Actos de amor

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13 de febrero 2013 , 06:15 p. m.

Tras habernos mostrado en sus películas la falacia y el fracaso de la cultura, de la historia y de la sociedad, Michael Haneke dirige implacable su mirada sobre la última frontera que le quedaba por explorar: la del cuerpo humano y su derrota frente a la muerte.
Amor (Amour, 2012) nos hace conscientes de la cuenta regresiva en la que todos nos encontramos y que pretendemos ignorar, fungiendo de inmortales, hasta que algo -un dolor súbito, un trauma, un diagnóstico inesperado- nos hace pensar en lo frágiles que realmente somos, en lo sencillo que es un día dejar de estar acá.

Haneke ha escogido a una excepcional pareja de actores franceses, Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva para que representen en pantalla lo que son: dos octogenarios de buen nivel social y cultural, llamados aquí Georges y Anne. Ella es una profesora de piano ya retirada, venerada por sus alumnos. Pero ninguna de las certezas y saberes que comparten y disfrutan los han preparado para enfrentarse a la enfermedad. Y esta llega un día, sin anunciarse casi.

El drama que Amor plantea es una lucha permanente, una tensión constante entre el compromiso y la incomodidad, entre la autonomía y la dependencia, pero -sobre todo- entre la dignidad aún integra y un cuerpo que deja de ser vehículo y medio de expresión para convertirse en cárcel y en doloroso recordatorio del final de nuestros días. "No hay ninguna razón para seguir viviendo. Ya sé que solo puedo empeorar. ¿Por qué esto debe afligirnos así? A ti y a mí", le pregunta Anne a su atribulado esposo, un hombre que debe presenciar estoicamente cómo ella se va desmoronando en medio de crisis progresivas que van hundiéndola, alejándola de sí misma y de él.

Nosotros, los espectadores, nos sentimos un poco como Alexandre, el joven pianista que visita a su antigua profesora y la encuentra con una parálisis del hemicuerpo derecho. Su bochorno y su sorpresa son evidentes: nos da miedo presenciar el declive físico, esa constatación de nuestra mortal humanidad, quizá porque no queremos que nadie nos recuerde que eso mismo va a pasarnos.

Por eso, Amor conmueve de tal forma, porque es capaz de ponernos cara a cara frente a la muerte, no alegóricamente, sino literalmente como hizo Bergman en Gritos y susurros (1972): presenciamos los días que se van, las energías exhaustas, la agonía sin remedio. Tenemos certeza de la fugacidad de nuestros pasos. Y frente a esta ruina personal solo quedan los gestos de compasión, los actos -en últimas- de amor.

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