El mesías petrolero

El mesías petrolero

El más poderoso de Venezuela era adicto al 'rating' y se autoproclamaba defensor de los pobres.

05 de marzo 2013 , 05:19 p. m.

Gobernó como quiso. “Hasta que se me sequen los huesos”, había deseado en público un día. Pero tenía en mente una fecha mucho más lejana. 2021 o 2030. Y tuvo todo el poder que quiso, excepto el de lograr la aclamación unánime que creía merecer.
“Si no fuera por la bestial campaña mediática de casi todos los medios de comunicación privados, el apoyo al Gobierno sería del 90 por ciento”, llegó a decir.

Proveniente de una familia modesta de los Llanos, Hugo Chávez llegó a convertirse en el gobernante electo más poderoso de Venezuela. Más, incluso, que muchos dictadores. Y se afanó en imprimir su sello a todo, como para cerciorarse en vida de su trascendencia histórica.

Cambió el nombre del país y la Constitución, sumó una estrella a la bandera y puso a galopar al caballo del escudo nacional hacia la izquierda. También ordenó airear los huesos de Simón Bolívar, en una espectacular exhumación, y juró haber sentido, “en ese esqueleto glorioso”, la llamarada del Libertador.
Con un chasquido de sus dedos hacía aparecer su imagen en todas las pantallas. Condujo una maratón dominical y se dio más medios que Rupert Murdoch: televisoras, circuitos radiales, diarios, revistas, páginas web. Concebía sus libretos de madrugada, era su propio director, su mánager y el actor más polifacético del país.

El presidente tenía una extraordinaria memoria y pronunció, sin leer, más de 1.500 horas de discursos, imposibles de almacenar en el mejor iPod. Podía hablar sin parar casi medio día. Su récord en el micrófono: 9:23 horas, en su último mensaje anual.

Le gustaba rememorar su vida de folletín ante la audiencia. Era el niño de pueblo que ganó sus primeros centavos vendiendo las ‘arañitas’ de papaya que hacía su abuela; el alegre flaco ‘Tribilín’ del liceo; el muchacho provinciano que conoció la capital a los 17 años y descubrió su esencia en los cuarteles.
Hugo Chávez, el segundo de los seis hijos de un maestro de pueblo y su esposa, veía su rostro en camisetas, tazas, velas, edificios de doce pisos, muñecos parlantes, aeropuertos, zapatos, estatuillas, camiones, grafitis, relojes... ¿Cómo podía tener tanta fama y querer todavía más?

Luces, cámara, acción

Había saltado al estrellato el 4 de febrero de 1992, cuando irrumpió en la TV como un viajero de la máquina del tiempo. En su rostro sobresalía una boca de labios gruesos, como modelados para amplificar su voz: “Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados / depongan las armas / asumo la responsabilidad de este movimiento bolivariano”.

Tenía entonces 37 años y venía a recordarnos, involuntariamente, el tinte militarista de la historia de Venezuela. Una historia repleta de hombres de armas que nacieron para redimir al pueblo de alzamientos, golpes de Estado y revoluciones de todo signo.

“Hugo logró que le pusieran una cámara y dijo exactamente lo que tenía que decir. Esa lucidez para hacer lo que hay que hacer en el momento decisivo es lo que explica su carrera política”, aseguraba José Vicente Rangel, quien fue su canciller, ministro de Defensa y vicepresidente.

Esa fue la primera vez que el comandante saboreó la dulce droga del rating. Veinte años más tarde, y ya adicto, Chávez presidía el desfile del ‘Día de la dignidad nacional’, un 4F convertido por la historia oficial en “I Acto” victorioso de su revolución bolivariana.

Lo saludaron "12.400 compatriotas socialistas, revolucionarios, antiimperialistas, chavistas...", como precisó el general, que los dirigía desde un tanque ruso.
"Chavista", recalcó el mandatario, "duélale a quien le duela". En esa escena se destacaban tres de sus rasgos esenciales: su naturaleza militar, su talento comunicacional y su espíritu transgresor.

Para entonces, el comandante-presidente –como era llamado por sus subalternos– llevaba 13 años en el gobierno y había colonizado todos los poderes públicos, a través de elecciones, procesos legales y unas cuantas zancadillas a la Constitución. Todo, con la venia de jueces bien amaestrados y la anuencia de los votantes.

Padre de cuatro hijos, tenía fama de mujeriego, pero su vida sentimental se volvió un misterio tras su segundo divorcio. "Yo estoy casado con la patria", solía decir.
Todavía, tanto tiempo después del golpe, había quien preguntaba con extrañeza de dónde había salido un tipo así. Como si fuera un cuerpo ajeno a la sociedad venezolana.

