Derechos humanos, la tarea pendiente de Barack Obama

Derechos humanos, la tarea pendiente de Barack Obama

En su primer mandato, el presidente siguió política del "todo vale" contra el enemigo terrorista.

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11 de febrero 2013 , 07:09 p.m.

La toma de posesión número 57 de un presidente de Estados Unidos, con la ceremonia/espectáculo de las escalinatas del Capitolio, estuvo presidida por el intento de Barack Obama de remontar el desencanto de quienes le apoyaron en el inicio de su primer mandato, mediante un discurso de emociones y el anuncio de fijarse como meta “los sueños de los padres fundadores”.

“Bienvenido a la izquierda”, saludó enfático un comentarista del diario español El País al día siguiente. En realidad, del relato de Obama, renovado en clave progresista, solo se puede rescatar el asunto de la regularización de la situación de los inmigrantes ilegales, aún sin concretar, la promesa de abordar el problema del cambio climático, ninguneado en su primer mandato, y poco más.

Nada sobre derechos humanos. El discurso del Capitolio y todas las declaraciones de estos días han seguido en este terreno la tónica que presidió el primer tramo de la presidencia de Barack Obama: ignorar la narrativa que hizo vibrar a decenas de miles de personas, especialmente jóvenes en las universidades americanas, en Berlín o en El Cairo. Y lo que movió al comité Nobel a concederle el Premio de la Paz: la esperanza de que impulsara una agenda de derechos humanos a niveles nacional e internacional, en ruptura con la ausencia de escrúpulos que había mostrado la Administración Bush.

La realidad ha sido muy otra: sigue activo el Centro de Detención de Guantánamo; se ha asesinado a cientos de oponentes, presuntamente vinculados a Al Qaeda (con los consiguientes muertos “colaterales”) mediante los drones (aviones no tripulados); se han emitido o mantenido leyes de control ilegal de personas; se siguió con una política ambigua sobre la tortura en cárceles secretas…

Han pasado once años desde que el presidente George W. Bush abrió un opaco centro de detención para presuntos terroristas en la base estadounidense de Guantánamo, en la isla de Cuba. Un “limbo” jurídico en el que no existen derechos ni garantías. En su primera campaña electoral, Obama prometió clausurarlo antes de un año y acabar con la jurisdicción militar para ocuparse de los presuntos terroristas. Promesas incumplidas.

Precisamente, en plena campaña para la reciente reelección “comisiones militares” (en la isla de Cuba y no ante un tribunal civil de Nueva York) iniciaron los juicios a cinco sospechosos de complicidad en los atentados del 11-S de 2001; y una ley firmada a fines del pasado año para la financiación del Pentágono impedirá en la práctica cualquier posibilidad de cumplir con la promesa de cierre de Guantánamo, al prohibir expresamente la transferencia de los detenidos en ese centro.

Según datos de la ONG estadounidense Centro para los Derechos Constitucionales, por Guantánamo han pasado 779 musulmanes, de los que nueve han muerto en reclusión. Quedan internados 166, de los que 86 han sido exculpados de todo cargo, pero siguen allí. A 46 se les ha asignado detención indefinida sin juicio ni imputación.

¿Tiene derecho el Presidente de Estados Unidos a asesinar preventivamente y en territorios extranjeros a supuestos terroristas, sin ningún procedimiento legal? , se pregunta Mariano Aguirre, director del Centro Noruego de Recursos para la Paz.
Obama abrió su primera campaña diciendo que no, que la política de su antecesor Bush, de ejecuciones extrajudiciales (targeted killing) era excesiva y guiada por el miedo. Pues bien, solo en su primer año como presidente, Barack Obama autorizó más ataques con drones que Bush durante todo su segundo mandato.

Según The New York Times (21 de noviembre 2012), desde 2009 la CIA ha asesinado a 2.500 personas (entre ellas más de un centenar de civiles inocentes en ataques con drones llevados a cabo en Pakistán, Afganistán, Yemen y Somalia. Otras fuentes, como el Centro de Periodismo de Investigación, citado también por el diario, hablan del asesinato de 3.247 personas, de ellas 852 civiles.

