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28 de febrero 2013 , 04:28 p.m.

Llegan con las cuentas del teléfono, del gas y de la luz: mes por mes. Perturban. Reducen todo a un juego. Prueban que aún no ha terminado el larguísimo reinado de los asesores de imagen. Y después se van. Son las benditas encuestas que le preguntan a "la gente" -una muchedumbre que no solo va por ahí diciendo "sí" y "no" y "no sé"- qué opina de los líderes que están dando ahora mismo por televisión. En febrero de este 2013, por ejemplo, se han enterado de que la mitad de los colombianos no está confiando en el presidente Santos. Y que la campaña que concibió hace nueve meses para recobrar su popularidad ha engendrado a un candidato que desesperadamente quiere ser como el pueblo (y entonces baila con los olvidados de San Andrés, y viaja en Willys y toma tinto en fondas para conjurar la crisis cafetera), pero que baja y baja en los sondeos porque el pueblo no quiere ser como él.

Un día los líderes del mundo empezaron a arrodillarse ante sus propias cifras de popularidad. Marshall McLuhan salió de detrás de un biombo de los setenta, igual que en Annie Hall, y así lo predijo: "el político abdicará a favor de su imagen porque su imagen será mucho más poderosa de lo que él nunca será". Y en La inmortalidad, que leí durante aquel apagón del publicitado gobierno de Gaviria (que llegó al poder, igual que Santos, a hombros de una imagen gigante: de un legado), Milan Kundera reconoció que "la gente" prefería reaccionar a las encuestas a enfrentarse a lo que un gobierno estaba haciendo en verdad. "Podemos hablar de la transformación de la ideología en imagología", escribió. "Como la realidad es para el hombre de hoy un continente cada vez menos visitado y menos amado, los veredictos de los sondeos se han convertido en una especie de realidad superior".

Subrayé una frase más: "y, aunque sé que lo humano es perecedero, no soy capaz de imaginar qué podría acabar con este poder".

Con el poder de los "imagólogos", con el poder de los sondeos: que hoy está en manos de todos, sí, pues más del 80% de los colombianos han puesto en escena su propia imagen -su propia celebridad perseguida por sus propios paparazis y cercada por sus propias mediciones de popularidad- en cualquiera de las inevitables redes sociales de internet, pero que por lo pronto, por ejemplo, sigue forzando a Santos a salir al país a la caza del prestigio perdido. No va a ser fácil que lo encuentre, no. Ha hecho, como Gaviria, un gobierno mediático con sus pasos en falso, sus buenas intenciones y sus reformas pendientes de una sociedad que se ha enseñado a sí misma a echarlo todo para atrás, pero, a diferencia de Gaviria, ha llevado a sus espaldas el juicio incesante, la tentación y la pesada obligación de hacerse reelegir.

Y sus palabras no han estado a la altura de los hechos: ni su uribismo ni su santismo han sido ciertos. Y su imagen de estadista digno de la portada de Time se ha ido devaluando porque de poco sirve hacer miles de anuncios en mangas de camisa y entregar miles de casas en las fotos -no pasa de ser una desesperada demostración de poder- cuando no se ha revelado una personalidad que suceda en la realidad, no se ha probado que se entienden los dramas que pasan en Colombia, ni se ha ganado a pulso la confianza de los colombianos. Que subrayan las frases que les dicen la verdad. Y mes por mes responden "sí" o "no" o "no sé" apenas les preguntan si confían en sus líderes, y sin embargo, más allá de las encuestas, en este apagón en el que los cafeteros reclaman alguien que por fin les dé la cara, en verdad se dedican a lo suyo, y lo suyo es trabajar y resistir, y también protestar, sí, que es su poder, pues está claro que un gobierno que haga la vida más fácil es un espejismo, pero también una promesa.

www.ricardosilvaromero.com

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