Criado por su abuela paterna –a quien atribuía su carácter “humilde pero muy orgulloso” y su espíritu de sacrificio–, Hugo creció oyendo historias de caudillos, así que no fue extraño que decidiera ser militar en vez de beisbolista, como había querido de niño.

Siendo un cadete de 19 años, sintió el aguijón de la ambición de poder y se vislumbró dirigiendo "la Patria del Gran Bolívar", como anotó en su diario personal, que contenía citas del Che Guevara y la promesa de hacer “lo que sea” para ayudar a los pobres.

"Algo me impulsaba, una voluntad interna secreta, escondida, quizás genética", explicó a Rangel, ya en plena construcción de su propio mito, invocando el aura de un bisabuelo caudillo, cuya leyenda lo hacía sentirse parte de una estirpe de guerreros.

Chávez nunca se daba por vencido. Conspiró por más de una década, dio el golpe, fracasó y, tras dos años preso y cuatro llevando su palabra por todo el país como un predicador, llegó adonde había soñado por el largo camino de los votos.

En su primer combate electoral, en 1998, noqueó a un boxeador ciego y cansado. Frente una clase política desprestigiada y divorciada del pueblo, que en 15 años no había podido conjurar la crisis económica y se enfrascó en una campaña suicida, Chávez supo ser una fábrica de esperanzas.

El exgolpista –que culpaba de todas las plagas del Caribe a los dirigentes, civiles todos, que habían gobernado durante 40 años de democracia– encarnaba al vengador justiciero que acabaría con la desigualdad social del único petroestado de América Latina.

Así surgió esa atracción de tratado sobre liderazgo carismático: el mágico encuentro –en tiempos de crisis– de un hombre fuerte y paternal, que prometía el paraíso, con una masa desesperanzada y ávida de creer en un redentor. Venezuela tenía, por fin, lo que le faltaba: un mesías petrolero.

Pero no todo fue magia. Chávez logró que los pobres salieran de su invisibilidad, que se empoderaran y se sintieran amparados por las misiones sociales, aunque les exigía lealtad y abonaba el resentimiento. "Nos desprecian porque somos niches", repetía en cada campaña. Su mejor táctica electoral fue un 'divide y vencerás' que llamaba "polarizar y repolarizar".

Ganó elección tras elección, sorteó un fugaz golpe de Estado, hizo un striptease ideológico y se abrazó a los cubanos. No pudo adaptar la Constitución al socialismo pero logró enmendarla para incluir la reelección ilimitada y, aunque sufrió un revés de votos en las últimas parlamentarias, siempre desconcertó a sus rivales con sus maneras castrenses.
Venezuela latía al ritmo de su voz. Incluso, de sus silencios. Era querido con devoción religiosa, bastante odiado, jamás ignorado.

Hugo Chávez había escalado la cúspide desde abajo a fuerza de tesón, audacia, instinto político, inteligencia, sensibilidad social, trabajo y esfuerzo. Pero también autoritarismo, falta de escrúpulos, ventajismo, propaganda, personalismo, petróleo (mucho petróleo) y una suerte tremenda para el extravío de sus oponentes.

Pero la rueda de la fortuna se había detenido. A sus 58 años, el poderoso comandante era un hombre enfermo, que oscilaba entre la soberbia –"¡cáncer, ¿qué es eso para mí?!"– y la autocompasión: –"Cristo, dame tu cruz pero no me lleves todavía". Siempre grandilocuente, siempre histriónico, siempre en TV.

De nada le sirvió cambiar su consigna "Patria, socialismo o muerte" por la supersticiosa "Viviremos y venceremos". Con ese mantra despidió su último acto oficial, aquel donde admitió su gravedad y alumbró con la espada de Bolívar a un heredero político, en caso de que la suerte le diera la espalda; aquel donde acabó su vida pública. Nadie imaginaba entonces que no volverían a escucharlo en vivo.

Fue una verdadera ironía del destino que la enfermedad lo alejara de Miraflores un mes antes de asumir su tercer sexenio, con el que aspiraba a completar 20 años en el poder y hacer “irreversible” su peculiar socialismo. Tras una larga y muda agonía, rodeada de misterio, desapareció de escena calladamente.
Hugo Chávez, como los monarcas, reinó hasta el último aliento. Y murió convertido en un mito.


Cristina Marcano*
Especial para EL TIEMPO
Caracas

*Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka publicaron el libro 'Chávez sin uniforme'.

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