Los nuevos caminos de la Iglesia católica

Los nuevos caminos de la Iglesia católica

Que el papado no tenga que ser vitalicio es solo una pequeña parte del gran revolcón que vendría.

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02 de marzo 2013 , 08:50 p. m.

Todas las instancias del Vaticano caminan llenas de incertidumbre por el seísmo que ocasionó la abdicación de Benedicto XVI.

Más tarde que temprano desaparecerá la espectacularidad de la noticia y los comunicadores ya no se dedicarán a trasmitir como exclusivas lo normal, como aquel extra que decía que el papa había anunciado la excomunión para el cardenal que no guardara el secreto del cónclave, o aquel otro según el cual los príncipes de la Iglesia serían sometidos a revisión, a fin de que no ‘tuitearan’ desde la Capilla Sixtina, cuando se sabe que todo está blindado a información saliente o entrante, o aquel más grave en el que se aseguró que el papa había aceptado la renuncia del cardenal irlandés acusado de pedofilia y le había prohibido asistir al cónclave, cosa que contradice las normas de esa reunión. Cierto que se aceptó la renuncia al ejercicio pastoral como cabeza de la diócesis, pero fue el propio cardenal quien anunció que no iría a la reunión que elige al sucesor de Pedro por decisión propia, por no dañar más la imagen de la Iglesia, metiendo en problemas con esa postura a una decena de cardenales con acusaciones semejantes. (Lea también: Sacerdote italiano quema foto de Benedicto XVI durante misa)

Olvidan que la última renuncia clamorosa se dio en 1927, por parte del cardenal jesuita Billot, quien fatigado de una acción arbitraria de Pío XI (prohibió un partido político de católicos franceses) abandonó la audiencia pontificia sin anillo, sin el solideo rojo y sin cruz pectoral, diciendo: “Entró el cardenal Billot, salió el padre Billot”.

Las gentes olvidan que en asuntos de protocolo están frente a una institución maestra en el detalle, que reglamenta hasta la forma de vestir en cualquier ceremonia, por simple que sea, y cuyos tiempos permiten que todo sea previsible. Sin embargo, Benedicto tomó por sorpresa a este andamiaje, eludiendo toda filtración. No le fue difícil: habló en latín (lengua que no entienden la mayoría de los cardenales), la lengua oficial de la Iglesia, y dejó perplejo al cardenal Sodano, que no encontró el latín preciso para responderle.

La Sala de Prensa vaticana juega con las agradables superficialidades que adornan y a veces sustituyen la tarea del periodista. El papa renunciante se llamará… Cómo se vestirá... Sustituirá los zapatos rojos por los cafés que le dieron en México… No tendrá anillo… Usará sotana blanca, pero sin esclavina… Irá a un convento de clausura.

Todo eso se hace mientras llega un pontífice que reglamente el cambio histórico que indicará que los pontífices ya no serán necesariamente vitalicios. Esta es la primera parte de la gran bifurcación que se avecina. Así mismo, se abre para el nuevo papa el desafío de establecer una autoridad colegiada, como al principio, cuando Pedro era cabeza de iguales y no soberano, y había posturas distintas.

Ingresar por esta puerta indicará una amplia avenida para absolver uno de los puntos más difíciles de la reunificación con las llamadas iglesias históricas, de los cristianos que se separaron bajo el liderazgo de Martín Lutero.

El primado de Pedro encontrará una nueva definición, lo cual permitirá establecer más puntos de encuentro sobre los problemas teológicos que se discuten desde el Concilio Vaticano II. Esa sería, sin duda, la satisfacción de una gran deuda contraída hace más de 500 años y que ha representado una de las grandes pérdidas de la cristiandad.

Contra la parafernalia

Esto ha de permitir la eliminación, comenzada por Juan XXIII y Pablo VI, de toda esa parafernalia de costosos uniformes rojos, morados y demás, que hablan de distancias con la comunidad, así como de los títulos medievales de eminencias, excelencias, ilustrísimos (sin embargo, aun los más progresistas claman por dejar el testimonio multicolor de la Guardia Suiza).

