Piedad

Piedad

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14 de marzo 2013 , 03:59 p.m.

Leí el libro definitivo de Piedad Bonnett: Lo que no tiene nombre. Y ahora quién dice quién es normal. Y quién se atreve ahora a menospreciar un drama ajeno. Después de leer la tragedia verdadera de un hijo valiente que una mañana tuvo que matarse para no verse a sí mismo derrotado por la esquizofrenia, narrada por una madre atemperada por la literatura pero sublevada por su duelo, quién tiene la cara para vivir sin que vivir valga la pena. Quién entre todos nosotros no ha encarado el silencio grave del día -ese paréntesis de nadie más- en el que simplemente se sabe que la vida es demasiado: una lengua que jamás se va a aprender del todo, una deuda que jamás se va a cubrir. Qué sentido puede tener un mundo al que en estricto sentido se viene a perder a los padres y a los hijos. Para qué. Qué más da el político agazapado o el pequeño mezquino de siempre si se ha puesto enferma una de las pocas personas que tenemos. Qué importa el papa que vino, qué importa el dictador que se fue si el niño de la casa se ha suicidado a los 28 años. Dónde podrá descansar en paz, por fin, nuestra cabeza.

De eso se trata Lo que no tiene nombre: de todas las preguntas en voz baja que no se abren ni se cierran pero que siempre llevamos a cuestas. De cómo vamos dándonos cuenta de que el único triunfo que existe es inventarse, pese al horror, pese a uno mismo, una familia que sea un alivio a su manera.

He leído a Piedad Bonnett como a una gran escritora desde hace más de quince años. Sus poemarios, de De círculo y ceniza (1989) a Explicaciones no pedidas (2011), muchas veces han hallado por mí las palabras precisas para articular alguna sospecha. Sus novelas, de Después de todo (2001) a El prestigio de la belleza (2010), me han dado personajes descreídos pero entrañables que en vano se atrincheran en su cultura. Puedo decir, pues, como su lector en estado de alerta, que Lo que no tiene nombre no es solo el libro en el que su poesía se encuentra con su prosa, sino también el relato estremecedor y estremecido en el que ella misma -que, para soportar semejante duelo, refiere cómo logró su hijo vivir lo que debió vivir hasta que no pudo hacer más que morirse- encara lo mucho que cuesta decir "lo quise mucho" cuando se descubre que a los muertos se los quiere en presente.

Bonnett retrata a su hijo, el indeciso pintor Daniel Segura, como un hombre bueno cercado por "una sociedad que determina las formas del éxito" y por "una enfermedad que convirtió sus días en una batalla dolorosa y sin tregua", pero, sobre todo, como una persona en busca de su sitio en el mundo que de paso tuvo una vida cabal en una familia que lo quiso profundamente. Debería decir: que lo sigue queriendo. Porque la tensión que recorre Lo que no tiene nombre, el pulso entre reconocerle a la ciencia desencantada que solo tenemos los cuerpos y los hechos que se acaban, y aprenderle al drama que las cosas pasan por algo y para algo ("el universo es una infinita suma de azares, o, si miramos el tapiz por el reverso, una rigurosa red de causas y efectos", escribe Bonnett), es resuelto en la última página con un amor que se encoge de hombros: una versión de La Piedad de puertas para adentro.

Lo que no tiene nombre está en el periódico de hoy porque, mientras en el Vaticano y en Venezuela se insiste en poner en escena la trama más vieja de todas, mientras en tantos rincones el poder de ayer se sigue embalsamando para que llegue hasta mañana, aquellas páginas traen verdaderas noticias del mundo: que todas las vidas son una lucha a muerte por no perderse en la ficción, que la literatura sigue recogiendo por el camino a aquellos que la sociedad va dejando atrás y que una familia es una buena manera de sobreponerse. Y es un respiro.

www.ricardosilvaromero.com

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