Los números rojos de la revolución bolivariana / Francisco Toro

Los números rojos de la revolución bolivariana / Francisco Toro

El nuevo Presidente de Venezuela heredará una economía asfixiada por el intervencionismo.

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09 de marzo 2013 , 10:07 p.m.

A los miles de cubanos que pasan por Caracas les cuesta entender la crítica que con tanta frecuencia se le ha hecho al gobierno de Hugo Chávez: la de la ‘cubanización’ de la economía venezolana. Con sus enormes centros comerciales, su cultura hiperconsumista y su afición por los productos de lujo, la capital venezolana tiene poco que ver con el paisaje económico de La Habana. (Lea también: Nicolás Maduro, el delfín que es favorito en un mar de incertidumbre).

La explicación es que, en Venezuela, el socialismo no se ha implantado de golpe, barriendo las estructuras del sistema de propiedad privada en un espasmo de violencia como el que vivieron los cubanos en los 60 y los rusos 40 años antes. En la república bolivariana el proceso ha sido más gradual: la economía socialista es como una capa que se solapa con estructuras capitalistas preexistentes que todavía funcionan, aunque mal, y cada vez peor. (Lea también: Evita y Hugo, de aquí a la eternidad)

Las contradicciones que esto engendra son ya famosas. En Caracas, hoy por hoy, es mucho más fácil conseguir una botella de whisky importado de Escocia que una caja de leche; un fino aceite de oliva extravirgen italiano, que un litro de aceite de maíz para freír una arepa. (Lea también: Un duro golpe para el ya debilitado 'eje bolivariano' / Miguel A. Bastenier).

La vieja economía de puertos –la que transforma los dólares que trae el petróleo en productos de consumo para quienes puedan pagarlos– sigue ahí. Pero la capa que le ha sido sobrepuesta, la del socialismo del siglo XXI, apenas si logra proveer a la población con los artículos más básicos. (Lea también: El fin del redentorismo iluminado / Enrique Krauze).

Para resumir la manera en la que un sinfín de distorsiones microeconómicas –desde un férreo control de precios hasta un disfuncional control de cambios– ha destruido los incentivos para producir y comerciar, basta un ejemplo: si el Estado te ofrece venderte un dólar por 6,3 bolívares, ¿qué prefieres hacer con ese dólar? ¿Lo usas para importar un dólar de azúcar y venderlo por 6,60 bolívares o te vas directamente al mercado negro donde te pueden pagar hasta 25 bolívares? En estas condiciones, el flagelo del desabastecimiento –junto con su hermano gemelo, la fuga de capitales– no ha de sorprender a nadie. (Lea también: Una oportunidad perdida / Moisés Naím).

Paradoja del ‘petroestado’

Lo curioso es que aún con esta masa de contradicciones la economía nacional no termina de colapsar. Pero claro, no lo hace porque durante la presidencia de Chávez a las arcas del Estado le llovieron más de 800 mil millones de dólares producto de la renta petrolera. (Lea también: Estados Unidos no se hace muchas ilusiones / Eric Farnsworth).

El petróleo se convierte así en el gran dilatador de las reformas, pero incluso este no bastará para hacerles frente a los duros meses que se vienen. La producción ha bajado desde los 3,5 millones de barriles de 1998 –cuando fue electo Chávez– a 2,3 millones el mes pasado. En estas circunstancias, la renta petrolera ya no da abasto para cubrir las crecientes necesidades de un país que resuelve sus problemas ‘a realazos’, como dicen en Caracas. 

El crecimiento del gasto público en la era chavista sobrepasó incluso los ingresos del enorme boom de precios del petróleo de los últimos ocho años, dejando a Venezuela con un déficit fiscal de proporciones griegas: 15 por ciento del producto interno bruto. (Lea también: Retrocesos en la democracia y los derechos humanos / José M. Vivanco)

Y este es el legado económico de Chávez: un Estado hipertrofiado, administrando una maraña regulatoria que destruye la iniciativa privada, que a medida que va muriendo va siendo suplantada poco a poco por el enorme sector productivo público, donde una sola empresa da ganancias, y estas se usan para cubrir las pérdidas que arrojan todas las demás. (Lea también: 'La oposición ganó, así pierda dentro de un mes': Luis Vicente León).

Pero incluso las utilidades de esa única empresa próspera, la petrolera estatal PDVSA, cada vez se quedan más cortas, obligando al Estado a incurrir en nuevas deudas, justamente en el momento de bonanza. (Lea también: Una sucesión clave para Colombia en paz, seguridad y comercio).

Hay otros ámbitos en los que también comienzan a dispararse las alarmas: las reservas caen, la moneda permanece sobrevaluada incluso después de su reciente devaluación, las exportaciones no petroleras prácticamente cesaron y la desesperación de los venezolanos por resguardar sus ahorros en monedas más estables que la propia sigue alimentando una fuga de capitales imparable. (Lea también: Nicolás Maduro, el nuevo conductor de Venezuela).

Poco margen de maniobra

El Gobierno se encuentra entrampado. Los mecanismos, que podría usar para aliviar una situación de desabastecimiento ya crítica, pasan todos por el aumento de los precios. Para Maduro el cálculo es muy duro: ¿qué atentará más contra la paz social: el aumento de precios o la profundización del desabastecimiento? De una u otra manera, el acceso fácil a bienes a precios asequibles –en gran medida la piedra angular de la popularidad chavista– se convierte en una imposibilidad aritmética. (Lea también: 'Seguiremos siendo una nación socialista': Jorge Valero).

El problema de Maduro no es,en última instancia, ideológico sino matemático: el dinero no basta para financiar los compromisos de gasto en los que incurrió Chávez. No hay una varita mágica que haga desaparecer esa realidad. Ya los prestamistas de siempre –en particular el gobierno Chino, con el que el Chávez logró créditos por más de 30.000 millones de dólares– se han mostrado cada vez más reacios a hacer nuevos financiamientos. Y no parece haber razones para creer en una nueva y súbita alza en los precios del petróleo, a no ser que haya una sorpresa en el golfo Pérsico. Por lo tanto el ajuste viene como vienen todos los ajustes: no porque alguien lo quiera, sino porque las cuentas no cuadran. (Lea también: Hugo Chávez no dejaba indiferente a nadie).

Para los venezolanos, esta película es repetida. Ya a finales de los 80 el país experimentó una crisis muy similar: el gobierno de Jaime Lusinchi le entregó en enero de 1989 un país en bancarrota a su sucesor, Carlos Andrés Pérez. Menos de dos meses después, asistimos al estallido social conocido como ‘el caracazo’, un evento profundamente traumático que marcó el inicio del proceso de acelerado deterioro institucional que trajo a Hugo Chávez al poder 10 años después. Ya decía Marx que la historia está condenada a repetirse. El detalle es que no sabemos si esta vez se repetirá como tragedia o como farsa.

FRANCISCO TORO
Periodista, politólogo y bloguero venezolano. Como corresponsal independiente ha escrito para ‘The Washington Post’, ‘The New York Times’ y ‘Financial Times’.
Es autor del libro: ‘Blogging the Revolution: Caracas Chronicles and the Hugo Chávez Era’.

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