Elogio de la ignorancia

Elogio de la ignorancia

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26 de febrero 2013 , 01:11 p.m.

En la cocina, trato de explicarle a la empleada cómo preparar el pollo a la Marengo, creado por Durand para Napoleón. "Tú sabes quién era Napoleón, ¿verdad?". La pregunta sobra, pienso yo, porque la chica tiene un título de bachiller obtenido en La Mojana, su tierra natal. La respuesta sorprende. "Claro, ese fue uno de esos militares que acompañaban a Bolívar".

Uno se puede asombrar, pero me dicen que hace unos meses hicieron una pregunta similar a treinta personas que merodeaban un supermercado de la calle 85, y solo cuatro personas supieron quién fue Napoleón. Por lo tanto, nuestra ignorancia nacional no está en las tierras lejanas. También está en el centro del país y en las grandes ciudades. Más aún, es promovida.

El país, en una época, buscaba que las ciencias y las humanidades fueran el orgullo de nuestra patria y sacábamos pecho con aquello de "Bogotá es la Atenas suramericana". Esto ya es un sarcasmo. Hoy parece lo contrario, pues domina la diosa de la ignorancia, cada vez más loada, más extendida y más practicada.

Nuestra sociedad va a marchas forzadas hacia la estupidez gracias al elogio permanente de la ignorancia y al desprecio de todo lo que suena a pensamiento, teoría o conocimiento profundo. A veces es necesario recordar que cerca de 1 de cada 10 colombianos de más de 15 años es analfabeta.

En el año 2005, la población en edad de trabajar solo leía 1,6 libros al año. Ese promedio fue de 2,4 libros, cinco años antes. Ya veremos qué nos dice el último estudio, próximo a salir. Y si se cree que la baja lectura de libros se debe a la lectura de internet, resulta que los estudiantes colombianos son los que menos entienden al leer en internet, comparado con otros 18 países.

Por supuesto, todo esto tiene su origen en un sistema educativo deficiente, relativamente estancado y dominado por teorías especulativas de la educación, por encima de la práctica educativa.

Nuestra deficiencia de lectura, de conocimiento y de análisis no se debe solo al sistema educativo. Este es víctima de su propio medio, de la sociedad en la cual se desarrolla o vive en letargo. Los verdaderos educadores o distorsionadores de la educación están fuera de las aulas. Están, sobre todo, en los medios de comunicación, especialmente radio y televisión, y, a una escala muy menor, puesto que poco se lee, en los periódicos y revistas.

La función de los medios ha superado la idea romántica del intermediario entre los hechos y el público. La concepción de mensajero, de ángel que trae las nuevas, ha desaparecido. Los grandes medios son agentes de promoción económica, son los difusores de las ideologías, direccionan y amañan el análisis de la realidad, política y social.

Nos dicen a dónde vamos, pero sobre todo a dónde debe ir nuestra sociedad, qué debemos consumir, qué relaciones con el extranjero debemos establecer, quién es justo y quién es doloso, crean héroes e ídolos para destruirlos después. Modelan el lenguaje, fijan los errores del habla.

Además, como son dominantes en la relación con el gran público, con el ciudadano, son mucho más potentes que los volantes oficiales o que las prédicas religiosas; todo lo tratan y desarrollan a su modo. Y su manera está basada en colocarnos en el rasero más bajo de la cultura, de la información y del pensamiento.

Los medios de comunicación buscan las mayorías y son víctimas de ellas. Decidieron que la gente no es culta, ni entiende. Según ellos, debe hablarse con la mayor estupidez para atraer las masas. El conocimiento solo es el de las encuestas, la apariencia supera el contenido, la verdad es la que se emite, no la que se investiga y comprueba. El trabajo y esfuerzo de los medios está centrado en el elogio de la ignorancia. Y la gente lo cree así, los sigue y los aprueba.

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