Por ese camino, habrá de seguirse en el clamor por una institución que, lejana del boato, luzca auténtica austeridad, sin que eso signifique dejar de administrar la solidaridad internacional (para ayudar a los pobres, como Caritas) mediante una sana institución financiera que por su pulcritud futura supere los eventos que la avergüenzan.

Pero la gran bifurcación ha de darse con posturas frente a cuestiones urgentes para la opinión, como la contracepción (los obispos alemanes ya abrieron puertas al uso controlado de algunas píldoras del día después), el matrimonio para cierto tipo de sacerdotes, la consiguiente recuperación de los curas casados capaces de una acción pastoral y el sacerdocio de las mujeres (por el que ha roto una lanza el cardenal Lehman), que ayudaría a completar las tareas de cercanía al mundo de los “hermanos separados”.

Todas estas iniciativas llevarían a recuperarle a la Iglesia la credibilidad de la que hablaba el cardenal jesuita Martini. Y si se unen a un diálogo reformulado con la ciencia ayudarían a hallar una nueva frontera de consensos.

Por otra parte (pasada la persecución geopolítica contra la teología de la liberación, que la radicalizó y dividió) es preciso recuperar el pensar teológico no europeo y reactivar las comunidades de base, el trabajo de los laicos y la promoción de los jóvenes y las mujeres en el trabajo a favor de excluidos, migrantes, pobres y todos los que busquen a Dios. Todo esto es indispensable si se quiere hacer el gran viraje que permita asumir el mayor de los desafíos: la globalización.

Hay que moverse al ritmo de los problemas. La Iglesia debe dar por perdidas las batallas de la secularización y la posmodernidad. Son pocos los episodios totalmente marcados por la Iglesia. Wojtyla fue una pausa refrescante, pero su muerte trajo los interrogantes de la tercera revolución industrial. McLuhan triunfó y el inmenso mundo quedó convertido en una “aldea global”. La globalización arrancó por el mercado, desde la Iglesia se pidió globalizar la solidaridad, los pensadores desearon la globalización de la conciencia, se comenzó a globalizar la justicia y todo ello sacrificando soberanía, bien fuera territorial, espiritual o del pensamiento. Fue entonces cuando nació la conciencia de que la religión no escaparía de la tendencia. En esa dimensión trabajan movimientos y aun fuertes inteligencias católicas, como Hans Küng.

El cristianismo católico no puede negar el nacimiento del ‘humanitarismo’, un humanismo lleno de vigor, una religión secular que, ajena a lo sobrenatural, congrega, dimensiona los derechos humanos y, conscientemente, ignora a Dios, desafiando abiertamente la ‘catolicidad’ (palabra que expresa la voluntad de la Iglesia de ser global), que se perfila como la opción humanística de quienes creen en un ser supremo.

En Señor del mundo, R. H. Benson define esa lucha que debilita cada vez más a la Iglesia y traslada el polo de decisiones al ‘Vaticano’ laico de la ONU. Benedicto XVI se hizo a la tarea de aprestarse para esa confrontación y por ello diseñó la Nueva Evangelización. Habrá que esperar si el nuevo papa y su equipo comprenden la dimensión de esa herencia. De ser actuada con inteligencia y testimonios, la gran bifurcación permitirá equilibrar las religiones de lo sacrohumanista y de lo profanohumanista, y construir un mundo mejor.

La globalización de las religiones seguirá su marcha y su éxito se verá en la conservación de la vida en todas sus formas, creando los imperativos éticos de una nueva civilización. Estar allí es responsabilidad del nuevo pontífice, No estarlo, también. El tiempo tendrá la última palabra.

Un laico experto en el Vaticano

Guillermo León Escobar fue embajador de Colombia ante la Santa Sede durante ocho años y es consultor en el Pontificio Consejo para los Laicos, uno de los dicasterios que asisten al sumo pontífice.

GUILLERMO LEÓN ESCOBAR HERRÁN
Para EL TIEMPO

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