Así se come en el barrio del Bronx

Así se come en el barrio del Bronx

¿Cómo se alimentan los habitantes de la calle en este sector de Bogotá?

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14 de febrero 2013 , 12:54 a.m.

El Bronx de Bogotá es un lugar lleno de mitos. Sus habitantes dicen que cuando se eleva una columna de humo en el sector es porque mataron a alguien. “Morraco, hay morraco”, gritan algunos cuando ven las ollas gigantes de carne sudada. Otros dicen que los huesos de las víctimas son triturados hasta hacerlos polvo, para luego mezclarlos con el bazuco en un rito de brujería que busca aumentar las ventas. (Vea las imágenes del restaurante comunitario en el Bronx).

Pero lo cierto es que en el Bronx las opciones son pocas: se puede escoger entre un “combinado”, que consiste en arroz y fríjol o arroz y lenteja y lo sirven por $500 envuelto en papel periódico u hojas de directorio telefónico, o en buscar en las canecas de basura del sector. Algunas veces los recicladores consiguen sobras de panadería o carnes frías vencidas y las venden al menudeo. El acompañamiento ideal es un agua de panela, que se consigue por $200.

John Jairo Álvarez sabe muy bien cómo es comer en el Bronx. Una vez vio que una pareja peleaba en un parque y el hombre echaba a la caneca una bolsa. Ese pollo asado fue lo más rico que comió en los diez años que vivió en la calle. “Estaba calientito”, recuerda, sentado en el comedor comunitario del Bronx, que dirige desde que abrió sus puertas el 13 de diciembre de 2012.

En otra ocasión, en sus años de drogadicción, se comió una carne tan podrida que estaba llena de gusanos. Cuando llegó al Hospital San Juan de Dios por intoxicación no lo atendieron porque no tenía EPS. Se curó gracias a un agua de apio que le dio una mujer en la desaparecida calle del Cartucho. En otra ocasión, después de que le metieron ocho puñaladas por quejarse de la calidad de la droga que le vendían en la olla, tampoco lo atendieron en el San Juan de Dios. Se curó echándose el humo de la marihuana en las heridas, ceniza de cigarrillo y telarañas.

Por eso, cuando John Jairo presentó la licitación para la Secretaría Distrital de Integración Social, supieron que habían encontrado al hombre indicado. Nadie mejor que él para saber cuáles son los hábitos y qué les gusta comer a los habitantes de la calle.

En primer lugar, el comedor debía tener las sillas clavadas al piso, para que no pudieran levantarlas ni golpear a nadie con ellas en un ataque de rabia. Tampoco podían darles carné a los usuarios del comedor, como se hace en condiciones normales. Si eso si hiciera en el Bronx, los habitantes de la calle lo venderían o lo alquilarían. Y la ley natural de lavarse las manos antes de comer tampoco podía ser la regla: “cuando viví en la calle, en una ocasión duré ocho meses sin bañarme. Por eso, sé que si a un habitante de la calle le dan un grifo con agua eso terminará en un baño completo”, afirma John Jairo.

Por último, las porciones deben ser muy grandes. Si una persona normal queda llena con cerca de 400 gramos, la porción para un habitante de la calle debería ser de no menos de 900 gramos. Por ejemplo, para un día, John Jairo compra 60 kilos de pechuga de pollo desmechada, 25 de arroz, 9 de avena, 15 de azúcar, 3 de harina de trigo, 2 de cilantro, 2 de sal, 11 de cebolla, 4 de habichuela, 100 de maracuya, 30 de papa, 2 de pimentón, 27 de tomate, 85 de yuca, 7 de zanahoria, 45 litros de leche, 6 de aceite y 250 bocadillos o chocolates para el postre. Tienen contemplados en el menú 21 platos diferentes para garantizar diversidad y que los usuarios no se cansen. Cada almuerzo le cuesta al Distrito $2.900 pesos al día.

Servirle el almuerzo a 400 habitantes de la calle, algunos armados y en estados alterados de conciencia, es bastante complejo. Dalia Rocío Devia y Lilia Velandia tienen la labor de acercarse todos los días hasta la entrada de la “L”, como se le conoce al pleno centro del Bronx. Los indigentes ya las conocen y hacen una fila ordenada, donde extienden sus brazos para que ellas les dibujen una marca en el dorso de la mano con la que pueden reclamar su almuerzo.

“Mi Dios les pague”, “buenos días”, “muchas gracias”, saludan a los cocineros mientras pasan al comedor, en la carrera 16 con calle 10. Su aspecto amenazante desaparece por completo. Incluso, a pesar de llegar con el cerebro acelerado por el bazuco, el frío y el hambre, son capaces de esperar varios minutos hasta que les sirven el plato.

Cuando se les pregunta sobre qué comieron el día anterior, algunos se quedan pensando, miran al techo, y responden: “pa’ qué le voy a decir mentiras, pero estuve soplando todo el día”. Otros cambian de tema: “yo sí le digo que yo no me puedo dormir si no tomo algo de alcohol”. Varios responden que comieron un pan y café que alguien les regaló. Otros muestran que, a pesar de todo, todavía conservan el humor y sacan la pipa de bazuco en el comedor y hacen la pose de estar fumando un puro de forma elegante mientras comen. “Esa cámara vale un millón, yo sé que sí, ¿no ve que yo me las he robado?”, dicen, mientras se ríen del efecto de sus frases amenazantes.

Pero la comida no es lo principal, sino tan solo un gancho para vincular a los habitantes de la calle a otros procesos. Mientras comen, las trabajadoras sociales charlan con ellos, les toman datos y les preguntan qué quisieran aprender a hacer. Unos dicen que quisieran ser electricistas o aprender a tejer, y otros dicen que les gustaría volver con sus familias. Y a pesar de una hipoteca y de problemas económicos por los que pasa la Fundación Nuevo Aire, John Jairo y su equipo, a través del comedor, han logrado llevar a seis drogadictos a centros de rehabilitación y a cuatro a sus casas, con sus familias.

Ahí radica la importancia estratégica de un comedor comunitario en un lugar como el Bronx. Sorprende que esas personas de las que todo el mundo huye, allí, mientras comen, dan la mano para agradecer, reparten bendiciones, hacen chistes, dan besos, abrazos y son bastante amables. Incluso, cuando alguno se pone agresivo o grita, entre todos lo aplacan y le piden respeto de la mejor manera.

Sin embargo, no todo ha sido amabilidad. El lunes 18 de diciembre de 2012, seis hombres armados llegaron al lugar y dieron la orden de cerrarlo. Luego, al ver que no lo cerraban, regresaron de nuevo, esta vez diez, dos de ellos con mini uzis. John Jairo, con ayuda de la Policia, hizo averiguaciones y descubrió que el problema no era con los dueños de los expendios de droga del Bronx. Días después, el 29 de diciembre, recibió una llamada: el comedor había sido incendiado, pero de una forma bastante sospechosa: le rociaron líquidhabitano inflamable y sólo se robaron las pipetas de gas y las ollas. Los atacantes dejaron intactos, de forma extraña, tres computadores portátiles.

Es decir, la intención no era robar ni, mucho menos, causar una explosión. Por eso se llevaron las pipetas. La intención era, en realidad, dejar sin ollas al comedor. La Policía puso vigilancia en las esquinas de la calle y la Sijín investiga los hechos. “Ahora estoy más endeudado que nunca, pero compré ollas nuevas y aquí estoy cumpliéndole al Distrito con el contrato”, concluye John Jairo.

SIMÓN POSADA
EDITOR VIVE.IN

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