El proceso para la toma de decisiones y su ejecución está perfectamente regulado: 7.500 RDA (Remotely Piloted Aircraft) se encuentran repartidos en bases de Turquía, Seychelles, Etiopía, Yibuti o la península arábiga, 1.300 pilotos se encuentran repartidos en 13 bases de Estados Unidos revisando, en turnos durante 24 horas, los movimientos, la vida familiar, sus contactos, etc. de los marcados como posibles “objetivos”; por ejemplo, en Pakistán, cada semana, un centenar de miembros del tentacular aparato de seguridad nacional acude a una videoconferencia securizada, para despejar las biografías de los presuntos terroristas y sugerirle al presidente el objetivo por abatir, un macabro “club de discusión” creado por el actual Gobierno que estudia minuciosamente diapositivas Power Point en las que figuran, nombres, seudónimos y trayectorias de posibles miembros de Al Qaeda.

El martes, en los sótanos de la Casa Blanca se celebra la reunión sobre terrorismo con 20 altos responsables presididos por Barak Obama, que ha asumido voluntariamente el papel de cabeza rectora en la eliminación de terroristas. De ahí parten las decisiones sobre los objetivos por abatir.

Para el analista del New York Times, Jo Becker, “nada en el primer mandato del Presidente ha desconcertado tanto a sus partidarios de izquierda o a sus aliados conservadores como esta implicación directa en la lucha contra el terrorismo”. El periódico realizó entrevistas a 30 consejeros próximos a Obama para explicar su evolución hasta endosarse un rol sin precedentes en la historia de la Presidencia americana. Según Becker, “ellos evocan a un jefe paradójico, que aprueba las operaciones de liquidación sin pestañear, inflexible”.

Cómo se produjo tal cambio en un candidato que, según el analista Fernando Reinares (investigador principal del Instituto Elcano) “ponía todo su empeño en diferenciarse de Bush, modificando la narrativa, oponiéndose a la tortura, apelando al enjuiciamiento de los sospechosos, implementando planes de prevención de la radicalización o favoreciendo la cooperación internacional”.

Para muchos, el Obama presidente se encontró huérfano de apoyos en su propio partido, cuyo aparato se opuso a que fuera candidato, con muy escasa experiencia en política internacional y ante poderes descomunales cuyo alcance desconocía. El resultado: la entrega en los brazos republicanos en materia de defensa, con el nombramiento del mismo secretario que había ejercido con Bush, Robert Gates, y el cambio radical de sus planteamientos de partida. No ver ya al terrorismo como un fenómeno criminal, sino dentro de un paradigma bélico del que hasta entonces abominaba: “El terrorismo ha declarado la guerra a Estados Unidos y Estados Unidos responde con la guerra”.

Respecto a la tortura, la gestión del presidente Obama no ha podido ser más ambigua. El problema ha sido puesto de actualidad con la película Zero Dark Thirty de Kathryn Bigelow, que recrea los hechos que precedieron la muerte de Bin Laden en Pakistán el 1 de mayo de 2011, y en la que han participado como asesores agentes de la CIA. El filme recrea prácticas habituales del Ejército y los servicios secretos estadounidenses: detenciones ilegales una larguísima secuencia de tortura y, finalmente, una ejecución extrajudicial. No es extraño que su polémico estreno se aplazara hasta la elección presidencial.

Uno de los primeros nombramientos del segundo mandato de Obama como presidente ha sido precisamente para poner a la cabeza de la CIA a John Brennan, número 2 de la “Compañía”, cuando Bush trató de legalizar la tortura y adalid de los asesinatos selectivos mediante drones.

En el penúltimo día de 2012, Obama firmó la extensión por 5 años de la Ley de Vigilancia e Inteligencia Extranjera, que permite a las agencias norteamericanas espiar las llamadas y los correos electrónicos de ciudadanos extranjeros, sin orden judicial ni información o permiso de otros gobiernos, a partir de “sospechas”.
Todas estas evidencias de atentados y políticas contra los derechos humanos conducen a preguntarse en otros países, por ejemplo en Colombia, qué legitimidad moral tiene Estados Unidos para arrogarse el control y la sanción de otras naciones en la materia.

¿Cómo despedirá su segundo mandato el presidente Barack Obama ante las decenas de miles de voluntarios que se emocionaron en 2008 con su “Yes, we can” anunciador de una nueva era, con los derechos humanos por bandera?
Tal vez, el primer presidente negro de Estados Unidos recuerde a su antecesor Dwight D. Eisenhower y alerte al país sobre el invulnerable poder del “complejo militar-industrial”. O quizá, como el alcalde mexicano de Champton el día de su jubilación, se dirija a sus seguidores con un: “Se hizo el 100 por ciento de lo que se pudo”.

Sobre Antonio Albiñana

Español. Periodista y analista de asuntos internacionales, radicado en Colombia. Director del programa ‘Las Claves’, de Canal Capital, y corresponsal del diario español ‘Público’.

ANTONIO ALBIÑANA (*)

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