Cuando ser iluso no era un pecado

Cuando ser iluso no era un pecado

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25 de febrero 2013 , 10:47 a. m.

El día que leí en el primer párrafo de un libro que "la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico" comprendí que la literatura no era una camisa de fuerza.

Que podía contar historias y al mismo tiempo plantear juegos. Que podía darles cabida al pensamiento, a la filosofía. Que no necesitaba hablar de héroes o de personajes fantásticos para ser interesante: que la vida de los ciudadanos comunes y corrientes merece atención, que todos tenemos una historia que puede ser contada -el punto es saber hacerlo-, que las aventuras de los caballeros andantes se libran ahora en las calles, y que los molinos de viento a los que antes se enfrentaban bien pueden ser ahora los cobradores de impuestos o los amargados que viven en el otro lado de la calle.

Sí, cuando leí el primer párrafo de Rayuela, cuando la seguí leyendo sin parar, cuando me trasnoché varias veces para acabarla lo antes posible, fue como si algún buen proyectil -el que activa la imaginación, el de la inspiración, el de las ganas de pensar en las utopías- explotara en mi cabeza.

Rayuela, la obra cumbre del argentino Julio Cortázar, acaba de cumplir cincuenta años de haber salido a la luz y sigue ocupando un lugar preponderante en la literatura latinoamericana. Sigue siendo motivo de estudio en universidades de aquí y de allá. Sigue inspirando a enamorados, sigue desvelando a lectores, sigue animando causas.

Entre las muchas cosas que aprendí de Rayuela fue que aun en la narrativa debía ser protagonista la poesía. Y, en ese orden de ideas, no hay duda de que Rayuela es un gran poema contemporáneo. Un poema que nos permite recorrer ese París de la década previa a mayo del 68, cuando la vida se medía con otras reglas, cuando el consumismo aún no había ocupado todos los espacios, cuando todavía era posible soñar con mundos mejores, más justos y más bellos. Cuando ser iluso no era un pecado.
Vivir París con alma de argentino, con alma de latino: eso también es Rayuela, y ahora recuerdo con emoción las buenas horas que disfruté de la mano de Cortázar en algún banco de los Jardines de Luxemburgo. Ahora recuerdo las caminatas sin aparente rumbo por las calles del barrio Latino, pensando que en cualquier momento podría aparecer la Maga.

Hay libros que nos cambian la vida para bien, y Rayuela fue uno de esos. Lo agradezco, lo celebro y lo recomiendo.

@quirozfquiroz

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