'Crash'

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15 de febrero 2013 , 06:31 p. m.

El siglo XX fue el siglo de los carros. Y su herencia no es solo contaminación, autopistas atestadas hasta los bordes y maldiciones y "madrazos" para los alcaldes de turno; Roy Lichtenstein pintó -tal vez- la mejor imagen que se ha hecho de un auto: In the car. Todavía no hay una pintura más evocadora de lo que significa un Cadillac: una rubia cubierta con una seductora piel de leopardo, un hombre con las facciones de Supermán y un traje perfecto; pueden ir o volver de una fiesta, ¿qué importa? Toda su esencia -el lujo, el placer, el hedonismo- está concentrada en la cabina del auto.

Los pintores hiperrealistas -Richard Estes o el gran Don Eddy, por ejemplo- hicieron visible la luz que se estrellaba contra sus capotes y la belleza de sus curvas y sus diseños. El cineasta canadiense David Cronemberg fue más lejos con Crash, una intrigante película en la que sus protagonistas se excitan con los accidentes de tránsito, tienen sexo en los lugares de los siniestros y acarician las latas arrugadas de un carro con el mismo nerviosismo, la misma sensualidad, con la que acariciarían un cuerpo desnudo.

La obra de Sebastián Camacho en la galería El Museo (carrera 11 No. 93A-72) resume todo ese fetichismo y esa fascinación en cinco pinturas demoledoras. Camacho retomó el preciosismo de los hiperrealistas y pintó -con los detalles más insignificantes- una serie de autos estrellados sobre papel; tomó las imágenes de Internet y reprodujo cada vidrio roto y cada lata retorcida, pero -con la perversidad de Cronemberg- fue más allá: sus pinturas logran transmitir el ruido y el dramatismo de un accidente con víctimas fatales.

La primera pintura -recuerda Camacho- la presentó en una clase de pintura en Buenos Aires; todo el curso se reunió para ver el dibujo, cuando estuvo seguro de tener la atención de sus compañeros y del profesor, tomó la pintura entre sus manos y la arrugó. "¡¿Cómo la vas a dañar?!", gritó alguien. La magia de los cuadros está en esas arrugas que se confunden con las latas retorcidas, los guardabarros sueltos, las llantas fuera de su eje, los techos aplastados y las piezas del motor a la vista; Camacho logró que las arrugas fueran pictóricamente tan potentes como las líneas de su dibujo y añadió un elemento de realismo extremo: el azar. Sus arrugas tienen la fuerza destructora de un choque de buses; son tan dramáticas como la vida real. Y que la pintura logre esos efectos en pleno siglo XXI es algo que hay que celebrar.
Puntilla: muy buena exposición de Marcela Cárdenas en la galería Nueveochenta; la piel de conejo nunca tuvo tanto brillo.

@LaFeriaDelArte

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