A la cama también va uno a gritar / Sexo con Esther

A la cama también va uno a gritar / Sexo con Esther

'Nada más soso que una encamada en silencio. No hay razón para abstenerse de gritar, gemir (...)'

23 de febrero 2013 , 04:51 p. m.

Nada más soso que una encamada en silencio. No hay ninguna razón para abstenerse de gritar, gemir, aullar, prometer, amenazar, ordenar y hasta suplicar durante el aquello.

Partamos de la premisa de que bajo las sábanas las manifestaciones de esta clase sí que se permiten, sin temor a represalias. Y es que pocas cosas hay tan afrodisíacas como ciertas palabras o los gemidos justo en medio de un polvo.

No en vano, la biología nos regala, con las ganas, la capacidad involuntaria de emitir sonidos cuando entramos en ambiente. En otras palabras, se trata de un bono que hay que usar.

Si lo sabremos las mujeres, que para estimularles hasta la punta del pelo a los señores, exageramos los gemidos. Una de las razones podría ser que traemos en los genes la información de que algunos machos eyaculan más rápido si escuchan el rítmico y profundo “sí, sí, sí... ahhh, ahhh, ahhh...”.

Tampoco es exagerado decir que nosotras tenemos en la oreja otro órgano sexual. De hecho, escucharlos, señores, puede llegar a ser arrebatador; me refiero, claro, a la voz bien modulada, al tono justo y a la palabra certera dicha en el momento preciso, cualquiera que ella sea... lo demás son bobadas que se dicen por decir, al estilo de “eres la mujer que siempre quise tener a mi lado”, “por ti sería capaz de ir a la Luna” o “mírame a los ojos para que estemos seguros de que esto es real”. Entiendan señores que si para ustedes un “¡Oh, por Dios!” repetido sin cesar los lleva a las nubes, nuestras ganas se nutren, y de qué manera, con frases y palabras que nos hacen sentir muy mujeres: “Qué buena estás”, “Eres la mejor en esto” o “Siento que me muero”.

Puede que no sea cierto, pero cómo suenan de bien frases como esas y cuánto estimulan en el momento justo. Casi lo mismo, debo decirlo, que los gemidos femeninos a los hombres, que se derriten con ellos, incluso cuando son fingidos. ¡Hasta luego!

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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