El papado no será lo mismo

El papado no será lo mismo

De ahora en adelante la renuncia del obispo de Roma no será un tema intocable.

16 de febrero 2013 , 10:18 p.m.

Ciudad del Vaticano. Benedicto XVI cambió la historia de la Iglesia. Parece una afirmación obvia, pero el impacto de su renuncia al trono de San Pedro tiene una magnitud simbólica, jurídica y moral difícil de cuantificar a pocos días de su anuncio. Al decir "basta", Joseph Ratzinger se convirtió en el papa más revolucionario en siglos. Después de él, la dimisión de un pontífice ya no será un tabú. (Vea el especial multimedia de la renuncia de Benedicto XVI)

"Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie". En apenas dos líneas, el Código del Derecho Canónico, la ley fundamental de la Iglesia, reconoce la eventualidad de la abdicación. Cuando en 1983 Juan Pablo II lo aprobó, nadie pensaba que su artículo 332.2 pudiese utilizarse alguna vez. (Lea también: La guerra detrás de la renuncia)

Por historia y naturaleza, el cargo de vicario de Cristo es sacro. Para el imaginario colectivo el papado ni se rechaza ni se abandona, sino hasta la muerte. Pero desde el 11 de febrero estas certezas son del pasado. De ahora en adelante la renuncia del obispo de Roma no será un tema intocable. A favor o en contra, todos deberán reconocer su gesto como revolucionario. Con él pondrá el sello final a un pontificado tortuoso, marcado por crisis de gobierno y gestos valientes del pastor. (Lea también: Las revelaciones del 'vatileaks')

Siete años, 10 meses y ocho días. Eso habrá durado su ministerio cuando, el jueves 28 de febrero, inicie la "sede vacante". En abril del 2005, al comienzo de su servicio, afirmó no tener un programa de gobierno. Pero sus acciones lo pusieron rápidamente lejos de ser un 'papa de transición'. (Lea también: ‘Mi amigo el Papa': Darío Castrillón)

Durante su papado escribió tres encíclicas. Renovó prácticamente todos los altos puestos de la curia romana. Aunque algunos de sus colaboradores no estuvieron a la altura de las circunstancias. (Lea también: El hombre que empuñó la razón para defender la fe)

En 24 ocasiones realizó viajes internacionales. Pronunció discursos en la ONU y en el Parlamento alemán. Rezó en el Ground Zero, junto a las ruinas de las Torres Gemelas. Llenó la Plaza de los Inválidos, de París, en la nación más laica de Europa. Clamó por un Estado palestino en el corazón de la Tierra Santa. Convocó la paz entre musulmanes y cristianos en Líbano, justo cuando la revuelta árabe incendiaba los países africanos. (Lea también: El papado no será lo mismo)

Escribió Jesús de Nazaret en tres tomos, un libro que reencendió un aletargado debate teológico. Y, cuando lo propuso al gran público, no lo hizo desde la cátedra sino desde la silla del estudioso. (Lea también: 'No se inmiscuirá, pero tampoco va a sentarse a morir')

Promovió una "limpieza silenciosa", en el Vaticano y en la Iglesia. Forzó la renuncia anticipada de 81 obispos, una cifra nunca antes vista. Algunos de ellos, culpables de abusos contra menores, de desastres financieros, de rebeldía doctrinal o de mantener familias secretas. Sancionó a Marcial Maciel, pederasta fundador de los Legionarios de Cristo, o Fernando Karadima, carismático sacerdote chileno también abusador. Dos ejemplos de una estrategia amplia contra los curas pederastas. No solo abordó el tema en público, se reunió con las víctimas y les pidió perdón. Pero no logró erradicar del todo la cultura del silencio. Nada de ello fue suficiente para la prensa, que nunca le quitó la etiqueta de "encubridor". (Lea también: Secretos de un reinado de 2.000 años)

En los últimos casi ocho años, la Iglesia cambió de múltiples modos. Será tarea de los historiadores estudiar cómo. Porque, para el común de los mortales, Benedicto XVI será recordado como el papa que sorprendió al mundo con su renuncia. Y punto. (Lea también: Este sería el perfil del líder espiritual que necesitan los católicos)

ANDRÉS BELTRAMO
Corresponsal acreditado en el Vaticano. Escribe para el diario italiano 'La Stampa', de Turín.

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