La historia del bikini, entre la sensualidad y la prohibición

La historia del bikini, entre la sensualidad y la prohibición

Remontarse a la historia de ese traje femenino es revivir tiempos de escándalos y censura.

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19 de febrero 2013 , 01:08 p.m.

En 1908, la nadadora australiana Annette Kelleman estuvo al borde de ser arrestada por la policía de Boston. ¿Su delito? Cruzar el río Hudson luciendo un bañador que tenía el descaro de mostrar los brazos, el cuello y las piernas. El escándalo plagó entonces las portadas de los diarios. Pero dos años más tarde, ese modelo ajustado al cuerpo se convirtió en el último grito de la moda.

Para entender la historia del traje de baño se debe partir aclarando que el mar o los ríos no siempre fueron considerados como un lugar para nadar o bañarse, ni la playa para disfrutar del sol. Una colección privada del Museo de la Moda de Santiago de Chile que nunca se ha mostrado al público, sin embargo, da fe de que este atuendo lleva siglos dando que hablar.

Si bien hay registros de trajes especiales para los baños públicos en la antigüedad, con la caída del Imperio Romano el gusto por el agua declinó, salvo para fines higiénicos. En el siglo XVII aparecieron tímidamente los primeros balnearios en Francia e Inglaterra. Con la Revolución Industrial, las nuevas clases trabajadoras comenzaron a hablar de sindicatos, tiempo libre, vacaciones y recreación, y los trenes permitieron viajar a lugares más alejados.

A pesar de eso, incluso en el siglo XIX, ir a la playa era una empresa de proporciones: hombres y mujeres se instalaban en forma separada en verdaderas carpas para evitar el contacto con el sol. Los bañistas se sumergían en el mar por motivos terapéuticos más que recreacionales, pues los médicos lo recomendaban como una actividad positiva para la salud.

Fue recién hacia la década de 1880 que nació el primer traje dedicado exclusivamente al baño de mar. Consistía en un pesado conjunto de seis piezas con gorro, túnica y pantalones de lana o algodón en texturas livianas.

"Bañarse en el mar era todo un acto de audacia; las mujeres lo hacían a escondidas, tapadas de pies a cabeza. Más que bañarse, únicamente se mojaban cerca de la orilla, ya que sus trajes pesaban demasiado. También eran amarradas con cuerdas para que no se hundieran con las olas", dice Acacia Echazarreta, curadora del Museo de la Moda de Santiago de Chile.

Revolución de la silueta

Los historiadores de la moda ven una estrecha relación entre el avance de los derechos de la mujer y la reducción del tamaño de los bañadores. Luego de que Annette Kelleman, la nadadora australiana, popularizara el traje de baño de una pieza, los cambios se apresuraron. Los diseños dejaron atrás las formas de la ropa cotidiana y comenzaron a apegarse al cuerpo. Por otra parte, la natación comenzó a masificarse como deporte, lo que exigió menos tela y mejores materiales.

En 1910 nació en Portland, Estados Unidos, la fábrica Jantzen, que confeccionó sus bañadores con un material similar a la goma y que tenía la ventaja de no absorber una gran cantidad de agua. En verdad, Carl Jantzen y los hermanos Juan y Roy Zehntbauer habían fundado su empresa para producir suéteres de lana, pero el panorama cambió para estos jóvenes cuando el Club de Remo al cual pertenecían les encargó la confección de un traje más elástico y suficientemente temperado como para remar por el río Willamette.

Lo lograron. Y con ello lanzaron a la fama un traje de baño más deportivo, tanto para hombres como para mujeres. En sus campañas publicitarias, aparecidas en revistas como 'Vogue' o 'Life' en los años veinte, usaban la denominación 'swimming suit' en vez de 'bathing suit', oficializando un cambio de paradigma a nivel global: el agua ya no era solo para "mojarse".

