La historia del 'papa' que reinó en Antioquia

La historia del 'papa' que reinó en Antioquia

Tras la muerte de Pío XI, en 1939, el dentista de Barbosa Antonio Hurtado se autoproclamó pontífice.

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03 de marzo 2013 , 11:17 p. m.

En un pequeño osario de la iglesia de la Divina Misericordia, en la entrada de Barbosa, un pueblo antioqueño de antiguos cultivadores de caña, yacen los huesos del ‘Papa Pedro II’, que durante 16 años del siglo pasado repartió bendiciones, sacó muelas, salió en procesiones de Semana Santa, promulgó la palabra de Dios y se convirtió en una leyenda local.

Su nombre de pila era Antonio José Hurtado. Había nacido en 1892 y estudiado para cura en el Seminario de Santa Rosa de Osos, pero no pudo terminar por la muerte de su padre. Para ganarse la vida, cuentan sus descendientes, trabajó como ebanista, fotógrafo ambulante en los trenes, y fue joyero y modisto, en Bogotá.

Antonio regresó en 1923 a Barbosa y, como les había sacado las muelas a sus compañeros soldados cuando prestó el servicio militar, montó una dentistería en la calle principal, donde les leía la Biblia y les ponía dientes de oro a políticos y a campesinos.

Mirando caries, comenzó a gestar en su mente su pontificado tras la enfermedad de Pío XI y, en 1939, luego de oír por la radio la noticia de la muerte del Sumo Pontífice, decidió sucederlo, con el nombre de Pedro II, sin importarle la profecía de Malaquías, que anunció que se acabaría el mundo el día que un Papa tuviera ese nombre.

Convencido de sus capacidades, se fue a Medellín a enviar un telegrama al Vaticano: “Eminentísimo Cardenal Camarlengo. Su santidad Pío Once ha muerto. Mi corazón que lo amaba más que todos, está de luto. Sacro Colegio de Cardenales: Buscáis a vuestro futuro vicario? Yo soy! Antonio Hurtado”.

El periódico El Bateo de la capital antioqueña publicó el texto y comenzó a correr el cuento de que Barbosa tenía un Papa.

Mientras esperaba una respuesta del Vaticano, que nunca llegaría, Antonio decidió comprar un anillo con una piedra preciosa y con su sabiduría de sastre se hizo dos vestidos papales. Y mandó a traer Cristos, santos, hostias, copones y hasta una custodia de oro puro.

La sede del Vaticano

En la gran casa de balcones y bahareque donde funcionaba la dentistería construyó su sede del Vaticano y aumentó el número de empleados que le ayudaban a hacer las cajas de dientes para que le colaboraran en sus labores eclesiásticas.

Pese a que se enteró de que el cónclave de Roma había nombrado días más tarde como nuevo Papa al Cardenal Eugenio Pacelli, que se llamó Pío XII, el dentista siguió con su obra como Pedro II en Barbosa.

“El manda en Roma y yo aquí, así como en Italia manda Mussolini y en Colombia el Partido Liberal”, le dijo al cronista Juan Roca. En la sala de espera de su consultorio puso las fotos de todos los Papas, mandó a hacer una capilla donde oficiaba misas y a construir una silla especial de dentistería, giratoria, que servía para sacar muelas y como trono papal.

En un lote contiguo mandó construir un lago donde nadaban sabaletas y en los alrededores había micos y una guacamaya, que le decía “Papa”. Le gustaba ir allá a hablar con los animales. Y tenía un kínder donde les enseñaba inglés a los niños y les presentaba películas con un proyector importado. Lo acompañaba un grupo de cardenales, entre los que se encontraban el carnicero, el peluquero y el tendero del pueblo, que le acolitaban sus andanzas.

Entre sus empleados estaba su sobrina Ana Ofelia Gómez Hurtado, que era la portera del Vaticano y hacía pasar tanto a los que venían por un dolor de muelas como a los que buscaban al Papa para conocerlo, pedirle plata o un consejo.

“Mucha gente lo veía como un loquito, incluso un hermano se le puso bravo por andar con ese cuento, pero se formaban largas filas de campesinos para verlo. Él los recibía y les hablaba en latín. A mí me pagaba 50 centavos por día”, comenta doña Ofelia.

Antonio sacaba el periódico El Emmanuel, donde publicaba sus pensamientos, entre los que se encontraban aumentar a 16 los mandamientos y prohibir la intervención del clero en la política.

Las peleas santas

Las extrañas ideas del dentista preocuparon al párroco del pueblo, Jesús Antonio Arias, y al alcalde Enrique Bedoya, quienes lo obligaron, con la policía, a que fuera a una revisión siquiátrica a Medellín, de la que volvió con el diagnóstico de que sufría de ‘delirio místico’.

