir jugando o se nos daña la fiesta’. A Lincecum (el lanzador de ese partido) lo senté y le expresé que no se desconcentrara, ya que ellos nos podían atacar”, confesaría semanas después a este periodista, a su regreso al país. ‘El niño de Barranquilla’ era, hace rato, un veterano líder.

Después de un año con Rojos, en el 2012 no aceptó ofertas. Rechazó a Cerveceros y prefirió prepararse para el clasificatorio al Clásico Mundial. Actuó en noviembre, en Panamá, como capitán, pero el pitcheo no respondió y Colombia quedó eliminada. Así se truncó su sueño de llegar al Clásico, una de las dos metas que le faltó en el béisbol: la otra era batear 2.500 imparables (quedó con 2.327).

El jueves, dos días después de terminar el Clásico Mundial, tomó la decisión de despedirse. Su recorrido quedó comprobado que tenía pacto con la gloria…

ESTÉWIL QUESADA FERNÁNDEZ
REDACTOR DE EL TIEMPO

 

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