Coleccionistas de garabatos

Coleccionistas de garabatos

Gustavo García cuenta su pasión por tener autógrafos de escritores.

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06 de febrero 2013 , 09:40 p. m.

A mediados de 1983, un año después de recibir el premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez había de firmarme una edición de El coronel no tiene quien le escriba, publicada por Alfaguara cuatro años antes.

Yo recién terminaba mis estudios universitarios y soñaba con poner una tienda de libros. Había conseguido mi primer trabajo remunerado en la sucursal de la Librería Buchholz en Chapinero. Y hasta allí se acercaron el escritor y su séquito. Todos los presentes nos volcamos sobre la estantería rotulada como Literatura Colombiana en busca de la letra G: Galvis, Gaona, Garcés, García Márquez... El coronel. Los demás títulos ya reposaban en las manos de quienes hacían fila frente al autor, que no se marcharía sin firmar cada uno de los ejemplares con la consabida dedicatoria "Para (Fulanito), de su amigo, Gabriel".

Casi sin querer, comenzaría desde ese instante mi prolongada pasión por los autógrafos de escritores en las portadillas de sus libros. Vendría luego el segundo en una obra de gran formato del maestro David Manzur que, además, tenía el aderezo de haber sido regalada por el artista; seguirían el gran fotógrafo ¿también cataquero como Gabo¿ Leo Matiz, la irreductible Elena Poniatowska, el parsimonioso José Saramago, el perspicaz Mario Vargas Llosa...

Pero ha habido momentos de vacilación, y al estar frente a escritoras como Janne Teller prefiero tratar de retener su risa tímida en mi memoria y sus largas piernas de gran danesa. ¿Aspiraría acaso a que me firmara el tacón intacto de una de sus zapatillas de mujer de altas esferas?

Porque en el fondo y en la superficie, de lo que hablamos es de fetichismo, es decir, de la veneración de los objetos que se desprende cuando les adjudicamos las cualidades más admiradas de sus dueños. Y ellos varían desde un sencillo trazo estilográfico hasta una cana suelta al aire. Pero los poderes mágicos que les asignamos no.

¿Qué pretendemos cuando solicitamos a nuestra estrella que nos garabatee su firma sobre un retazo o sobre el tomo que en muchos casos ni siquiera hemos leído todavía? ¿Qué poderoso don les estamos prodigando a esas partículas de tinta? ¿Nos harán mejores lectores o escritores? ¿Mejores seres humanos? Seguramente no, como no lo logran hacer los demás amuletos a los que les concedemos poderes sobrenaturales. Pero insistimos en apremiar a los notables para que escriban con su puño y letra nuestros nombres junto a los suyos en los impresos.

Y un encuentro literario como el Hay Festival en Cartagena de Indias siempre nos brinda una oportunidad más de seguir dando rienda suelta a nuestras manías, por si nos faltaban las rúbricas de Herta Müller, Stephen Ferry, Jon Lee Anderson o William Ospina.

GUSTAVO MAURICIO GARCÍA ARENAS

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