De princesita a Emperatriz

De princesita a Emperatriz

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26 de febrero 2013 , 05:12 p. m.

Nunca he podido comprender las razones por las cuales en español las biografías de personajes históricos no son tan populares como en inglés. Algunos editores afirman que en español no se venden muchos ejemplares, y a Hispanoamérica llegan traducciones de biografías publicadas con éxito en Inglaterra, Francia y EE.UU. La primera que leí fue la de Catalina la Grande (1977). Era una edición bien cuidada del Círculo de Lectores de Henri Troyat (1911-2007) y me la trajo uno de los vendedores que tocaban las puertas ofreciendo ejemplares y buenas promociones. Por una biografía de Catalina me encimaron a ‘Pedro el Grande’ y me hice socio del Círculo. En mi adolescencia dediqué muchas horas a las biografías, y me entretenían porque las leía como si fueran grandes aventuras. Más tarde descubrí que el verdadero nombre de Troyat era Lev Aslanovish Tarasov, ruso de origen armenio, alemán y georgiano, criado en París, quien dedicó gran parte de su existencia a las biografías de escritores rusos y franceses del siglo XIX.

La vida de Catalina II la Grande de Rusia (1729-1796), además de ser uno de los temas en la obra de Troyat, también inspiró una de las más recientes biografías de la emperatriz rusa. Se trata de ‘Catalina la Grande, retrato de una mujer’ de Robert K. Massie. Es un autor estadounidense graduado en historia americana de la Universidad de Yale e historia europea de Oxford. Ha investigado a fondo a la familia imperial rusa. Entre los títulos de sus libros se destacan ‘Pedro el Grande’, ‘Alejandra y Nicolás’ y ‘Los Romanov’.

Cuenta la historia de una princesita alemana, bautizada como Sofía Federica Augusta Anhalt Zerbst Holstein Gottopt, nacida en el pueblito de Stettin, Pomerania, y que llegó a ser corona- da en 1762 como emperatriz, autócrata de todas las Rusias. No deja de llamar la atención cómo una muchachita, sin gracia, flaquita, de la baja nobleza alemana, que no hablaba ruso ni era religiosa ortodoxa hubiese llegado a ocupar el máximo cargo y cambiara el curso de la histo- ria rusa, solo comparada con la labor de su an- tecesor Pedro el Grande y en Europa con Isabel I de Inglaterra. Solo el trabajo de Pedro y Cata- lina eclipsó lo que realizaron los 14 zares y em- peratrices de la dinastía Romanov durante 300 años. Pedro importó tecnología y formas de go- bierno a Rusia, mientras que Catalina llevó el espíritu europeo a San Petersburgo. Con gran habilidad y elegancia aprendió la lengua, se con- virtió a la Iglesia ortodoxa y se hizo querer de los militares y el pueblo. De los europeos trajo a los palacios de madera rusos a los mejores maes- tros de pintura, arquitectura, escultura, litera- tura y filosofía. Se carteó con Voltaire y Diderot.

Pedro el Grande creó la primera fuerza naval y organizó el ejército ruso. Catalina logró reu- nir la mejor colección de arte europeo de la épo- ca, cuyas obras todavía se pueden apreciar en el Hermitage. La monarca fundó hospitales, es- cuelas y orfanatos. Impulsó el desarrollo de las ciencias; por ejemplo, en medicina trajo a docto- res franceses y alemanes y convenció a la mayo- ría de la población, 90% analfabeta, que se va- cunara contra la viruela. Al mismo tiempo fue excelente estratega militar, política, apasionada jinete, consumada intrigante y entregada a sus amantes, a tal punto que en recompensa por su amor les dio miles de siervos y tierras a Orlov, Poniatowski, Potemkin y Zubok, entre muchos, que la acompañaron en las alcobas de palacio y durante momentos cruciales como la subleva- ción campesina de Pugachov (1773), aplacada con furia y centenares de muertes por los milita- res. Cuando la soberana murió la Rusia imperial poseía más de 2 millones de siervos,cifra superior a la de su predecesora la emperatriz Isabel, hija de Pedro.

‘Catalina la Grande’, biografía ganadora de los premios Andrew Ca r negie, meda lla de excelencia en el género de no ficción y del pre- mio Jacqueline Weld en biografía, 2012. El duque de Buck inghamshire, embajador inglés en Rusia (1762-65) la describió en una de sus cartas como una mu- jer auténtica y una gran emperatriz. Dudo que ningún diplomático del siglo XVIII en la corte imperial se hubiera atrevido a decir lo contra- rio, después de que destronó al pusilánime Pe- dro III, su marido, y con el apoyo incondicio- nal de los hermanos Orlov lo apresó y comandó las tropas, que la proclamaron como ‘la gran madrecita’ y salvadora rusa o la ‘Semíramis del norte’, como la llamaría el mismo Voltaire, nombre que utilizó también él para la empera- triz Isabel de Rusia.

ESTRATEGA MILITAR, POLÍTICA, AMIGA DE VOLTAIRE Y DIDEROT, ADMIRADORA DEL ESPÍRITU EUROPEO, LAS ARTES Y LAS LETRAS. INTRIGANTE, APASIONADA, GENEROSA Y TEMIDA.

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