'El lejano amor de los extraños', reciente libro de Tomás González

'El lejano amor de los extraños', reciente libro de Tomás González

Después de la novela, 'La luz difícil', el narrador colombiano publica ahora un libro de cuentos.

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14 de febrero 2013 , 08:56 p.m.

Lo vi por primera vez en Chía, cinco años atrás, cuando aún era un completo desconocido en el reducido mundo literario de nuestro país.

En ese entonces sus lectores, que más que otra cosa parecían un culto secreto, protegían su obra con recelo, como si estuvieran vigilando la eminente privacidad de un escritor al que no le interesaba en absoluto figurar. Ya todos reconocíamos su virtuosismo, la sobriedad de una escritura que no necesitaba extraviarse por los mismos caminos exaltados de un pasado literario marcado por el lujo, por el exceso.

Cuando entre amigos nos pasábamos sus libros, siempre dejábamos en el aire la misma advertencia: "Espere y verá.
Disfrute por ahora del placer extraño de los descubrimientos personales. Léalo, antes de que el manoseo del gran público, que todo lo daña, lo alcance".

Se trataba de la dolorosa certeza de que un escritor como González no podía permanecer oculto por mucho más tiempo. Ese día yo iba caminando por el mercado con el amigo que me había regalado su primer libro, Primero estaba el mar. De repente, siento que me jala la camisa y me dice en voz baja:

-Vea, ese es Tomás.

-¿Quién? ¿Tomás? ¿Cuál Tomás? -le pregunté.

Una barba canosa le cubría la mitad de la cara. Su mirada, concentrada en la elección de un producto cualquiera, como si en ello se estuviera jugando la vida, acechaba con el mismo asombro contenido con el que sus personajes admiran el mundo.

-El de Primero estaba el mar, el libro que le regalé hace ocho días -me dijo un poco exasperado por mi lentitud.

González pareció reconocerse en el sonido articulado del título de su primera novela. Nos miró fijamente, como un gato asustado.

Nosotros, que no queríamos molestar, nos dimos la vuelta y nos fuimos.

Tres años después me encontraba en Cachipay, en un templo de meditación zen fundado por un monje francés discípulo de Taisen Deshimaru, uno de los principales promotores del budismo zen en occidente. Llevaba una semana allí luchando contra una rutina difícil: una dieta lamentable de granos y vegetales, cinco sesiones diarias de cuarenta y cinco minutos en una posición insostenible mirando la pared mientras se asomaban los demonios personales uno a uno.

Al frente mío, el mismo paisaje que después reconocería en la finca del protagonista de La luz difícil, abriéndose profundo para el vuelo en espiral de los gallinazos que avisaban, por los torbellinos que formaban, la muerte de un perro, de una rata, un hombre.

Como en las novelas de González, los ecos de una violencia que se presiente en la lejanía sin llegar a tocarnos nunca. Ese era su mundo. Sin saberlo, yo estaba desandando los pasos de una obra que aún no había leído en su totalidad.

Al quinto día decidí marcharme. El monje encargado se atrevió a levantarme un poco el ánimo.

-Quédese otro día. Por lo general al quinto o sexto día el cuerpo va soltando las tensiones.

Me quedé. En todo caso en los primeros días se trata de hacer un diagnóstico. Y aunque ya de entrada el mío no era muy alentador (dolor de espalda, agotamiento, y una cabeza que no paraba de ir de un lado a otro), por lo menos había ido descubriendo, por mis propios medios y no sin cierta torpeza, algunas de las verdades esenciales de esta rama del budismo. Sobre todo una: la unidad mente-cuerpo. Y del modo más inesperado. En una de las sesiones mi cabeza agarró un vuelo insospechado y me dejó a solas con el deseo, con la imagen sostenida de una mujer.

Cuando tomé conciencia había perdido por completo la postura, parecía una gárgola encogida. El maestro se acercó, me corrigió la postura con tres movimientos fuertes de la mano.

A mi derecha, un señor mantenía una postura casi perfecta. Retomé, seguro de que nadie lo había notado y de repente me di cuenta de que aquel hombre de postura correctísima era Tomás.
La sesión terminó y González desapareció. Interrogué a los monjes sobre el personaje de aparición tan efímera. Nada se dijo. Seguía protegido por un silencio rotundo.

El último encuentro tuvo lugar en la Universidad Nacional de Colombia. Arribé temprano; me senté a esperar. González había llegado y, un poco perdido, preguntaba por el salón donde se suponía tenía que dar, creo, una de sus primeras charlas.

-¡Tomás! -le grité sin saber qué estaba haciendo, jaloneado por un impulso del que nunca me creí capaz.

Me miró y ambos nos reconocimos en una timidez insostenible de la que alguno se tenía que sobreponer para salir de ese instante tan incómodo.

De entrada uno podría decir que González no tenía el perfil propio del intelectual. Tampoco de esos escritores a los que les gusta coquetear con el poder. Un hombre sencillo, observador, atento, pensé. "Un ser vivo en la vida", como diría su tío Fernando, el autor de Viaje a pie. Esa vez me habló de su ejercicio creativo, del zen.
Luego, en la charla, le preguntaron por su fama de escritor esquivo.

-Lo primero era aprender a escribir, que es lo más difícil. Apenas ahora estoy aprendiendo a hablar -dijo González entre risas.

Después del éxito de su más reciente novela, La luz difícil, Tomás González publica ahora un libro de cuentos titulado El lejano amor de los extraños. Si bien hay algo así como una unidad temática que sostiene las historias -la dificultad del amor-, ya están allí consignadas todas sus obsesiones anteriores.

El lejano amor de los extraños es una síntesis perfecta de una novelística que, en su totalidad, parece un solo libro, habla un mismo lenguaje.

Desde el título de algunos de los cuentos -Brillo de la alegría imprevista, Resplandor de los ramos, La luz en el almendro, Sol sobre los cafetales- hasta las visiones momentáneas de casi todos sus protagonistas, cada historia de este libro parece construirse sobre una imagen muy precisa: de nuevo la luz, el mar, el esplendor de alguna planta. "A esto solo queda contemplarlo...
Mirar, sin parpadear, las cosas", dice uno de ellos. Es como si sus personajes nos quisieran recordar algo que todos hemos olvidado: que solo hay instantes. Y que están en cualquier lugar. Solo debemos permanecer atentos.

La suya es escritura muy apegada a los sentidos, que siempre está encarnando la paradoja (vida y muerte, luz y sombra), directa, que no les teme a los colores locales, que, por lo demás, no tiene jerarquías en cuanto a lo que vale la pena ser contado.

-¿Qué les diría usted a los jóvenes que quieren empezar a escribir? -le preguntaron una vez.

Tomás, serio, hizo una pausa trágica. Una eternidad. Todos quedaron esperando la frase definitiva, el máximo consejo. Y como si estuviera diciendo sus últimas palabras, como si hubiera desaprendido todo lenguaje y desde entonces ya no fuera a decir nunca nada más, responde:

-Muchas cosas -dijo, y calló.

Santiago Gómez
Especial para EL TIEMPO

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