No pudieron internarlo y volvió al pueblo a dar misas y a repartir hostias. Se vestía con sus trajes de Papa en Navidad y Semana Santa, tiempos en los que repartía panes con forma de peces y hacía las tradicionales procesiones, que le daban la vuelta a la cuadra, en medio de una multitud curiosa.

“A los que le decían loco, él les respondía: Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen”, recuerda Ana Ofelia, que tenía que decirle magíster y saludarlo con un good morning.

En junio de 1939, el padre Arias excomulgó al dentista y a su familia desde el púlpito, porque les preguntó a unos niños que estaba catequizando quién es el Papa, y ellos respondieron: “Antonio Hurtado”.

“Después de eso, la gente nos tiraba piedras”, asegura Ana Ofelia. Pese al castigo, el Vaticano seguía funcionando a unas pocas casas de la iglesia del padre. Pedro II continuaba atendiendo a pacientes, dando comida a los viejos, dulces a los niños y sobres con plata a los más pobres.

Pero el padre Arias volvió a atacar cinco años después y lo excomulgó nuevamente al encontrarse un Domingo de Ramos su procesión con la de los seguidores de Pedro II. Después de esas peleas vinieron tiempo más calmados para Pedro II, quien hizo las paces con la Iglesia tras irse el padre Arias y hablar con el arzobispo Joaquín García Benítez.

“Después de eso, Antonio se confesó e iba a misa en la madrugada”, recuerda Ana Ofelia.

La vida en el Vaticano

Con el paso de los años, en el Vaticano de Barbosa llegaron a trabajar 25 personas, la mayoría vírgenes del pueblo, a las que echaba si decían malas palabras.

Pese a las bellas mujeres que lo rodeaban, Ana Ofelia asegura que el Papa fue célibe y que nunca se le conoció novia alguna. Los diarios decían que tenía cara de Apolo y las mujeres, que vestía elegante. En su sede se daba la buena vida.

“Solo mordía una vez las frutas. Tomaba vino, comía cordero y sardinas enlatadas. No podía ver en la mesa una mosca revoloteando y me tocaba espantárselas con un trapo -recuerda Ana Ofelia-. Dormía en una cama de plumas y tenía una persona que le hacía masajes”.

Con el paso de los años, Pedro II comenzó a hablar de que hacía milagros. En su periódico escribía que curaba a personas de cáncer y hacía caminar niños minusválidos. Por su fama regional, Pedro II atendía desde borrachos, a los que les mandaba con sus empleadas el anillo para que se lo besaran y no tener que recibirlos, hasta personas ilustres como la poetisa cubana María Dalia Iñiguez, la actriz Libertad Lamarque y a Alfonso López.

“Algunos salían serios y otros se iban burlándose”, comenta Ana Ofelia.

Adiós al Papa

Esperando que Pío XII se muriera y escribiendo encíclicas, a Pedro II segundo se le fueron los años. A comienzos de los cincuenta, les dijo a sus seguidores que había llegado la hora de su muerte.

El carpintero le hizo un ataúd de pino, sobrio, que se lo midió y se lo llevó a su casa. “Nosotras íbamos con él al cementerio a arreglar su tumba -recuerda doña Elvia de Meza, que trabajaba en el taller dental-. El padre nos decía: “El, loco, y ustedes ayudándole”.

Le dictó su testamento a Cielo, su ama de llaves. En el texto, que fue publicado por Víctor Bustamante, en el libro Noticias de Pedro II, decía que le dejaba la máquina de escribir a Ana Ofelia, el automóvil Packard a un sobrino, su invento para curar el cáncer obtenido de plantas de la región al Instituto Pasteur de París y su silla de dentistería y su anillo al museo del Vaticano europeo.

“A mí me pedía que le leyera el testamento todos los días para verificar que nada le habían cambiado”, comenta Elvia, que también le leía las noticias judiciales.

El día vaticinado llegó. El 14 de mayo de 1955, el Papa de Barbosa, de 63 años, murió a las 5 de la tarde, luego de volver del ancianato, donde les repartió comida a los viejos.

Fue metido en el ataúd vestido con el alba y el solideo en la cabeza. Su féretro fue cargado por una multitud y sepultado en una tumba con un ángel negro.

Así terminó el apostolado de Pedro II, en cuyo Vaticano funciona hoy un almacén de ropa y cuyos restos reposan en la pequeña fosa, donde descansa rodeado de huesos de humildes campesinos, descendientes de sus clientes, a los que les ponía los dientes de oro.

LUIS ALBERTO MIÑO RUEDA
Editor de Nación de EL TIEMPO

*Esta historia fue publicada en su edición impresa por EL TIEMPO el 10 de abril del 2005.

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