'La aceptación es el principio de la serenidad'

'La aceptación es el principio de la serenidad'

El nuevo libro de la poeta Piedad Bonnett relata su doloroso proceso frente al suicidio de su hijo.

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05 de marzo 2013 , 08:51 p.m.

"Comprender de qué magnitud sería la liberación quizá le dio la paz momentánea y la fuerza para abandonarse y abandonar el mundo. Dicen que así como el dolor físico extremo puede hacer perder conciencia del espíritu, así el dolor espiritual puede hacer que olvidemos el sufrimiento del cuerpo".

Esta mirada reposada, por la distancia del tiempo y de la reflexión, está en el libro testimonial Lo que no tiene nombre, en el que la poeta Piedad Bonnett plasma el doloroso proceso que debió afrontar con el repentino suicidio de su hijo, el artista plástico Daniel Segura Bonnett, el 14 de mayo de 2011, en Nueva York (EE. UU.), mientras adelantaba una maestría en la Universidad de Columbia.

"Buscando entender, empecé consignando en una libreta mis recuerdos, mis reflexiones y mis preguntas, sin ningún fin. Lo hacía a medida que leía testimonios de pérdidas, libros sobre el suicidio, sobre el duelo. Y estos libros me dieron la idea de contar la historia de Daniel, que es la historia de muchos. Porque está llena de hechos dramáticos, de dolor y de lucha, porque plantea infinidad de preguntas y porque nos hace repensar en esa noción de destino que manejaban los griegos", comenta la escritora, quien recibió a este diario en su casa, para conversar sobre la manera como se fue construyendo el libro, que llegará a las librerías este viernes.

¿Cómo fue el proceso de escritura?

Muy duro, tanto desde el punto de vista afectivo como literario. Pero muy reparador y compensatorio.

¿Temió caer en el sentimentalismo y en rozar esa difusa y delicada línea de la dignidad privada del hijo y de la familia mientras escribía?

Claro. Trabajé con ese temor y con esa conciencia. La tarea no era fácil: debía conciliar lo descarnado de la historia con el pudor y el respeto por mi hijo, por mi familia y por el mismo lector Y, sin hacerle esguinces a la verdad, encontrar un tono emocional pero sin desbordamientos.

Hasta que lo logró. ¿Debió reescribirlo varias veces?

Lo reescribí muchas veces. Pero más que por cuestiones estilísticas, porque nuevos recuerdos aparecían, porque nuevos hechos se iban dando: mientras escribía hablaba con su médico, con su mejor amiga, con sus antiguas novias e hicimos una exposición con su obra. Investigué más sobre su enfermedad. El texto se rehacía y amenazaba con hacerlo eternamente. Entonces decidí que había que terminar el proceso.

Tal vez porque frente al dolor de la muerte de un hijo, todas las mistificaciones literarias carecen de sentido, se desvanecen (pág. 34).

Luego de escribir el libro, ¿siente que ha encontrado algún consuelo ese dolor indescriptible?

No es que haya encontrado consuelo. Es que revivir el dolor, plasmarlo en palabras, ayuda a sanar. Creo firmemente en el poder catártico del arte, que también fue para Daniel una ayuda a la hora de sobrellevar el peso de cada día.

Reviso uno a uno los libros y los cuadernos. En el fondo de mi corazón suplico porque aparezca un diario, una nota de carácter personal (pág. 17).

"Aunque no haya ningún sobre en la habitación, todo suicidio es una carta a los seres que se dejan en la vida", le escribió el poeta español Luis García Montero al leer el manuscrito.
¿Se convirtió el suicidio en una obsesión que la llevó a reflexionar y a leer mucho para entender?

No diría que en obsesión. Pero el suicidio es un hecho que siempre impacta, que plantea reflexiones filosóficas y que, cuando lo lleva a cabo alguien entrañable como un hijo, genera preguntas de toda índole, grandes y pequeñas. Volví a leer el libro del inglés A. Alvarez, El Dios Salvaje, y también un ensayo del filósofo Jean Amery sobre el suicidio, que él intentó una vez infructuosamente, y que, finalmente, fue la forma de su muerte. Y también leí informes médicos que tratan de explicar la relación entre la enfermedad mental y el suicidio.

¿Discutieron en familia y reflexionó sobre la decisión de no ocultar la verdad del suicidio de Daniel desde un principio?

No hubo que reflexionar ni discutir. Siempre tuvimos claro que ese es un derecho que tiene el ser humano, y que informar la verdad era nuestro deber con los que lo conocieron.

