¿A quién conviene una Iglesia débil?

¿A quién conviene una Iglesia débil?

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19 de febrero 2013 , 05:16 p.m.

Qué fácil es, cuando el papa de la Iglesia católica deja el trono voluntariamente y dice que en ella hay "individualismos, hipocresía y divisiones", señalar con el dedo acusador a esta institución y decir que el templo de Salomón una vez más se ha derrumbado. Lo que ha ocurrido es un 'bocatto di cardinale' para quienes, como yo, hemos sido críticos de tantas posturas de la Iglesia que -a mi juicio- tanto daño han hecho, por ejemplo, frente a la anticoncepción, el aborto, la posición sumisa de la mujer y, sobre todo, su silencio cómplice ante el incesto y la pederastia...  Me cansé de ver a niñas violadas dando a luz a los 10 u 11 años, porque la Iglesia dice que "es pecado interrumpir una vida", como si la vida de ellas no fuera más importante que la de un embrión... Me cansé de ir a misa esperando de un sacerdote posturas renovadoras. Pero...

... pero la renuncia del papa Benedicto no me inspira más críticas a la Iglesia católica ni a él como sacerdote. Ya sabía -o mejor, sabíamos-  que en el Vaticano hay individualismo y ansias de poder, y, en nuestro caso, la historia del cardenal Alfonso López Trujillo nos lo demostró con creces. Conocíamos que en el Vaticano hay divisiones entre conservadores y reformistas. Incluso, he llegado a pensar en si no estamos ante la posibilidad de un sismo como el que ocurrió en el siglo XVI con el monje Lutero. Pero ¿a quién conviene una Iglesia débil o derrumbada? ¿Salimos corriendo los católicos detrás de otras religiones que ocultan el rostro a las mujeres  y les cortan el clítoris? Lo que necesitamos es una Iglesia católica reformada, que deje atrás sus estructuras medievales y no una Iglesia destruida, ni crucificada. Eso es lo que tenemos que pedir y, en ese camino de cambio, apoyarla.

A mí la dimisión-renuncia del papa Benedicto no me hace cuestionarlo a él sino admirarlo y llego a pensar que, de verdad, él, teólogo supremo, con una inteligencia analítica y totalmente sano mentalmente, puede estar a la cabeza de un sismo o de un cambio total de esa corte barroca encerrada en el Vaticano. ¿Logrará calladamente y confinado en un monasterio hacer lo que no pudo como papa? Un exsacerdote muy importante en este país me dijo un día: "Los cambios en la Iglesia no se dan porque el sacerdote que levante la voz para pedir reformas es acusado y se lo priva del privilegio del ascenso hacia la cúpula". Entonces, si Ratzinger ya llegó a la famosa cúpula y no tiene nada que perder, ¿qué le impide ahora promover cambios estructurales moviendo un ala reformista, así sea con él a la sombra?

Otra reflexión que me ocasiona lo que ocurre en Roma es, una vez más, cuestionar la forma "mediática" como trabajamos los medios de comunicación; la facilidad con la que levantamos ídolos o hacemos humaredas, sin ir al fondo real de los problemas y sus soluciones. Ratzinger hace mucho tiempo venía lanzando un SOS, pero no nos dimos cuenta porque lo habíamos vestido con el ropaje de ultraderechista y esa era la única mirada posible sobre él. No levantamos la voz para apoyarlo en la batalla que estaba dando en el seno de la Iglesia para destapar las ollas podridas que mantuvo enterradas Juan Pablo II, como es el caso de los sacerdotes y altos jerarcas acusados de pederastia. Lo criticamos cuando en África dijo no a los preservativos, pero se nos olvidó analizar las repercusiones de lo que dijo sobre el tema al  periodista Peter Seewald, en el libro 'La luz del mundo': el uso de preservativos en determinados casos "puede ser un primer paso para abrir la vía a una sexualidad más humana, vivida de otro modo". Con esas palabras abrió una puerta que ya la Iglesia no puede cerrar.

Tampoco nos detuvimos en una frase suya que -de profundizarse de su mano- hubiera permitido a la Iglesia decirse verdades públicamente y enderezar caminos: "La moral sexual representa un capítulo particularmente oscuro y trágico en la historia del pensamiento cristiano". En la 'Encíclica Spe Salvi', presentada en el 2007, había llamado al cristianismo a la autocrítica, pero ni el Vaticano mismo lo escuchó. Y en esa misma encíclica dijo palabras sabias contra el capitalismo rampante y fracasado de Wall Street y contra los intentos por revivir el comunismo en algunos países: un progreso basado en el mero materialismo es una amenaza y la experiencia del marxismo nos ha mostrado claramente que "un mundo sin libertad no es un mundo bueno".

Paradójicamente, Ratzinger, el llamado ultraconservador, está logrando con su salida lo que no pudo hacer en su papado: sacudir los cimientos de la Iglesia enclavada en Roma que, por culpa de sus errores, está perdiendo la tarea más importante de la religión, tarea definida por él así en el libro 'La sal de la tierra', escrito por el periodista Peter Seewald: "Es la relación del hombre con el Desconocido, y al que la fe llama Dios". En otras palabras: llevar a la gente a enamorarse de Dios. Ojalá la Iglesia resulte renovada de todo esto. Ojalá la inteligencia de Ratzinger y su valentía hagan el milagro esperado por los siglos de los siglos, amén.

 

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