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El hombre que empuñó la razón para defender la fe

El hombre que empuñó la razón para defender la fe

Benedicto XVI, el papa erudito que no soportó las intrigas políticas del Vaticano.

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"Con Juan Pablo II, la gente venía a Roma para verlo. Con Benedicto XVI, para escucharlo". Esta frase, repetida en los mentideros vaticanos, contiene buena parte de los elementos que han marcado los casi ocho años de pontificado de Joseph Ratzinger, el 'papa de la razón'. (Vea el especial multimedia de la renuncia de Benedicto XVI)

Durante su tiempo en el timón de la barca de San Pedro, este alemán, que en el 2013 cumplirá 86 años, ha tenido un objetivo principal: volver a colocar a Dios en el centro de la vida de los hombres. Y ha ofrecido su mejor arma, el intelecto, para intentar detener la descristianización de Occidente. (Lea también: Benedicto, en 7 palabras)

En estos años no ha dejado de ser aquel profesor de teología que encandiló a sus alumnos en las universidades alemanas de Münster, Tubinga y Ratisbona. Su punto fuerte han sido siempre sus textos, ya sean sus tres encíclicas, sus libros sobre la vida de Jesús o su infinidad de homilías y discursos. En ellos recoge la gran tradición teológica alemana, más crítica y menos creyente, y la amalgama con las tesis de sus grandes maestros -San Agustín, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino-, para proponer una teología crítica y, al mismo tiempo, creyente. (Lea también: Este sería el perfil del líder espiritual que necesitan los católicos)

Tampoco ha dejado de ser un hombre sencillo, incluso campechano, hijo de un guardia rural y de una cocinera. Muy tímido, a veces se ha mostrado asustadizo ante la multitud, lo que contrasta con el torrente de energía y el poder mediático que desplegó Juan Pablo II hasta que la vejez carcomió sus fuerzas. La larga sombra del papa Wojtyla y las grandes diferencias -no doctrinales- entre ambos marcaron el corto papado de Benedicto. (Lea también: Secretos de un reinado de 2.000 años)

El que será conocido como Obispo Emérito de Roma llegó y se fue del solio pontificio de sorpresa, algo poco habitual en una persona como él, amante de la anticipación. Muy pocos contaban con que el cardenal Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio, iba a ser el elegido por los cardenales en el cónclave del 2005, tras la muerte de Juan Pablo II. (Lea también: 'No se inmiscuirá, pero tampoco va a sentarse a morir')

Ahora también se va por sorpresa. Aunque había contemplado esta posibilidad en una entrevista del 2010, nadie en los últimos seis siglos se había atrevido a usar esta vía, avalada por el derecho canónico. (Lea también: Balance de un corto papado)

La valentía con la que esta semana renunció, decisión que contrasta con la agonía y muerte públicas de su antecesor, también la ha exhibido durante su pontificado. El ejemplo más evidente es el tratamiento de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, uno de los temas más espinosos de estos ocho años. Con Ratzinger, la cultura del silencio tocó a su fin. Al eclesiástico pederasta ya no lo trasladan: ahora lo denuncian y lo condenan. (Lea también: El hombre que empuñó la razón para defender la fe)

En su lista de errores se destaca uno, que sigue la línea que mostró como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Si cuando se encargaba de mantener la ortodoxia no le tembló el pulso para exigirles silencio a los teólogos más progresistas, como papa ha hecho ímprobos esfuerzos para lograr la vuelta a la comunión con Roma de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por el arzobispo cismático francés Marcel Lefebvre. Llegó, incluso, a levantar la excomunión a los obispos de esta comunidad ultraconservadora, uno de los cuales niega el Holocausto. (Lea también: El papado no será lo mismo)

Como la mayoría de los europeos de su edad, Ratzinger padeció una de las mayores tragedias de la humanidad, la Segunda Guerra Mundial. Con su hermano mayor, Georg, también sacerdote y uno de los pocos que sabían de su renuncia, le tocó militar a la fuerza en las Juventudes Hitlerianas, a los 16 años. (Lea también: 'La Iglesia hallará su senda si se hace más humilde': Leonardo Boff)

"Antes de desertar del Ejército nazi, se encargó de los cálculos de tiro parabólico y terminó haciendo zanjas en un campo de trabajo forzoso", recuerda el religioso español Pedro Blanco, uno de sus biógrafos. En su concepto, la permanente lucha del Sumo Pontífice contra la "dictadura del relativismo" -según la cual los valores morales no son un absoluto, sino que dependen de la situación- se deriva del trauma que le produjo esa época. (Lea también: Las revelaciones del 'vatileaks')

Controversias y 'vatileaks'

Otras polémicas de su pontificado fueron motivadas por su posición respecto al uso del preservativo, unas declaraciones desafortunadas sobre el islam y las irregularidades en las cuentas del Instituto para las Obras de Religión, la banca vaticana. (Lea también: ‘Mi amigo el Papa': Darío Castrillón)

Sin embargo, el trago más difícil para Benedicto XVI en estos ocho años ha sido probablemente el caso 'vatileaks', en el que fueron filtrados a los medios documentos y cartas confidenciales que mostraban supuestas luchas de poder dentro de la Santa Sede. El 'topo' resultó ser su mayordomo, lo que provocó una gran conmoción en el papa, quien lo quería "como a un hijo". La amargura por esa traición y las rivalidades internas terminaron de convencer al Obispo de Roma, que ya se sentía sin fuerzas, de que su cargo no tiene que ser vitalicio. (Lea también: La guerra detrás de la renuncia)

En los 62 años que han pasado desde que fue ordenado, Ratzinger, nacido en la localidad alemana de Marktl am Inn el 16 de abril de 1927, ha sido casi todo: teólogo, perito del Concilio Vaticano II, arzobispo, cardenal y, finalmente, papa. Desde marzo, cuando se retire, podrá pasar más tiempo al piano, tocando a Beethoven y Mozart, o cuidando de sus gatos.

"Él ha dicho que va a rezar y a estudiar. Morirá en paz. Dejará hacer. Sabrá estar en un segundo plano. Es un hombre discreto", concluye su biógrafo.

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