Y el rompecabezas se va armando ante mis ojos, aunque desde ya puedo anticipar que quedarán faltando algunas piezas (pág. 101).

¿Desde lo más profundo de su corazón de madre lo presentía?

Sí. Sabía que era una posibilidad. En el libro explico por qué. Pero siempre me acompañaba la esperanza de que esto no sucediera.
Me pregunta, con los ojos muy abiertos, si eso es para siempre. Y yo, tragándome las lágrimas, le contesto: -Sí, Dani, para siempre (pág. 62).

¿Qué sentimientos la embargaron cuando se enteró que Daniel sufría de esquizofrenia?

Fue un golpe devastador, una noticia difícil de aceptar, que despertó sensaciones de incredulidad, impotencia e inmensa tristeza. Pero Daniel no solo era funcional sino un muchacho muy curioso intelectualmente, muy trabajador y lleno de sueños de futuro. Lo que sentí entonces fue un impulso de buscar todos los recursos, de luchar porque su vida fuera la mejor dentro de su circunstancia.

Solo es bueno lo que nos hace felices, le decía yo en los últimos tiempos. Libérate. Y me duele pensar que en ese punto me hizo caso. Radicalmente (pág. 66).

¿Se le ha atravesado algún sentimiento de culpa?

No, por fortuna, porque a Daniel le dimos siempre apoyo y cariño. E hicimos lo posible para que fuera feliz. Lo único que me planteo a veces es que he debido investigar más sobre la enfermedad mental, sobre la cual los médicos guían muy pobremente a las familias.

Vencida por la imposibilidad de acercarme a su intimidad, opté por un amor medular que no necesitaba de palabras (pág. 57).

¿Cómo fue su relación con Daniel?

Armoniosa, de mucha compenetración y cariño. Él era muy reservado con su vida íntima, pero me consultaba, como tantos hijos, sobre muchas pequeñas cosas de su cotidianidad. Me hacía bellos regalos. E intelectualmente teníamos conversaciones muy estimulantes, porque trabajábamos en campos afines.

Instalada como estoy en la reflexión, siento de pronto, sin embargo, que Daniel se me escapa, que lo he perdido, que de momento no me duele. Me asusto, siento culpa. ¿Es que acaso he empezado a olvidarlo? ¿Es que ingresa ya al pasado, que empieza a desdibujarse? (pág. 45).

¿Cómo vive hoy Daniel en su interior? ¿Cómo se va transformando el recuerdo?

Daniel es en mí hoy un dolor que no cesa, pero también un ser que evoco como alguien muy valiente, dulce y respetuoso de los demás a pesar de sus hondos tormentos.

"La gran literatura convierte la historia personal en una experiencia humana colectiva", agrega en su carta el poeta Luis García Montero. ¿Qué consejo les daría hoy a unos padres que enfrentan una situación parecida a la suya?

Frente a la enfermedad: que rodeen al hijo con su amor y su apoyo. Que se informen. Y que agoten todos los recursos y no cejen, porque van a encontrarse con un mundo de mucha indiferencia y de muchas dificultades. Y frente a la muerte de un hijo: aceptación. Es el principio de la serenidad.

"Lo único que veo en la naturaleza es su profunda indiferencia" (pág. 27).

Hay momentos del relato en que se percibe además de mucho dolor algo de rabia. ¿Siente que ha necesitado perdonar algo?

Claro que sí. Frente a la naturaleza no cabe la rabia. Y frente a los errores humanos, frente a las incompetencias y cegueras, cuando enfrentamos lo irremediable es mejor no tenerla, porque nos hace daño.

No hay sollozos, ni lamentos: las lágrimas simplemente corren, silenciosas. (pág. 28) El tiempo parece ahora definitivamente estancado (pág. 25).

¿Cómo soportar que la vida continúa?

La vida tiene mucha fuerza. La vida se impone. Ayuda mucho, también, el amor de la familia y los amigos, y buscar a través de lo que hacemos darle sentido a lo que aparentemente no lo tiene.

Palabras finales..

Envío

"Dani, Dani querido. Me preguntaste alguna vez si te ayudaría a llegar al final. Nunca lo dije en voz alta, pero lo pensé mil veces: sí, te ayudaría, si de ese modo evitaba tu enorme sufrimiento. Y mira, nada pude hacer. Ahora, pues, he tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme".

Presentación

'Lo que no tiene nombre' se presenta el próximo 13 de marzo, a las 7 p.m., en el auditorio del Gimnasio Moderno (Bogotá). La autora conversará con Héctor Abad Faciolince.

Carlos Restrepo
Redacción Cultura y Entretenimiento

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