Pero no todo era tan libre para las señoritas de los años veinte. Si bien los trajes eran apegados al cuerpo, en algunas playas la policía medía a punta de regla el largo del bañador, el que no debía superar los 15 centímetros sobre la rodilla. Sin embargo, los trajes ya se confeccionaban con finos tirantes y mostraban parte de la espalda.

Acacia Echazarreta cuenta que en esa misma época la diseñadora Coco Chanel popularizó el tono bronceado.

"Se pone de moda el maquillaje y en los balnearios las mujeres comienzan a tomar sol. Luego, en la década de 1930, se permite el nacimiento de un traje de dos piezas", explica la curadora del Museo de la Moda.

Entre 1940 y 1960 el traje de baño fue la pieza perfecta para expresar diferentes estilos en el vestir. En el cine, estrellas de Hollywood como Marilyn Monroe o Rita Hayworth apelaron a la sensualidad de la lencería, luciendo bañadores de una o dos piezas complementados con tapados largos.

"El fenómeno 'pin-up' de los cincuenta se asocia con las mujeres guapas y sensuales de los calendarios, quienes comienzan a aparecer más desvestidas. Las estrellas de Hollywood posan para las portadas de las revistas de moda en trajes de baño de lujo, con aplicaciones de brillantes o materiales como el látex dorado", dice Acacia Echazarreta.

Las playas se convierten en verdaderas pasarelas y se comienzan a fabricar trajes de baño para los diferentes momentos del día: de tarde, de noche, los que se complementan con falditas, tutús, vestidos y salidas de baño.

Un diseño explosivo

En 1962, la actriz Ursula Andress conmocionó el público internacional saliendo del agua con un sensual bikini blanco en la película de James Bond 'Dr. No', con lo que este minúsculo traje de dos piezas adquirió fama mundial.

Pero, en realidad, el bikini había aparecido años antes. Quien lo presentó fue un ingeniero francés llamado Louis Réard. Mostró ese diseño el 5 de julio de 1946, cuatro días después de la gran explosión nuclear ocurrida en el atolón de Bikini, en el Pacífico Sur. Como ninguna modelo había accedido a usar tan indecoroso diseño, Réard tuvo que recurrir a Micheline Bernardini, bailarina de 'striptease' del casino de París, quien presagió que su lanzamiento sería "más explosivo que la bomba de Bikini". El nombre de la prenda quedó para siempre.

El bikini dejó estragos y abrió debates sobre el cuerpo de la mujer y las formas de desnudez. En muchas playas de Estados Unidos y Europa se prohibió su uso, bajo amenaza de arresto. Pero también tuvo sus seguidoras. Una de ellas fue Brigitte Bardot, quien además de posar en sesiones fotográficas con este atuendo, en 1956 popularizó su uso en la película 'Y Dios creó a la mujer', dirigida por su marido, Roger Vadim.

En los sesenta, la revolución sexual, la píldora anticonceptiva y la minifalda irrumpieron con fuerza, por eso cuando Ursula Andress apareció en su bikini blanco, no fue de extrañar que se popularizara rápidamente.

La moda, sin embargo, seguiría sorprendiendo. En 1964, el diseñador estadounidense Rudi Gernreich lanzó su 'topless swimsuit' o monokini, traje de una pieza que llegaba a la cintura y dejaba totalmente descubiertos los pechos. El Vaticano denunció este atuendo. Gernreich tuvo que moderarse en los diseños posteriores, aunque alegando que "el sexo está en la persona, no en lo que se pone".

El monokini -en su versión más conservadora, que sí tapa los pechos- se hizo popular en los ochenta y, según Acacia Echazarreta, fue uno de los últimos quiebres en el diseño de bañadores del siglo XX.

"El monokini es tan reducido que parece bikini; las mujeres se lo rebajaban para broncearse y se lo volvían a poner para nadar. También se mejora muchísimo la tecnología, con secados más rápidos y telas más delgadas. Desde ahí nada impidió pasar rápidamente a la tanga y al 'colaless' actual", concluye Echazarreta.

Emilia de la Fuente
EL MERCURIO (CHILE)/ GDA

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