Homo Faber

Homo Faber

'Juntos, rituales y placeres y política de cooperación'.

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27 de febrero 2013 , 12:54 a.m.

Hace unos años decidí escribir tres li­bros sobre las habilidades necesa­rias para llevar una vida cotidiana satisfactoria. Me he pasado la vida exponiendo teorías, pero llegué a cansarme de la teorización entendida como ac­tividad de contenido propio. Tengo la sensación de que, aun cuando el mundo está atiborrado de cosas materiales, no sabemos utilizar adecuada­mente los objetos físicos y mecánicos. Por eso me gustaría reflexionar más a fondo sobre las cosas ordinarias, tarea nada novedosa, pues son mu­chos los filósofos que han explorado las habilida­des de la experiencia cotidiana, pero nueva para mí a estas alturas de mi vida.

Comencé con un estudio sobre la artesanía, el empeño de producir cosas bien hechas. ‘El ar­tesano’ se proponía mostrar la conexión entre la cabeza y la mano, y más aún, las técnicas que hacen posible el progreso de una persona, ya se dedique a una actividad manual o mental. En­tonces sostenía yo que hacer bien una cosa por el simple placer de hacerla bien es una cualidad que poseen la mayor parte de los seres humanos, pero que en la sociedad moderna no es objeto de la consideración que merece. Todavía hay que liberar al artesano que todos llevamos dentro.

Mientras escribía este libro me asombró la presencia recurrente de un capital social particu­lar implícito en la realización del trabajo práctico: la cooperación. La cooperación lubrica la maqui­naria necesaria para hacer las cosas y la coparti­cipación puede compensar aquello de lo que tal vez carezcamos individualmente. Aunque inserta en nuestros genes, la cooperación no se mantiene viva en la conducta rutinaria; es menester desa­rrollarla y profundizarla. Esto resulta particu­larmente cierto cuando se trata de cooperar con personas distintas de nosotros; con ellas, la coo­peración se convierte en un duro esfuerzo.

En ‘Juntos’ me centro en la sensibilidad para con los demás, por ejemplo la capacidad de escu­char en la conversación, y en la aplicación prácti­ca de esa sensibilidad en el trabajo y en la comu­nidad. Es indudable que escuchar con atención y trabajar en armonía con los demás implica un aspecto ético; sin embargo, concebir la coopera­ción tan solo como algo positivo desde el pun­to de vista ético entorpece su comprensión. Así como el buen científico-artesano puede dedi­car sus energías a producir la mejor bomba ató­mica posible, también se puede colaborar con toda eficiencia en un robo. Además, aunque la cooperación se deba a que nuestros recur­sos propios no nos son suficientes, en muchas relaciones sociales no sabemos exactamente qué necesitamos de los demás, ni qué deberían ellos esperar de nosotros. Por tanto, he trata­do de explorar la cooperación enfocada como una habilidad. Como tal, requiere de los indivi­duos la capacidad de comprenderse mutuamen­te y de responder a las necesidades de los de­más con el fin de actuar conjuntamente, pero se trata de un proceso espinoso, lleno de dificulta­des y de ambigüedades, y que a menudo tiene consecuencias destructivas.

Me queda por delante la última etapa de mi proyecto: un libro sobre la construcción de las ciudades, algo que hoy no se hace demasiado bien; el diseño urbano es una habilidad en peli­gro. Físicamente, una parte demasiado impor­tante del diseño urbano es homogéneo y for­malmente rígido; desde el punto de vista social, a menudo las formas modernas de edificación solo tienen en cuenta una débil huella de expe­riencia personal y de experiencia compartida. Desgraciadamente, las quejas de este tipo son muy comunes...

He bautizado estos tres libros como el ‘pro­yecto del Homo faber’, inspirado en la antigua idea según la cual el Hombre es producto de sí mismo, creador de la vida por medio de prácti­cas concretas. Mi interés estriba en relacionar la formación del esfuerzo personal, los vínculos sociales y el medio físico. Pongo el énfasis en la habilidad y la competencia porque, a mi jui­cio, la sociedad moderna está descualificando a los individuos en lo que respecta a la conducta en la vida cotidiana. Tenemos a nuestra dispo­sición muchas más máquinas que nuestros an­tepasados, pero menos idea de cómo utilizarlas con provecho; disponemos de mayores medios para conectarnos con otras personas gracias a las formas modernas de comunicación, pero sa­bemos menos de cómo comunicarnos bien. La habilidad práctica es más una herramienta que una salvación, pero sin ella los problemas del Sentido y el Valor son meras abstracciones.

El proyecto tiene un núcleo ético, cuyo foco es precisamente en qué medida podemos con­vertirnos en dueños de nuestro destino. En la vida social y en la personal, todos terminamos tropezando con los límites del deseo y de la vo­luntad, o con la experiencia de que las necesi­dades de los demás son incompatibles con las nuestras. Esta experiencia debería enseñarnos a ser modestos y, de esa manera, promover una vida ética en la cual reconozcamos y honremos lo que nos trasciende. No obstante, nadie po­dría sobrevivir como criatura pasiva privada de voluntad; hemos de intentar, al menos, ser autores de la vida que vivimos...

POR RICHARD SENNETT

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