Balance carnavalero

Balance carnavalero

La investigadora social Lucero Martínez Kassab expone su punto de vista sobre la reciente fiesta.

17 de febrero 2013 , 06:32 p. m.

El dinero, que parece comprarlo todo, tiende unas trampas  mortales y burlonas. Cual bufón de la corte se desternilla de la risa cada vez que logra acomodar en los mal llamados palcos -son simples graderías - a personas  que dizque quieren vivir el Carnaval. Con dinero en mano, acceden gustosos al cadalso colocando la cabeza para la decapitación porque creen que pagando nada les será mutilado.

Engreídos de estar en lo alto de los andamiajes no perciben el escamoteo perpetrado por los comerciantes del espacio público, porque creen que sólo pueden perder el iPhone, el Rolex o los centímetros de sombra. Hay decapitaciones del alma, robo de los recuerdos, raponeo de la felicidad, zarpazos a la expansión del ser que los barranquilleros pudientes no se han dado cuenta pero, el pueblo sí.

Este sabe que el Carnaval se goza en la calle, en el bordillo, en los abrazos con  seres anónimos; en la despelucada furtiva y graciosa del vecino;  en el paisaje a lo lejos de banderas y sombreros, de faldas y  arandelas  que anuncian el baile de tú a tú con las bellas morenas   o el galanteo del hombre guapo con su risa que enamora.

Esas estructuras de hierro le cercenan a los incautos  de Barranquilla el acceso directo a la esencia del Carnaval pero, éstos no lo saben. Ignoran que les roban la entrega real en cuerpo y alma a cuatro días de utópica igualdad constriñéndolos a espacios de cuatro baldosas donde es imposible estrechar las manos arrugadas de las ancianas bailadoras de Galapa; danzar más allá de media cuadra bajo las sombrillas de Las Farotas de Talaigua; recibir los besos coquetos de niños y niñas bailarines de mapalé embelesados con la hermosura de mujeres universitarias que saltan al ruedo a mover con ellos sus pies; observar el flirteo sublime del joven humilde con la dama de  clase alta o del hombre distinguido con la espigada cumbiambera del barrio Carrizal; desplazarse a carrera por los andenes; besarse apasionadamente llenos de maicena en un rincón de la tienda de la esquina.

El pueblo -gentes de los barrios Abajo, Simón Bolívar, Rebolo, Las Nieves, entre tantos más- en cuyos corazones reposa la sabiduría, no se dejó encaramar en los gallineros, se quedó a ras de piso sin someterse a la disociativa vista perpendicular de los disfrazados, no renunció a comprar el sancocho donde la vecina, ni a tomar el licor que le provocaba, no formó líneas estáticas paralelas para los cuatro días sino círculos ondulantes de encuentro; no reemplazó su participación auténtica por el artificio de un desfile; no renunció a la verdadera hazaña carnavalera que es el olvido de las clases sociales fundidos todos en un mismo goce, como lo manda Dionisos, dios del éxtasis y la liberación.

Los palcos obstaculizan las expresiones culturales que hicieron posible que la UNESCO declarara al poético Carnaval de Barranquilla Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad y limitan la bobadita de construir para la vida memoria carnavalera.

luceromartinezkasab@hotmail.com

BARRANQUILLA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.