Secuestrar no paga

Secuestrar no paga

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19 de febrero 2013 , 01:51 p. m.

Es ya antigua en la historia humana la perversa práctica de secuestrar personas para pedir un rescate por su liberación, bien de carácter político, económico, personal o de cualquier otra índole.

Hasta hace poco tiempo, el Código Penal sancionaba el delito de rapto cuando alguien retenía o arrebataba a una mujer para casarse con ella.

Se conocen numerosos casos (incluso llevados a distintas formas artísticas) sobre secuestro de personas de manera individual o colectiva, con finalidades políticas. Aun en guerras de liberación se utilizó esta práctica para obtener comportamientos políticos de los imperios.

Por años, el país vivió el flagelo del secuestro con fines económicos, hoy en buena parte erradicado por acción estatal.
En el conflicto armado, recuérdese que el M-19 implantó esta maldita práctica para obtener réditos políticos. Unas veces los obtuvo, otras no, como en el secuestro y asesinato de José Raquel Mercado, monstruosa equivocación de ese grupo guerrillero. Otra, el secuestro de una mujer del clan Ochoa, lo que originó el MAS, germen de ese macabro fenómeno paramilitar.

La toma de rehenes en la embajada dominicana en 1980 terminó de manera incruenta, cuando, con mano maestra, el gobierno Turbay liberó a los rehenes y permitió la salida hacia Cuba de los secuestradores, pero sin concederles liberación de presos políticos. De este episodio el M-19 salió relativamente fortalecido en estrictos términos mediáticos; pero la hecatombe del Palacio de Justicia, en 1985, lo enterró políticamente, por algún tiempo.

Pablo Escobar logró arrodillar a la sociedad y al Estado con sus secuestros selectivos, que llevaron a prohibir la extradición de nacionales.

Las Farc comenzaron a utilizar el secuestro extorsivo económico como fuente de financiación, que al lado del involucramiento en el narcotráfico infirió grave daño a sus objetivos políticos. Era extraño que una guerrilla marxista no asimilara las enseñanzas de Lenin sobre la condena del terrorismo como arma política. ¡Y es que nadie pudo imaginar jamás a Lenin, a Marx o a Engels con un bulto de coca al hombro!

La extorsión contra muchos ciudadanos y diversos sectores de la economía -en especial ganaderos- terminó afectando seriamente a la propia guerrilla y, en cierta forma, justificando el auge del paramilitarismo.

A fines de los 90, la toma como rehenes de políticos y miembros de la Fuerza Pública (en su gran mayoría soldados rasos y policías) quiso emplearse por las Farc y el Eln para conseguir ventajas políticas y militares.

Mientras hubo políticos secuestrados, atrajeron la atención de la prensa nacional e internacional. Cuando solo quedaron en la selva pobres muchachos que vestían uniforme militar, casi a nadie le importó su suerte. Aparte de convertirles la vida en un infierno a esos humildes hombres del pueblo, que dicen defender, nada ganó la guerrilla con esos secuestros que, llámeseles como se quiera, son crímenes de lesa humanidad.

En el actual proceso de paz y entre tantas esperanzas como abrigamos todos por su consecución, es miopía política de las Farc seguir secuestrando o "reteniendo", según su jerga, a miembros de la Fuerza Pública. Saben de sobra que no obtendrán ninguna concesión del Estado por su liberación y que así no se modifica la correlación de fuerzas. Cuando mucho consiguen el ya conocido despeje de horas para permitir la liberación de nuestros soldados y policías, su blanco principal.

Con su tozudez, les están dando argumentos a poderosos enemigos del proceso de paz, pero no obtienen ventajas políticas ni militares.

La insurgencia está en mora de desechar todo acto que mine la credibilidad del proceso. Y de admitir que, como dijo el embajador estadounidense y muchos lo creemos, "si se firma la paz, el país despegará definitivamente...". 

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