¿Por qué corro?

¿Por qué corro?

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10 de febrero 2013 , 08:01 p.m.

Vargas Llosa dijo que trotar es, en esencia, un acto puramente intelectual cuando afirmaba que “correr… es, también, una fuente de conocimiento, un combustible para las ideas y un cómplice de la imaginación”. Mas debo ser sincero y afirmar que nunca me han gustado esas palabras porque siento que el Nobel en el fondo no comprende con su cuerpo y con su alma el significado de correr. Tal vez cuando Vargas Llosa escribió ese fragmento lo hizo desde la literatura, desde el intelecto, pero claramente no a través del corazón.

Ahora, aquí viene el dilema. Para intentar explicar esa sensación que un Nobel no logró transmitir con contundencia, no me queda otro camino que inspirarme en otro escritor de su mismo nivel, que le hable de igual a igual. Llevo años leyendo y releyendo ‘La maleta de mi padre’, de Orhan Pamuk, un libro que me ha inspirado en todo sentido y del que hoy tomo su estilo prestado –lejos, muy lejos de poder escribir algo que le haga honor a uno de los más grandes novelistas contemporáneos–, para tratar de explicar una de las dos únicas cosas que le dan sentido a mi existencia, porque me genera verdadera angustia que los escritos de un intelectual que busca acercar el deporte al mundo de las ideas sean tan escasos de pasión y, por ende, tan desafortunados.

Vargas Llosa tenías sus razones intelectuales y de salud para correr, pero si me preguntan ¿por qué corro?, diría que corro porque puedo ver lo hermosa que es Bogotá cuando apenas amanece. Corro porque no hay nada como despertar con un objetivo, con un reto. Corro porque mi cuerpo me lo pide, me lo grita y se resiente cuando no lo hago, cuando pasa el día y no piso el pasto fresco, el asfalto. Corro porque si no corro me arrepiento. Corro porque puedo dejar atrás todos los problemas, las preocupaciones, la frustración y todas esas sensaciones negativas que me consumen, que me hacen daño, así sea por un momento. Corro porque sé que puedo llegar más lejos, porque quiero llegar a donde otros no han llegado. Corro porque a veces duele, porque en ocasiones me lastima y eso me recuerda cómo es el mundo en realidad. Corro porque mis piernas lo necesitan, porque mi mente me lo pide, porque mis brazos quieren moverse pendularmente, como alentándome, para que complete ese entrenamiento, para que termine esa carrera. Corro porque no consigo llegar al nivel que espero. Corro porque algunos días es increíblemente difícil dar un paso lento. Corro porque el mundo se hizo para recorrerlo, porque no soporto quedarme quieto, como los muertos, porque solo cuando corro siento que estoy vivo, siento que no muero. Corro para demostrarle a mi entrenador que puedo llegar a dónde él quiere que pertenezca y para demostrarme a mí que lo puedo hacer y que no es una vana ilusión como el mundo, como el dinero. Corro porque nunca alcanzo la meta, porque siempre que la cruzo se aleja miles de metros más y nunca logro llegar realmente a ella. Corro porque el tiempo pasa rápido y se esfuma si voy despacio, si camino. Corro porque me motivan todos los que son más rápidos, más veloces, más capaces, y yo quiero llegar a ser como ellos. Corro porque tengo un sueño al que me acerco cada vez que mis piernas se ponen en movimiento y porque todo, aquí, en Bogotá, en Colombia, es indescriptiblemente bello a la velocidad del cuerpo. Corro porque todos los hombres deberían poder correr libres, porque quiero escapar de la guerra, de la violencia, de la política, de la academia, de lo superficial, de lo que es supuestamente relevante, de esta realidad que me es ajena y que parece una mentira. Corro porque finalmente no importan las razones, porque nacimos para correr. Corro porque puedo estar solo y corro porque puedo correr acompañado. Corro porque nunca estuve tan cerca de terminar esa carrera, porque sé que voy a mejorar mi tiempo. Corro porque se me da la gana, porque lo único que necesito son mis pies. Corro por el amor de una mujer que es increíblemente hermosa y que no se queda nunca aquí a mí lado. Corro porque cada gota de sudor me representa un triunfo; cada lágrima de dolor, una victoria. Corro porque qué otra cosa puedo hacer, porque no hay otra cosa que quiera hacer. Corro para ser feliz, corro porque soy feliz.

Personalmente los escritos de Vargas Llosa siempre me han parecido que carecen de emoción, que son fríos y calculados, hechos únicamente con la mente, distantes del corazón; pero cuando leo a Pamuk puedo sentir la profunda pasión con la que escribe, que es la misma con la que se recrea un mundo imaginario en mi cabeza del que no quiero salir jamás. Claro que comparar a dos premios Nobel tan diferentes es como hacer un paralelo entre la cultura occidental y la oriental, y todos sabemos, como lo establece el Corán, que tanto Oriente como Occidente son de Dios. Además, qué diablos voy a saber yo de grandes escritores, si a mí lo que me gusta, lo que me apasiona, es correr.

Arturo Argüello Ospina

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